31 de mayo de 2016

La sustancia gozante (I)*, por Miquel Bassols


Jacques-Alain Miller, en su decisivo trabajo de elaboración, destacó los puntos de referencia fundamentales de la última enseñanza de Lacan, con el fin de orientarnos en las consecuencias de esta enseñanza.

El “parlêtre”, el ser del cuerpo hablante, anuncia sin duda alguna una nueva época para la práctica del psicoanálisis. Esto es lo que él adelantaba en su conferencia de clausura del Congreso de París en 2014: “analizar al parlêtre es lo que ya hacemos, […] tenemos pendiente saber decirlo.”(1) Hay entonces un saber hacer, un saber hacer con eso, así como el artista sabe hacer con su síntoma. Nos hace falta ahora un saber decir, un saber hacerlo saber de un modo que pueda ser recibido por el mundo contemporáneo.

Así, J.-A. Miller retomó la referencia al dualismo cartesiano(2) de modo tal que me pareció inmediatamente que reformulaba de manera radical el inconsciente en el siglo XXI y que acarreaba consecuencias fundamentales para la práctica analítica a partir de la orientación lacaniana. En efecto, esta reformulación afecta el estatuto mismo del inconsciente, pero también las condiciones de la ciencia contemporánea y el mundo psi en general.

Una reformulación radical del dualismo cartesiano

J.-A. Miller comentó esta referencia en diversas circunstancias. En su curso “Sutilezas analíticas”,(3) a partir de Lacan, plantea una hipótesis que, desde entonces, se ha vuelto necesaria, que podríamos llamar la hipótesis de la sustancia gozante. Suponer una sustancia gozante en el ser que habla introduce una “modificación de la sustancia pensante (res cogitans). Correlativamente, la sustancia gozante es una modificación conceptual de la sustancia extensa, que reintroduce el cuerpo, la unidad del cuerpo viviente […], se trata de la sustancia corporal, del cuerpo viviente considerado como sustancia y cuyo atributo esencial sería el goce como afección de ese cuerpo. El goce sería propiedad y afección del cuerpo viviente.”

La introducción de esta res fruens –si se me autoriza esta libre traducción en latín del término “sustancia gozante”–, que hace a la especificidad del “cuerpo hablante”, del parlêtre, es efectivamente una reformulación radical, una subversión de hecho del dualismo cartesiano. Es la subversión incluida en la fórmula lacaniana: Pienso luego se goza. Y Lacan introduce esta variable al final de su enseñanza, cuando el “se goza” viene al lugar del “pienso”.

Nos encontramos por lo tanto obligados a reformular también el estatuto del inconsciente freudiano y su relación con el cuerpo hablante.

Me propongo seguir esta referencia, esta reformulación del inconsciente, en una lectura paso a paso del segundo capítulo del Seminario Aun que J.-A. Miller tituló con una dedicatoria de Jacques Lacan a su amigo lingüista: “A Jakobson”, a partir del punto tres, (4) donde Lacan introduce el término de “sustancia gozante” que J.-A. Miller había apuntado en las frases del exordio, puntuaciones de cada capítulo. Es una expresión que tiene todo su peso. Merece nuestra atención así como un desarrollo.

Este es el hilo que sigue Lacan: “Cuando se sustantiva, es para suponer una sustancia, y hoy en día, sustancias, la verdad sea dicha, no es lo que abunda. Tenemos la sustancia pensante y la sustancia extensa”. (p. 30) Dos, no más. A partir de estas dos sustancias supuestas, se puede seguir el movimiento de la ciencia y el del pensamiento contemporáneo, ya se trate de reducir uno al otro –es la empresa del cientificismo actual condenada al fracaso– o de sostener su relación mediante una correlación, que nunca terminará de elucidarse por la sencilla razón de que no exis-te, entre la llamada “actividad psíquica” y lo que se denomina el “correlato neuronal”. De hecho, no hay correlación neuronal que pueda, por ejemplo, dar cuenta del fantasma de la conciencia, ni tampoco de diversas versiones del fantasma de la relación sexual que los analistas oyen en los casos de cada paciente.

La tercera sustancia

Ambas sustancias clásicas se proponen sin embargo como complementarias. El término es del propio Lacan: “la famosa sustancia extensa, complemento de la otra” (p. 32). Una es complementaria de la otra en una relación que estaría ya dada por sentada, pero que es el verdadero misterio que Descartes introduce, para volver inmediatamente a cerrarlo en ese momento inaugural de la ciencia moderna. Ese misterio es el inconsciente, es el misterio de lo real del cuerpo que habla, ese misterio que retorna con Freud para fundar el discurso del psicoanalista. 

 Parece que Lacan, a partir del axioma Hay Uno, hubiese querido introducir allí un tercer término necesario para abordar este misterio, que persiste y perdura como alma en pena, sin ser resuelto. La “dimensión sustancial”, como continúa llamándola, no tiene no obstante otra sustancia que la dit-mension (mención del dicho o dicho-mansión), no tiene otra referencia ni otra morada que el lenguaje mismo, “la función del lenguaje” que vela por ella.

Lacan continúa así: “En primer lugar, de la sustancia pensante se puede decir que, después de todo, la hemos modificado sensiblemente. Desde aquel pienso que por suponerse a sí mismo, funda la existencia, hemos tenido que dar un paso, el del inconsciente.” (p. 31) En efecto, la res cogitans fue modificada por el psicoanálisis, subvertida por el inconsciente freudiano. Lacan formula expresamente que “el sujeto no es el que piensa” (p. 31), contrariamente al uso aproximado que pudo hacer de la noción de sujeto. Hay un saber sin sujeto, es ese el descubrimiento del inconsciente. El sujeto es solo aquel al que, en el dispositivo analítico, invitamos a decir lo que se le ocurra, incluso si se trata de necedades: “Con estas necedades vamos a hacer el análisis, y entramos en el nuevo sujeto que es el del inconsciente.” (p. 31), un sujeto al que no convocamos sino en la media en que “consienta en no pensar” (p. 31). El ser que habla lo hace como una res non cogitans, algo que puede querer pensar, e incluso se piensa a sí mismo, pero que en realidad no piensa, no puede pensar lo que dice. Es imposible pensar y decir a la vez –por un lado, lo decimos habitualmente como una broma, pero es porque, por otro lado, lo pensamos seriamente.

Es solo mediante este trazo que “surge un decir”, un decir nuevo, que no llega siempre hasta poder “ex-sistir al dicho”, que no llega a ello sino mediante la sorpresa, sin esperarlo, sin pensarlo. Y es por este rodeo, como Lacan lo dice, que “en el análisis de quienquiera, por necio que sea, puede alcanzarse algún real”. (p. 31). Es de este modo que lo real del inconsciente puede cesar de no escribirse, y eso de una manera siempre contingente.

El fantasma de la conciencia

Planteado esto, podemos decir que Lacan propone librarse de la famosa “sustancia pensante” así como del fantasma de la conciencia que recorre todo el mundo psi y el de la ciencia contemporánea. Lo propone porque, para él, la sustancia pensante es un fantasma que se complementa constantemente de su binario inefable, “la sustancia extensa” a partir de la cual cree sostenerse.


* Intervención de Miquel Bassols, Presidente de la AMP, en el X Congreso de Rio de Janeiro, el 28 de abril de 2016.


Continúa la parte II en un próximo número de Lacan Quotidien.

Traducción: Lorena Buchner.  

Notas

* Texto original publicado en  francés en  Lacan Quotidien, N° 584, el 29 de mayo de 2016, disponible en:

1-. Miller, J.-A.,  “El  inconsciente y el cuerpo hablante. Presentación del  tema del X Congreso de  la AMP en
Rio en 2016”, Scilicet. El cuerpo hablante. Sobre el inconsciente en el siglo XXI, Grama Ediciones, Buenos
Aires, 2015, p. 28.
2-. Cf.  Ibid.,  p.  26:  “sustancia  pensante  y  sustancia  extensa”.  Cf.  también:  Guéroult, M.,  Descartes  selon
l’ordre des raisons, t. 1 chap. IV, Paris, Aubier-Montaigne, 1968.
3-. Miller, J.-A., Sutilezas analíticas, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 272.
4-. Lacan, J., El Seminario, Libro XX, Aun, Paidós, Buenos Aires, 1991, pp. 30-33.  


From: http://www.psicoanalisisinedito.com/2016/05/miquel-bassols-la-sustancia-gozante-i.html?mc_cid=a416dbeba4&mc_eid=94b11a26fc

29 de mayo de 2016

Towards the NLS Congress / Vers le Congrès de la NLS Dublin 2016 : Minute 16-20



minute


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Du détail pictural « non significatif » aux phénomènes élémentaires discrets : un bref parcours

François Sauvagnat


France


Lacan ne voulait pas d’autre préalable à la structure que les « types cliniques » de Charcot, illustrés, entre autres, par Freud, puis par Chaslin. Et de préciser[1] qu’il existe un seul aspect du discours de l’hystérique – celui centré sur le manque, et non pas sur l’objet – qui pouvait en transmettre la logique.

Ce point a été, entre autres, remobilisé par la notion de « psychose ordinaire », qui a permis de raviver la notion, parfois oubliée, que les phénomènes élémentaires psychotiques ne sont pas des « phénomènes repérables » qui seraient « évidents », et qu’ils ont pu, dissimulés, travestis, dépister les meilleurs. Rappelons-en quelques épisodes :

1)    Le sentiment de désignation, die krankhafte Eigenbeziehung, que l’école de Breslau a établie comme phénomène élémentaire de la paranoia (C. Neisser 1892[2]) – est d’emblée présentée comme un phénomène caché, masqué par exemple par une agitation, une réticence, des phénomènes hypocondriaques voire une efflorescence de symptômes d’allure névrotique. Dans le cas de l’homme aux loups, Freud témoigne à sa façon avec quelle facilité on peut passer à côté alors que le nez est au milieu de la figure : avec le rêve des loups qu’il hésite à qualifier de cette façon, alors qu’il était tellement familier d’un autre syndrome paranoïaque qui en exhibait la structure, le délire d’observation (Beobachtungswahn) de Meynert.

2)    La non-fonction de l’objet a, que J. Lacan désigne dans le séminaire X[3] comme phénomène élémentaire de la psychose maniaco-dépressive, s’inspirant, non seulement de la fuite des idées (Ideenflucht) et du déraillement (Entgleisung) des germanophones , mais également des différents aspects discrets (certains affleurent avant décompensation) du « délire des négations » de Cotard. Freud lui-même, avec le cas de Mme G, aura montré combien facilement on peut se laisser aller à minimiser ce type de phénomène, pourvu qu’il soit masqué, par exemple par des phénomènes d’allure obsessionnelle.

3)   Philippe Chaslin a bien montré comment la discordance schizophrénique pouvait être particulièrement peu repérable, dont parfois un simple geste bizarre, un décrochage verbal à peine perceptible, pouvaient fournir la preuve. On sait à quel point ses précieuses indications ont été historiquement maltraitées[4]… elles n’en ressurgissent pas moins dans des notations de Lacan : « discord au joint le plus profond de son être »[5] à propos de Schreber, ou dans le laisser-tomber (schrebérien ou joycien) – sans compter ce qu’il laissait présager de la problématique borroméenne elle-même.

4)    Le phénomène de Séglas, de la pensée à peine proférée, — base des hallucinations psychiques de Baillarger – à une profération autonomisée, xénopathique, télépathique, en écho, jusqu’à l’impulsion verbale, exige également une autre sorte de supposition de savoir, un autre type de « refus de comprendre », dont Lacan fit un temps crédit à Clérambault. Phénomènes qui ne prennent toute leur valeur qu’avec la notion, développée par Lacan, de parasitisme langagier opposée à la doctrine chomskyenne du langage comme organe.

5)    Du côté des phénomènes imaginaires, la tradition des recherches sur les différentes formes de mythomanies et de mégalomanies a bien montré (Foville) à quel point les manifestations pouvaient parfois être indépendantes d’autres vécus délirants déclarés (notamment persécutifs ou hallucinatoires), la chose devait se confirmer avec la mise en évidence du syndrome de Capgras et de celui de Frégoli, sans parler du « signe du miroir », dont Reboul-Lachaux a assuré la réputation de discrétion[6].

Il va de soi que cette première esquisse de la notion de structure – le type clinique de Charcot – a été profondément remaniée par Lacan. D’un paradigme neurologique, il fallait tirer des mathèmes qui rendent compte des choix paradoxaux, des « insondables décisions de l’être »

Extrait ( Texte complet ici)

[1] Lacan J Préface à la traduction allemande des Ecrits, in Autres Ecrits, Seuil 2005.
[2] Sauvagnat F: Traduction et commentaire d’un article du psychiatre allemand C. Neisser: “Discussions sur la paranoia”, in Psychose naissante, psychose unique, sous la direction de H. Grivois, ed. Masson, 1991
[3] Lacan J : Le séminaire X : L’angoisse, Paris Seuil, p 411.
[4] Sauvagnat F:”A propos des conceptions françaises de la schizophrénie: de la discordance à la problématique RSI”, in Synapse, Journal de Psychiatrie et Système Nerveux Central, n°169, Octobre 2000, p.49-58
[5] Lacan J. D’une question préliminaire à tout traitement de la psychose, in Ecrits Seuil 1966.
[6] Sauvagnat F:”Réflexions sur le statut de la mythomanie délirante», L’Evolution Psychiatrique, 68 (2003) p. 73-96.


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Ordinary Psychosis and Melancholia

Natalie Wülfing


Great Britain

No other clinical picture resembles more the features of subjectivity that have entered our common discourse as “ordinary” – like sadness, depression, lethargy, defeatism, etc. – than melancholia. In La Psychose Ordinaire, (La Convention d’Antibes, Seuil 2005), one of the contributions turns around this question. Melancholia resembles ‘normality’, and if we are speaking about what discreet signs in Ordinary Psychosis we can illuminate, the discreetest, most difficult to differentiate, of signs must be those of melancholia. 

Let us bring out the central idea that Jacques-Alain Miller (in Psychoanalytical Notebooks 26, Ordinary Psychosis Revisited), has singled out from amongst Lacan’s classic teaching, and relate it to the question of the clinical picture of melancholia. The idea of “a disturbance that occurred at the inmost juncture of the subject’s sense of life” (Ecrits, p.466 [fr 558]), in a way, circumscribes the melancholic’s position, in a structure stripped to a minimum. What is a disturbance of the sense of life? It is the absence of something vital, but the status of this something vital is the important psychoanalytic contribution as such – for it is not an organic vitality, the vitality of the organism, but the feeling of being alive that the Name of the Father instils in the subject. In the absence of this function, the signifier returns in the real – however in melancholia, it is not the signifier, but jouissance – what is rejected in language – that returns in the real. The foreclosure of the Name of the Father lays bare the relationship to the Thing. (Laurent, Ornicar 47) It is the being of the subject itself, as object, that turns against itself. This marks its specificity and difference to the paranoid or schizophrenic clinic.

What is this jouissance that returns in the real? Eric Laurent refers to mania when he says “The manic disorder can be grasped like a return in the real of the mortification that language imposes on the living.” It means that in melancholia and in mania as its counterpart, what is not mortified in the Other, mortifies the subject. It returns in the real as a jouissance linked to the being of waste. Lacan says it in a development prior to any formula: “That [the meIancholic’s suicide] occurs so often at the window, is not by chance. It marks a recourse to a structure that is none other than a fantasy.” (Sem. X, p.336 [3.7.’63]) This recourse to a fantasy is not the neurotic fantasy, but the structure of being in the place of object a. It is not the object of the cause of desire, but the object of exclusion, the Thing, that the melancholic is always in danger of being identified with. It marks “…[the] sudden moment at which the subject is brought into relation with what he is as a.” (Sem X, p, 110 [16.1.’63])

In today’s world, where the object is at the zenith of the social, what is rejected from language is precisely returned into commerce, technology and addictive circuits that surround us. It thus functions as a great generalisation, this object a at the zenith. Does it mean that melancholia, and the precision of the other psychiatric clinics of psychosis, are all disappearing into this generalisation?

If it is possible, what are the discreet signs of melancholia, that it is to isolate, to distinguish them from other clinics of psychosis? There is always of course the self-reproach, that Freud already singled out. “The self-tormenting in melancholia, which is without doubt enjoyable, signifies [ ] a satisfaction of trends of sadism and hate, which relate to an object, and which have been turned round upon the subject’s own self.” (Mourning and Melancholia, 1917) 

The turning on itself is shown, by Freud, to be a consequence of the loss of ego: “Thus the shadow of the object fell upon the ego, and the latter could henceforth be judged by a special agency, as though it were an object, the forsaken object. In this way an object-loss was transformed into an ego-loss and the conflict between the ego and the loved person into a cleavage between the critical activity of the ego and the ego as altered by identification.” (ibid) 

The self reproach can also appear in more discreet forms though, such as a heightened sensitivity to the perceived criticism of others. This sensitivity is sometimes part of a more perplexed relationship to language, when the words of the other become difficult to assimilate and leave a residue in which a whole day or several days are spent going over what was said and what it might mean. Here the idea of language as parasitic, as jouissance itself, refers us to the late Lacan. (Seminar XXIII, The Sinthome) The parasite of language in the speaking being may play itself out at the level of persecution (question of the Other), of fragmentation (question of the body) or of a radical rejection (question of being), to evoke the three ‘externalities’ that Jacques-Alain Miller separated to distinguish between different psychotic substructures. (OP Revisited, PN 26) 

It seems to me that mourning has disappeared from the melancholic clinical picture. What is left is the radical impossibility of shifting the certainty that everything is in vain. Nothing to be gained from the Other. Freud (somehow cruelly) in fact thought that the melancholic had an uncharacteristic access to the truth, in his self reproaches, which separated him from ordinary human beings who did not have such lucidity. It would cast him as a non-dupe. Thankfully, with Lacan, we think that the non-dupe errs…
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The “Borderline” Issue

Alan Rowan


Great Britain

The idea that psychosis could be ordinary, lucid, latent or normal and thus more or less compatible with everyday life was not such a strange idea to many early pioneers of psychiatry. For example, Eugene Bleuler spoke of latent schizophrenia as, “the most frequent form” adding “these people hardly ever come for treatment”. However if they do, one may discover Bleuler states, “concealed catatonic or paranoid symptoms” behind what in everyday life may pass as minor oddness, unusual moodiness or some discreet exaggerated behaviour or trait. Moreover he noted how a subject might be well aware that others do not share some of his beliefs and thus engage in what Bleuler termed “double book-keeping” by simply concealing – despite a sense of inner conviction -such thoughts from others, including of course their psychiatrist or therapist.

For reasons that are no doubt complex but certainly entail the need, as Foucault notes, to clearly segregate, socially discipline and treat “madness”, rationality and social capacity were soon seen as incompatible with psychosis, in stark contrast to De Clerambault’s idea that, in some instances at least, the psychotic can be a master of rational deduction. However, if subjective disturbances were in this way to be subject to psychiatric classification it was not possible to do away with forms of suffering that exceeded a neat categorisation of such disturbances into (florid) psychosis and neurosis. Thus the concept of the “borderline” emerged, first with Stern, and then more definitively with Kernberg whereby, thereafter, it became incorporated into psychiatric diagnosis as the “axis two” disorders of personality. Indeed the question of how to understand and treat so-called borderline disorders remains an on-going major theme within contemporary psychiatry (Bateman& Fonagy), even as the diagnosis itself is considered incoherent by many, given the extremely high levels of both internal and external comorbidity for all axis two disorders (Zimmerman & Mattia).

This wider context thus represents one potential way to situate our work programme on ordinary psychosis alongside the fact that for Lacan there exists a “differential clinic” – meaning that the treatment of repression/neurosis and psychosis necessitates a radical difference in approach. Up to this point Lacanian analysts saw the majority of “borderline patients” as having a psychotic structure and thus already had a theory grounded way to approach treatment – in contrast to IPA analysts – like Kernberg or Bateman, who struggled with pragmatic adaptations (e.g. avoid regression, genetic interpretations etc.) to so-called classical modes of interpretation. Today as we focus on this clinic of “discreet signs”, where language treats jouissance, we are thus confronted, as Laurent puts it, with the fact that: “What had been established … as a radical distinction between madness as a result of foreclosure and that which is not affected by foreclosure was now being displaced. Between neurosis and psychosis, which hitherto stood apart like two distinct continents, there emerged a passage of generalisation”. What is foregrounded here is not just that the first paternal metaphor of Lacan is one solution among others in terms of how the subject “knots” the Real, Symbolic and Imaginary but that there is no once and for all adequate solution that would do away with the problems of jouissance in life – with the fact that the “body event” always invariably exceeds its symbolic envelope. It is why today the end of analysis focuses not on some final interpretation but on the subject’s relation to his or her sinthome, on the isolation and reduction of the subject’s “jouissance program” to a question of S1’s.

At the same time, as Miller notes, this “excluded third” of ordinary psychosis is to be placed on the side of psychosis and thus differentiated from the “very definite structure” of neurosis – in Freudian terms the presence of an ego, superego and repressed unconscious. When this structure exists problems of jouissance are handled via this structure and in a way that allows the subject to remain, one could say, a character in their story – if inevitably one that will have its tragic dimension. It means that there is a binary difference between those subjects where object a, as cause of desire, is governed by a fantasy construction which ties jouissance to the Other and where this tie is absent.

In florid psychosis the subject proceeds by way of an often massive delusional work something that in ordinary psychosis is avoided. Typical indications from the so-called “borderline clinic” – paralyzing levels of dread or anxiety, a lack of mutuality, the urgency of impulses, the fear of annihilation with its arousal of aggression towards self or others etc. all suggest difficulties that exceed the category of neurosis. However, it is only via a clinic of “discreet signs” that go beyond phenomenological descriptions that we may feel confident in making a diagnosis. This points to a dimensions of our current work program which has potentially significant contemporary relevance to both psychiatry and the mental health field in general, with, it should be said, interesting links to the (largely forgotten) history of both.

Bateman, A. & Fonagy, P. (2004). Psychotherapy for Borderline Personality Disorders: mentalization-based treatment. Oxford University Press.
Bleuler, E. (1911). Dementia Praecox or the Group of Schizophrenias. International Universities Press, 1950.
De Clerambault, (1942). Oeuvres Psychiatrique. Universitaires de France.
Foucault, M. (1971). Madness and Civilization. Tavistock Press
Kernberg, O. (1967). Borderline Personality Organisation. Journal of the American Psychoanalytic Association, 15: 641-685.
Laurent, E. (2014). Lost in Cognition: Psychoanalysis and the Cognitive Sciences. Karnac Books, p. 4.
Miller, J-A. (2013). Ordinary Psychosis Revisited. Psychoanalytic Notebooks, Issue 26
Stern, A. (1938). Psychoanalytic investigation and therapy in borderline group of neuroses. Psychoanalytic Quarterly. 7: 467-489
Zimmerman, M.& Mattia, J. J. (1999). Axis 1 diagnostic comorbidity and borderline personality disorder. Comprehensive Psychiatry. 40: 245-252


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To Diagnose: An Effort of Poetry

Gil Caroz

Belgium

Clinical Phenomenon or Diagnostic Dispute?

During an afternoon of discussion and debate with the CPCTs[1] and related institutions in March 2015 (reported by Patricia Bosquin-Caroz and published by FIPA), Jacques-Alain Miller underlined that diagnosis is no longer applicable in a clinic that has taken note of the Lacanian notion that ‘all the world is mad’. In this context, he added, diagnosis is no longer spoken, but is understood. Elsewhere, what is brought to the fore is clinical questioning in so far as it allows us to see the phenomenon, to specify it, and to describe it succinctly. This concise description is of the order of a nomination.

For those clinicians unable to give up their knowledge of the catalogue of true psychiatry, as opposed to the DSM, their competence to describe the clinical tableau will depend upon their talent to speak well; clinicians who are able to name the phenomenon without effacing either the subject (the patient) or the clinical relation between them. The genius of Clérambault is here a source of inspiration. Speaking of the reports which Clérambault compiled each day by the dozen, Paul Guiraud, (in his preface to Clerambault’s Œuvre Psychiatrique), qualifies these as “certificates, works of art as much as science”. In one or two pages, Clérambault knew “how to flawlessly, seamlessly trace the personality of the patient, without recoiling from the neologism that was always the genuine foundation. We can say that he almost created a literary school, one that should be the school of all administrations.”[2] 

In using the DSM5, you can content yourself with noting the code 297.1 (F22) in order to indicate that the patient suffers from Delusional Disorder. All that then remains is to specify whether it is erotomaniac, grandiose, jealous, persecuted, somatic, or ‘mixed’. In opposition to that, Clérambault’s literary descriptions in his short ‘certificates’ give a living consistency to the person described. It is not only a clinical picture but also has a presence, a materiality, which is seasoned by the patient’s words. Thus, you can believe that you can hear the voice of Amélie, seamstress in a religious house, describing the strangeness of the parasitic mental automatism that affects her. To quote her: “When one says ‘one’, one has the air of speaking of two people… There is something that speaks when it wants to, and that stops when it no longer speaks.” Much later Clérambault notes that “her eroticism is manifested in smiles and prolonged blushing” or again that she “starts and stops from impulsive gestures. She says out loud what she supposes we think.” The reader feels as if they participate in the interview when they read Clérambault: “A part of her is getting tired at the end of the examination and this inclines her not to reply, and another part of her, which is favourable to us, is irritated by this, and she rebuffs the former part out loud: “we want to answer; you leave; we can wait a little” (ibid, p. 457-8). We think of L’amante anglaise by Marguerite Duras[3], which allows us to put our finger on the psychotic reticence that forms the basis of the staging of the link established between the author of the crime and the person investigating it, who tries to identify the inexpressible hole of her motivation. And then, when Clérambault writes, in his laconic fashion: “In conclusion: Automatism. Erotism. Mysticism. Megalomania”, these words, which belong to a universal classification, are transformed, in the case of Amélie, into nominations of phenomena wholly particular to her.

The présentations de malades given by Jacques Lacan testify to the teaching of Clérambault, who he regarded as his sole master in psychiatry. Jacques-Alain Miller portrays how these presentations remind us of Greek tragedy, except that the participants at the presentation, simultaneously the chorus and the public, are waiting not for a catharsis, but for a diagnosis that will be the last word on the patient.

Lacan dodges this expectation, he makes a sidestep. He ends up affirming the diagnosis, but at the same time suspends it and problematises it in order to lengthen the study. His reference to classification is there in order to speak of the normality of the psychotic subject who does not fail to recognise the Other in the mental automatism that traverses him. For the rest, Lacan follows the Freudian thread of naming the singular jouissance that is carried along by the psychiatric nomenclature. So, Ernst Lanzer has entered into the history of psychoanalysis under the name of the Rat Man rather than as a case of obsessional neurosis. And again, we think of Sergei Konstantinovich Pankejeff as being the Wolf Man, before considering him as a case of infantile neurosis (a diagnosis that has since been contested).

Thus, psychoanalysis agrees with the psychiatric nosography but tries to follow more closely not only the personality but also the jouissance of the subject. The nomination of phenomena requires a literary competence more than a scientific one, and there is nothing better to shape and form this effort of nomination than the analytic experience itself. To know how to name your own jouissance is a precondition to being able to speak about that of another. To diagnose is to make an effort of poetry.

Translated by Janet Haney
Text published in The Hebdo Blog, No 64 (21 Feb 2016), dedicated to the FIPA Study Days, 12 March 2016

[1] The Centres for Psychoanalytical Consultation and Treatment (CPCTs) are one of the many forms of the Federation of Institutions of Applied Psychoanalysis (FIPA), seehttp://www.causefreudienne.net/connexions/fipa/
[2] Clérambault, G., Œuvre psychiatrique, PUF, Paris, 1942. 
[3] Duras, M,  L’amante anglaise,  Transl. Barbara Bray, Pantheon Books, New York, 1968.
 
 
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Pour que les signes restent discrets
Dominique Holvoet

 
Belgique

La notion de psychose ordinaire nous permet de fait le joint entre la psychose extraordinaire, celle qui se lit à partir de la forclusion du Nom-du-Père, et la dimension du délire généralisé qui relève de la clinique qui se construit au XXIè siècle et dans laquelle le Nom-du-Père n’est plus qu’un symptôme parmi d’autres possibles. Le Nom-du-Père est mis en place par Lacan dans le Séminaire III comme un signifiant qui, tel un anneau, « fait tenir tout ensemble »[1] alors que c’est au symptôme comme tel, rebaptisé sinthome, qu’est dévolu cette fonction dans le Séminaire XXIII. 

Ainsi rencontrons-nous dans notre pratique bon nombre d’analysants pour lesquels cette fonction-sinthome présente une fragilité particulière. Et cette assertion pourrait d’ailleurs être élargie à l’ensemble des sujets qui demande une analyse. Car c’est toujours vrai qu’un sujet s’adresse au psychanalyste parce qu’il éprouve une certaine discontinuité dans sa vie. La clinique de la psychose ordinaire requiert de prendre toute la mesure de ces discontinuités afin d’en inférer la fonction-sinthome qui nouait jusque-là les discontinuités successives. La question reste donc toujours de savoir ce qui vient stabiliser la langue dans tel cas, quel est le point de capiton qui préservait l’ordre de la signifiance ou pour le dire dans les termes du Séminaire XXIII, quelle écriture, quel mode de nouage est en jeu dans le rapport à la parole de ce corps impacté par le langage ? Une petite délinquance, une pratique addictive, un mode énonciatif singulier, une modalité inédite de faire couple peuvent être les signes discrets d’une psychose ordinaire, qui ne sont que les signes d’une sinthomatisation permettant de faire tenir ensemble un édifice précaire.

Cet édifice, c’est au dernier terme tout ce qui vient faire civilisation, c’est-à-dire tout ce qui est en place de répondre aux perturbations, au parasitage du langage comme tel sur le corps parlant. C’est en ce point sans doute que ce qu’on appelle ici civilisation passe nécessairement par l’art, particulièrement quand le programme de la civilisation présente des ratés. Et c’est aussi en ce point que la psychanalyse accompagne les corps parlant – tout le monde n’ayant pas vocation à rejoindre l’artiste. Quoi qu’il en soit, pour l’un comme pour l’autre ce sera « toujours à contre-courant que l’art [et la psychanalyse] essaie d’opérer à nouveau son miracle »[2]  Car il y a en effet un malaise dans la civilisation qui est « ce dérèglement par quoi une certaine fonction psychique, le surmoi, semble trouver en elle-même sa propre aggravation, par une sorte de rupture des freins qui assuraient sa juste incidence ». C’est dans cette parenthèse que Lacan reprend d’une phrase le texte de Freud. Et il poursuit par cette incise : « Il reste, à l’intérieur de ce dérèglement, à savoir comment, au fond de la vie psychique, les tendances peuvent trouver leur juste sublimation »[3]  Ce que Lacan nomme là la rupture de freins du Surmoi, c’est le caractère d’intimation que comporte la voix, qui impose au sujet sa signifiance. Car le problème n’est pas de mettre des mots sur les choses, de faire récit, mais de ne pas être poussé, précipité à subir les mots de l’Autre, révélation ineffable dont la densité de signification fait effraction et brise alors l’ordinaire de la psychose d’un parlêtre.

Eric Laurent, dans un entretien subtil avec François Ansermet et Pierre Magistreti en septembre 2011 (voir ici), donnait l’axe de la clinique psychanalytique du XXIè siècle en soutenant qu’à l’envers de ce que la vulgate veut bien retenir, la psychanalyse n’est absolument pas une herméneutique. Il relevait que ce qui caractérise l’existence du sujet est tramé d’un certain nombre de discontinuités, de trous qui ne permettent justement pas d’établir une continuité, un récit de vie.

Et c’est pour cela que la psychanalyse n’est pas une herméneutique. Faire une analyse, ce n’est pas faire le récit de sa vie. Au contraire soutenait E. Laurent c’est « faire le récit de tout ce qui ne fait pas récit, de tout ce qui fait trou, de tout ce qui fait obstacle à ce qu’on puisse se retrouver soi-même, tous les moments où on s’est perdu de vue »[4]. La clinique de la psychose extraordinaire nous a enseigné sur ces moments de cristallisation où une écriture s’impose au sujet. Le repérage des modes par lesquels un sujet tisse la trame sur le trou permet d’éviter cette précipitation dans ce qu’on nomme une hallucination, une lettre qui tout à coup fait sens, déclic, boum ! La clinique de la psychose ordinaire tient à ce repérage des signes afin qu’ils restent discrets. 

[1] Lacan Jacques, Le Séminaire, Livre III, Les psychoses, Paris, Seuil, 1981, p. 359.
[2] Lacan Jacques, Le Séminaire, Livre VII, L’éthique de la psychanalyse, p. 170.
[3] Lacan Jacques, op.cit. p. 172
[4] Laurent Eric, Entretien avec les professeurs Magistretti et Ansermet pour la fondation Agalma, mise en ligne 28/11/2011 sur https://youtu.be/cCS9vRXIin4

27 de mayo de 2016

Boletín -El Cuerpo Hablante- Nos. 32, 33 y 34 (Final), por Jaime Castro, Inés Anderson, Luz Elena Gaviria, María Hortensia Cárdenas.













SOBRE LA ESCRITURA DEL EGO 
Jaime Castro 

Jaime Castro nos lleva paso a paso por la enseñanza de Lacan sobre el cuerpo en Joyce: la gramática pulsional, el dejar caer la relación con el propio cuerpo y el ego, el error en nudo borromeo y el inconsciente ligado a lo real. ¡Buena lectura!

En el capítulo X, “La escritura del ego” de El Seminario 23, El Sinthome, Lacan señala que para Joyce “la escritura es esencial a su ego”.(1) Para desarrollar esta idea, entre otros aspectos, retoma que la falta es la expresión de la vida del lenguaje. Es un capítulo lleno de homofonías y juegos de lenguaje. Dice por ejemplo, que gracias “al lenguaje vida es algo totalmente distinto de lo que se llama simplemente vida”. Otro ejemplo: “lo que significa muerte para el soporte somático tiene tanto lugar como vida en las pulsiones que dependen de lo que acabo de llamar la vida del lenguaje”.(2) Vemos, entonces, que Lacan plantea que la pulsión está ligada a una gramática que toca los agujeros del cuerpo. 

Ante la pregunta de quién sabe lo que pasa en su cuerpo, retoma de la obra autobiográfica de Joyce El retrato del artista adolescente una escena en la que él recibe una paliza de parte de sus compañeros. Stephen, el nombre del protagonista, se interroga después de los hechos el por qué no está resentido. Lacan comenta algo muy preciso al respecto, lo cito: “(Joyce) se expresa entonces de una manera muy pertinente, como puede esperarse de él, quiero decir que metaforiza la relación con su cuerpo. El constata que todo el asunto se suelta como una cáscara”.(3)

Leamos directamente el texto de Joyce en El Retrato del artista adolescente en donde Stephen se refiere a la paliza que recibió de parte de sus compañeros: “Y aún aquella noche, al regresar vacilante hacia casa a lo largo del camino de Jone, había sentido que había una fuerza oculta que le iba quitando la capa de odio acumulado en un momento con la misma facilidad con la que se desprende la suave piel de un fruto maduro”.(4)

Más adelante, cuando Stephen se preguntaba por qué su alma era incapaz de albergar las pasiones del amor y el odio, dice: “A menudo había sentido un breve acceso de cólera, pero nunca había sido capaz de conservar su resentimiento largo rato, sino que había sentido que se iba desvaneciendo enseguida como una cáscara o una piel que se desprendiera con toda suavidad de su propio cuerpo”.(5)

Retomemos la pregunta de Lacan: “¿Quién sabe lo que pasa en su cuerpo?”.(6) A partir de ella precisa que en su enseñanza él ha intentado articular que el inconsciente “no tiene nada que ver con el hecho de que uno ignore montones de cosas respecto de su propio cuerpo”. Más adelante, agrega que lo que se sabe es de una naturaleza significante. Así en Freud, la noción de inconsciente se apoya en lo que se ignora del cuerpo. Lo cito: “El inconsciente de Freud es justamente la relación que hay entre un cuerpo que nos es ajeno y algo que forma círculo, hasta recta infinita, y que es el inconsciente, siendo estas dos cosas de todos modos equivalentes una a la otra”.(7)

Ahora bien, al explicar la escena de Stephen, Lacan señala primero que tenemos una relación confusa con nuestro cuerpo que implica afectos, se trata de una relación psíquica, es una imagen “que se afecta, que reacciona, que no está separado”.(8) Es precisamente esto lo que no sucede en Joyce y que se ve muy bien descrito en la escena de la paliza. Dice Lacan: “En Joyce solo hay algo que no pide más que irse, desprenderse como una cáscara”.(9) El punto a subrayar es la ausencia de afecto ante la violencia que sufrió por parte de sus compañeros, que da cuenta de una particular relación con su propio cuerpo. Lacan precisará que en Joyce la relación imaginaria se escurre, no tiene lugar, se desprende el anudamiento con lo Real y lo Simbólico. 

A partir de lo anterior, se precisa que la relación con el cuerpo es del orden del tener. Lo cito: “Uno tiene su cuerpo, no lo es en grado alguno…la forma, en Joyce, del abandonar, del dejar caer la relación con el propio cuerpo resulta completamente sospechosa para un analista, porque la idea de sí mismo como cuerpo tiene un peso. Es precisamente lo que se llama el ego”.(10) Más adelante, diferencia la relación que el hombre tiene con su cuerpo a nivel del tener, de lo que define al sujeto en tanto representado por un significante ante otro significante. Lacan explica que el ego es llamado narcisista porque sostiene el cuerpo como imagen, cosa que no sucede en Joyce, en donde la imagen no está implicada, mostrando así lo particular de la función del ego en él.

¿Cuál es la manera como Joyce resuelve esta falla en el anudamiento de lo Imaginario con lo Simbólico y lo Real? Al respecto Lacan señala que Joyce a través de la escritura, la escritura del ego, restituye el nudo borromeo anudando lo que estaba desanudado de lo Imaginario con lo Simbólico y lo Real. Lacan nos deja una pregunta: “¿Qué Joyce sea el escritor por excelencia del enigma no sería la consecuencia del ensamblaje tan mal hecho de este ego, de función enigmática, de función reparatoria?”.

Notas
1 Lacan, J., El Seminario 23, El Sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 147.
2 Ibíd, p. 146.
3 Ibíd, p. 147.
4 Joyce, J., El retrato del artista adolescente,. Versión digital descargada de www.libro.dot , p. 35.
5 Ibíd, p. 64.
6 Lacan, J., El Seminario 23, El Sinthome, Op. Cit., p. 146.
7 Ibíd, p. 147.
8 Ibíd.
9 Ibíd.
10 Ibíd.



UNA EXTERNALIDAD SOCIAL, CORPORAL Y SUBJETIVA EN LA PSICOSIS ORDINARIA
Inés Anderson


Hoy ofrecemos dos textos: el de Inés Anderson relacionado con lo que nos enseña la relación al cuerpo en las psicosis ordinarias y el de Luz Elena Gaviria que nos muestra como la clínica del fin de análisis y la del autismo nos orientan sobre el verdadero estatuto de lo real en la experiencia analítica. ¡Buena lectura!


En esta contribución trabajo el texto “Efecto retorno sobre la psicosis ordinaria” de Miller(1) que me parece fundamental. Esta clínica que Miller califica de muy delicada es una clínica de la tonalidad, una cuestión de intensidad, de más o menos, que podría orientarnos hacia lo que Lacan llama “un desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto”. 

Miller sitúa este desorden de tres maneras diferentes: en lo social, manera en que los sujetos sienten el mundo que los rodea; en lo corporal, manera en que sienten su cuerpo y en lo subjetivo, manera en que se refieren a sus propias ideas. Miller entonces organiza este desorden relacionándolo a una triple externalidad: social, corporal y subjetiva. 

En la externalidad social podemos encontrar que el sujeto no se ajusta constituyéndose misteriosamente una barrera invisible, un desenganche, desconexión; o una identificación positiva o identificación demasiado intensa en su función social cuya perdida podría generar un desencadenamiento.

La externalidad corporal tiene que ver con el Otro corporal, el cuerpo como Otro para el sujeto. Hay un desajuste, un desorden íntimo donde el sujeto tiene que inventarse lazos artificiales para reapropiarse de su cuerpo, como una prensa para unirse a su propio cuerpo. En términos de tonalidad y de exceso, la neurosis está limitada por el menos phi; en la psicosis ordinaria se siente el infinito en la relación del psicótico ordinario a su cuerpo. 

En la externalidad subjetiva encontramos un indicio de vacío o de vaguedad de una manera no dialéctica. Puede haber una fijación de la identificación con el objeto a como desecho. Identificación no simbólica, sino real porque sobrepasa la metáfora; identificaciones construidas como popurrí.

Este desorden está pegado con alfileres por lo que podemos conectar los pequeños detalles que están distantes los unos de los otros con un desorden central. Si no reconocemos una neurosis ni signos evidentes de psicosis, busquemos los pequeños índices de la forclusión. 

Con este nuevo significante de psicosis ordinaria, Miller no nos da un saber-hacer sobre la utilización de ese significante, sino quiso hacer una apuesta de si iba a provocar un eco en el clínico. 

Notas
Miller, J.-A. “Efecto retorno sobre la psicosis ordinaria” Revista Consecuencias. Revista digital de Psicoanálisis, Arte y Pensamiento, Edición no. 15, mayo de 2015.
Conferencia pronunciada al seminario anglófono "Psicosis ordinaria" realizado en París en julio de 2008.
Disponible en: http://www.revconsecuencias.com.ar/ediciones/015/template.php?file=arts/Alcances/Efecto-retorno-sobre-la-psicosis-ordinaria.html


El autismo un nombre de lo real, del cuerpo hablante

Luz Elena Gaviria

La enseñanza de Lacan a la altura de sus últimos seminarios, le da prevalencia al acontecimiento traumático que inaugura la incidencia de lalengua sobre el ser hablante, precisamente sobre el cuerpo que hace soporte al goce lo cual provoca una disarmonía originaria que no puede ser reparada, ni curada. En consecuencia, este traumatismo de lalengua, que no hace referencia a códigos, ni mensajes, produce un acontecimiento de cuerpo que fija un goce en el cuerpo hablante; es decir se corporiza ese significante que hace un escrito en el cuerpo que no se borra, sino que itera.

Este encuentro fija algo, lo que testimonia del traumatismo pero también de un goce que ha sido desviado. Dice J.-A.Miller “…esta conexión del Uno y del goce, en lo que hace a la experiencia analítica, está fundada precisamente en aquello designado por Freud como fijación… Punto de fijación quiere decir que hay un Uno de goce que vuelve siempre al mismo lugar –y es por eso que nosotros lo calificamos de real… De ahora en más, nuestra experiencia pone al analizante en lucha con aquello que de su goce no produce sentido… con el Uno del goce”.(1)

La clínica de los AE, y la del autismo nos enseñan sobre el verdadero estatuto de lo real en la experiencia analítica, dice Laurent, “El autismo: un nombre de lo real”…(2) si bien el autista no es un cuerpo sometido a discurso alguno, no es ajeno a las resonancias de lalengua sobre él. Ambos parlêtres ilustran del acontecimiento de cuerpo efecto de lalengua que itera, y está escrito en el cuerpo hablante; pero los AE dan cuenta de la elucubración de saber sobre lalengua, que “es una articulación de semblantes efectos de lo real y a la vez lo encierran”.(3)

Los testimonios de los AE ilustran esos dos goces: el goce de lalengua y el goce de la palabra. Uno es el goce que es previo a la constitución imaginaria o simbólica del mismo, antes de cualquier tratamiento del Otro. Dicho goce supone el pasaje del Uno del cuerpo al Otro del lenguaje como aparato de acceso al goce del propio cuerpo y otro es el goce efecto del encuentro del cuerpo hablante con el Otro del lenguaje. 

Dice Miller J.-A.: “el cuerpo hablante goza, pues, en dos registros… Por eso el cuerpo hablante está dividido en cuanto a su goce no es unitario como lo imaginario lo hace creer”.(4) La oposición entre sentido y goce en la práctica analítica, compromete un direccionamiento de la intervención que podría estar en unos momentos en el efecto del sentido y de ahí su interpretación, o por el contrario estar orientado por el goce sin sentido, es decir el efecto en el cuerpo, lo que conlleva a seguir el rastro a lo real antes que a los significados, ya que como dice Lacan: “No es a su conciencia a lo que el sujeto está condenado, sino a su cuerpo”.(5)

Notas
1 Miller, J. A., El ser y el Uno, Curso de la Orientación Lacaniana III, 13, Lección 9, miércoles 30 de Marzo de 2011, inédito. 
2 Laurent, E., La batalla del autismo, Grama/Navarin, Buenos Aires,. 2013, p. 220.
3 Miller J. A. El inconsciente y el cuerpo hablante
4. Ibíd.
5 Lacan J., “Respuesta a estudiantes de filosofía”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 224.



PARLÊTRE: INTERPRETACION Y TRANSFERENCIA 
María Hortensia Cárdenas

Con esta última entrega, huella escrita de nuestros intentos de trasmitir una parte del trabajo que hemos venido realizando en las sedes y delegaciones a propósito del tema del congreso “El cuerpo hablante”. Sobre el inconsciente en el siglo XXI, nos despedimos de nuestros contribuyentes y lectores con quienes establecimos una transferencia de trabajo. Gracias a ustedes ha sido posible sostener semana a semana cada una de estas ediciones, gracias.

En esta última entrega María Hortensia Cárdenas logra mostrar en su texto como en la última enseñanza de Lacan se problematizan tanto la transferencia como suposición de saber, como la interpretación como desciframiento de sentido ¿cómo situar ambos conceptos en coordenadas distintas? ¡Buena lectura!

Alba Alfaro, Fernando Gómez, María Cristina Giraldo y Piedad Ortega de Spurrier 

Cómo se interpreta depende de la noción que se tenga del inconsciente. A diferencia de la interpretación freudiana que descubre el significado sexual reprimido del síntoma ‒es lo que Freud nos enseñó desde las primeras histéricas‒ la interpretación lacaniana señala el agujero de la no relación sexual. Tiene el efecto de hacer ver lo imposible de decir más allá de la represión. El psicoanalista lee en lo que se dice pero para leer tiene que transmutar la palabra en escritura, solo se lee la escritura. Lo que se produce es el inconsciente mismo: cuanto más se interpreta más se confirma el inconsciente, dice Lacan.(1) Pero a lo que se apunta es a reconducir el sentido al goce porque finalmente solo da sentido lo que hace gozar. La interpretación se dirige a la repetición para ubicar el límite que se impone al saber. Lacan nos invita a un nuevo uso de la interpretación. ¿Qué de la interpretación al analizar al parlêtre, de una interpretación que no alimentaría el sentido? ¿Cómo la intervención del analista, el acto analítico, puede tener efectos de revelación en el parlêtre y dar luces sobre una dimensión nueva del saber? ¿Qué es lo que los testimonios del pase nos enseñan al respecto?

Igualmente podemos problematizar el concepto de transferencia hoy, qué de la actualidad de la transferencia. Conocemos la enseñanza de Lacan en el Seminario 11 que un análisis es posible por una suposición y que este es el pivote de la transferencia simbólica: “formación de vena y no de artificio, desprendida del psicoanalizante” –dice Lacan en la “Proposición”(2) para sacar a la transferencia del plano imaginario del amor. Aquí se trata del amor que se transfiere al inconsciente que pone en marcha la suposición de saber. Si el fin terapéutico es revelar la causa y la satisfacción del síntoma no por eso el síntoma se cura de manera absoluta. En el mejor de los casos se encuentra un saber hacer con el síntoma, con los restos sintomáticos no analizables. 

Pero los conceptos de transferencia e inconsciente también están articulados solo que en la última enseñanza de Lacan la reflexión sobre la transferencia parece que desaparece. Lo que sostiene un análisis es reemplazado por la urgencia pulsional. En la muy última enseñanza de Lacan nos topamos con el acontecimiento del inconsciente real, ese que no es transferencial, que no enlaza significantes, solo da cuenta de la repetición incesante de una modalidad de goce innombrable. El sujeto supuesto saber es la conexión entre un significante y otros, y en el inconsciente real no hay conexión entre significantes, que sabemos es el fundamento de la transferencia y de la práctica psicoanalítica. En el Seminario 11 Lacan enseña que el inconsciente no tiene ser, y que aspira a realizarse, es un querer ser. El psicoanalista dirige la cura acompañando al analizante a que pueda realizarse como saber supuesto. Pero en la última enseñanza de Lacan encontramos que más que saber lo que hay es satisfacción, goce marcado por una opacidad de sentido. El analista solo es instrumento para hacer pasar el inconsciente transferencial al inconsciente real y es todo un problema porque lo real se resiste a ser nombrado. Entonces, ¿cómo darle cuerpo a la transferencia si de lo que se trata no es tanto del saber sino de la satisfacción? ¿Cómo por el efecto del análisis poder encontrar una modalidad inédita de satisfacción? ¿Qué de la posición del analista, cómo hacerse partenaire del modo sinthomático de goce del analizante?

Lacan nos orienta: “El inconsciente, es que en suma uno habla –si es que hay parlêtre– solo. Uno habla solo porque no dice jamás sino una sola y misma cosa – salvo si uno se abre a dialogar con un psicoanalista. No hay medio de hacer otra cosa que recibir de un psicoanalista lo que molesta de su defensa”.(3)

Notas
1 Lacan, J., "Radiofonía", Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 441.
2 Lacan, J., “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012.
3 Lacan, J., Seminario 24, "L'insu que sait de l'une-bévue s'aile à mourre", clase del 11 de enero de 1977, inédito.