18 de marzo de 2015

El Islam en España y la ley del superyó, por Miquel Bassols


Los medios han informado estos días de la detención simultánea en varias ciudades españolas de ocho personas sospechosas de “terrorismo yihadista”, de captar adeptos al Estado Islámico y de difundir su “ideario radical”. En varias ciudades españolas se ha detectado la existencia de “células yihadistas” dispuestas a realizar atentados “en cualquier momento”. La televisión muestra el instante de una de las detenciones en L’Hospitalet, ciudad contigua ya a Barcelona. Un joven de treinta años, esposado y vestido con un chándal del Barça, es conducido por dos policías; antes de entrar en el furgón policial se gira hacia las cámaras y lanza la consigna en árabe: “Alá es grande” —“…y Messi su profeta”, añade alguien con cierto humor. 

El periodista interroga después a una vecina que da las ya habituales explicaciones: “Son una familia muy normal, los hijos son muy educados; me ha sorprendido que viniera la policía, pero si ha pasado algo con alguno de los hijos yo no lo sé”. Hace justo treinta años que viven en el barrio.

La escena me ha hecho presente otra, inversa en varios sentidos y unos seiscientos años anterior. Un hombre de setenta años, venido de tierras catalanas pero vestido con hábito sarraceno, se planta en medio de la plaza mayor de la ciudad de Bugía y grita ante la gente que se ha congregado a su alrededor: “La ley de los cristianos es verdadera, santa, cara a Dios. La ley de los sarracenos es falsa. Y estoy dispuesto a demostrarlo”. No pasará mucho rato hasta que la gente empiece a apedrearlo y las autoridades del lugar lo detengan para encarcelarlo. El episodio está explicado en la Vita Coaetanea de Ramon Llull, fechada en 1311. El insigne mallorquín fue en realidad un verdadero fan del islamismo, mantuvo una relación tan fuerte como paradójica con su religión, con su lengua y con su cultura, un vínculo paradigmático para entender la coyuntura de un conflicto que parece haber empezado ayer pero que lleva ya siglos.

El terrible atentado, el 11 de marzo de 2004, en la estación de Atocha de Madrid —casi doscientos muertos y dos mil heridos—, el segundo mayor atentado cometido en Europa hasta la fecha, significó sin duda en España el punto álgido en la percepción de peligro que supone la presencia del Otro malvado en el interior más interior del vínculo social. La comunidad musulmana se apresura una y otra vez a distinguirse de la acción de Al Quaeda o del Estado Islámico actual, sin conseguir separarse de esta percepción especular del Otro malvado.

En realidad es la continuación, por otros medios y con diferentes intensidades, de una antigua relación. Un somero repaso a la historia de España muestra el fuerte vínculo que la cultura española ha mantenido y sigue manteniendo con la cultura árabe y con el islamismo, vínculo marcado irremisiblemente por el conflicto y la exclusión recíproca.

Setecientos años de fuerte presencia musulmana —desde el 711 al 1492, para tomar las fechas del principio de la conquista árabe y del final de la reconquista cristiana— no pasan en balde, tanto en la propia lengua, como en cada rincón de la vida religiosa, social y política. Hoy, uno de los objetivos explícitos del Estado Islámico es la re-re-conquista de al-Ándalus, el amplio territorio de la península ibérica que estuvo bajo poder musulmán durante la Edad Media. En realidad, lejos del ideal de la idílica imagen que a veces quiere darse en España de la convivencia entre las tres religiones monoteístas —la cristiana, la judía y la musulmana— que han definido su historia, ésta se ha caracterizado por un sanguinario conflicto de exclusiones y expulsiones, de integrismos, integraciones y desintegraciones de las respectivas comunidades.

En la actualidad, la población musulmana en España es de algo más de un millón de habitantes, unos 280.000 en Cataluña, unos 200.000 en Madrid, algo menos en Andalucía y en la Comunidad Valenciana. Alguien como Sami Naïr ha podido afirmar recientemente que “el islam forma parte de la identidad catalana”, a la vez que sostiene que “la estrategia occidental contra el Estado Islámico es peligrosa” (El Punt Avui, 10/03/2015). La destrucción del Iraq abrió en efecto la caja de Pandora y del “conflicto de identidades”.

Más que de un rechazo del Islam, se trataría de una posición segregativa de la inmigración magrebí, alimentada por la politización propia del Islam. Con todo, es demasiado fácil atribuir a un rechazo de la inmigración el poder paranoico que está alcanzando la posición occidental ante el musulmán.

Hay que subrayar aquí la importancia de una nueva figura que ha aparecido en un panorama social que es común a buena parte de Europa: la del integrista integrado, la del terrorista hijo de la propia familia, la del enemigo que devuelve en espejo desde el propio interior de la comunidad la figura del Otro malvado que se trataba de poner en el exterior.

En realidad, en el resorte del conflicto segregativo aparece esta figura paradójica del integrista tan bien integrado que no se le reconoce como tal, la del fundamentalista tan bien fundamentado en el vínculo social que se pasa por alto la verdad escondida que muestra en ese vínculo. Se trata finalmente de la figura del “enemigo interior”, tal como Jacques-Alain Miller la subrayó recientemente en su artículo de Lacan Quotidien nº 455, titulado El amor de la policía: “A la espera, sólo percibo una explicación, es que el islamismo guerrero es considerado por la población como un verdadero enemigo interior.” ¿Habrá que recordar el nombre que este “enemigo interior” recibió en la metapsicología freudiana y que Jacques Lacan igualó, a propósito precisamente del caso de un sujeto de la cultura islámica, a “un enunciado discordante de la ley” (cf. su Seminario I)? Es el superyó, y no tiene otro fin que alimentarse de aquella misma satisfacción que el sujeto se prohíbe en su nombre… y desde su propio interior.

Tal vez esta figura del superyó, con su ley obscena y feroz, explique hoy también algo de la fascinación que produce al adolescente occidental la ley islámica cuando decide alistarse al “ejército enemigo”.

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