17 de diciembre de 2015

Vidas en Krisis, por José Ramón Ubieto


The Walking Dead es una popular serie en la que el protagonista es un policía que tras despertar de un coma se encuentra en un mundo habitado por caminantes. Zombis salvajes que vagan sin rumbo en busca de comida. Identificado a su condición de agente del orden, y para asegurar el bienestar de su familia, lidera un grupo de supervivientes aterrorizados que levantan frágiles muros para protegerse de esa plaga de caníbales errantes.
 
¿Se trata sólo de una ficción o podemos tomarla como una metáfora de lo que pasa aquí y ahora? A juzgar por el éxito de la serie y por el auge de los partidos de extrema derecha, que alimentan el miedo a los “nuevos caminantes” aireando ideas xenófobas, no parece tan ajena  a nosotros. El “otro extranjero” hoy, más que nunca, es percibido como el personaje hostil que nos quiere robar o perjudicar y ante el que hay que interponer vallas para blindarse.
 
El psicoanalista Jacques-Alain Miller señalaba que una crisis es “lo real desencadenado, imposible de dominar”. Algo irrumpe en nuestras vidas, en nuestras relaciones laborales, familiares y en nuestra convivencia social que desborda el orden simbólico que hasta entonces nos amparaba, marco en cuyo interior nos manejábamos. Sus reglas de juego parecen estar cambiando.
 
Eso produce síntomas variados que no dejan a nadie indiferente. Un rasgo común es la violencia que alcanza de lleno a los cuerpos. Algunos la padecen al vivir desprotegidos en el umbral de la pobreza, acuciados por la precariedad laboral y los desahucios. Otros, que lo han perdido todo y huyen en busca de refugio, sufren el rechazo de los que se atrincheran en su identidad. Muro tras el que se protegen ilusoriamente de la propia incertidumbre. Ignoran así su condición humana de caminantes.

Esa violencia no cesa tampoco en la familia y en otros escenarios (trabajo, escuela) donde el acoso nos habla de las falsas salidas a eso que se vuelve imposible de soportar para cada uno. El dramatismo del nihilismo terrorista, como negación de la vida, es otro de los signos más recientes de esa crisis también identitaria.
 
Estas respuestas violentas confirman la tesis de Lacan de que la paranoia está en la base del lazo social. La madre del joven que dejó nueve muertos en el campus de Oregón, no dudó en amenazar así por las redes: “Mantengo la pistola y los rifles cargados. Nadie vendrá a mi casa sin invitación si tiene esta información”. Enfermera de profesión, disponía de un arsenal en casa con el que su hijo perpetró la masacre.
 
La cultura de la autodefensa se impone ahora que ya nadie tiene el monopolio de la violencia, y por tanto todos pueden ser víctimas del otro, incluso del vecino. Eso les obliga a permanecer alerta, vigilar y defenderse con todos los medios disponibles.
 
Claro que lo peor de una crisis no son sólo sus efectos sino sobre todo no aprovechar la oportunidad de captar sus claves, leer en ellas la lógica que la sostiene. Krisis se usaba en medicina para referirse a un cambio brusco en el curso de una enfermedad que podía significar una cuestión de vida o muerte. Hacía falta entonces acertar en el juicio clínico para tomar la buena decisión y para ello se necesitaban la crítica (análisis) y el buen criterio.
 
Para el psicoanálisis leer es abrir la puerta al cuestionamiento de lo que causa, para cada uno y para la sociedad, esa crisis. Interrogarse sobre las respuestas posibles y hacerlo apostando por las invenciones de cada sujeto, propias pero no sin los otros.
 
Publicado en La Vanguardia. Domingo 13 de diciembre de 2015
 

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