22 de enero de 2015

THE IMITATION GAME (Descifrando Enigma) de Morten Tyldum, por Irene Domínguez


El sonido que al correr hacen las piedrecitas disparadas en todas direcciones de los caminos de tierra que conducen a un nuevo curso escolar; 15, 20 minutos de pie, expectante, deseoso, más que contento rebosante de ilusión, con la inquietud de quien después de las vacaciones de verano va a reencontrarse con él, su mejor amigo, su amado, su único otro en el mundo… y de golpe el silencio, la nada. Silencio, silencio, silencio. Y así, un día de sol, se abre para siempre el agujero.

Lo experimentado por Alan Turing en la adolescencia, probablemente fue demasiado verdadero e intenso para huir. Su elección forzada lo condujo a aferrarse a los criptogramas que en las aburridas clases de matemáticas, eran el lenguaje secreto del amor y que insuflaron vida a su existencia. Entonces se agarró fuertemente al código que compartía con su compañero arrebatado por la muerte, y de este modo forjó su solución, su sinthome, creó una manera de habitar su vida.
 
Por eso años después se dirigió a buscar trabajo en los servicios secretos para descifrar Enigma, la máquina infernal de la guerra que transmitía cifrados todos los mensajes nazis de los próximos ataques, diseñando de este modo la geografía del horror. La sofisticación de su encriptado hacía prácticamente imposible la misión. Enigma me sugirió la metáfora del parlêtre, del hombre parasitado por el lenguaje, atrapado y hecho con el cifrado imposible de la maquinaria lenguajera. Enigma muestra lo Real mismo de la lengua, una suerte de “imagen” de lo que Lacan llamaba la lalengua, de cuyo desciframiento surgía el sentido. Alan Turing se movía como pez en el agua en lo real del lenguaje. Las matemáticas le dieron el soporte para inventar una máquina, Christopher, que desentrañaría los mensajes encriptados de la guerra. La máquina devino su partenaire.
 
La clave que da acceso al desciframiento de Enigma, parte de una fulgurante intuición sobre el modo de encriptar un mensaje. Una noche, en un pub, una amiga de Joan Clarke explica la atracción que siente por un hombre con el que cotidianamente intercambia mensajes cifrados. No se conocen, pero ella asegura saber que tiene novia. Turing le pregunta cómo lo sabe, y ésta responde que es fácil darse cuenta: todos sus mensajes en clave empiezan con las iniciales de un nombre femenino.
 
Esa pista fundamental le da la idea de que, a pesar de que las combinaciones que se pueden hacer para encriptar son prácticamente infinitas, en tanto es el ser humano quien las cifra, la repetición reduce considerablemente las probabilidades, si suponemos, por ejemplo, que en todos los mensajes está el saludo Heil Hitler. Añadiendo ese dato y reconfigurando el cálculo, la máquina llega a tener el tiempo para hallar la fórmula que descifra los mensajes. Este fascinante detalle muestra el punto de cruce entre el lenguaje y el cuerpo hablante, y nos da una imagen hermosa del inconsciente: aunque en éste quepa el infinito, las condiciones de goce, de repetición, determinan una cierta norma, un patrón, una estructura de ciframiento, que es el modo en cómo cada cual hace uso del aparato del lenguaje para darle formas a su libido. El sentido es siempre sexual.
 
En la historia que cuenta esta película tenemos un precioso ejemplo del concepto de sublimación en psicoanálisis. Las máquinas de Alan Turing responden a su eterna búsqueda por esclarecer si la inteligencia artificial puede pensar, poniendo en escena un deseo incombustible enfrentado a Das Ding, al agujero. Su deseo es lo que anima esos aparatos, es su elección forzada, y esa aventura individual de un solo hombre enfrentado a la Cosa ponen en el mundo una creación que cambiará para siempre la vida de todos los seres humanos. La solución de un hombre, su sinthome, transforma la realidad del mundo entero. Esas máquinas diseñadas por Turing son el antecedente de la aparición de los ordenadores. Christopher, Frankenstein, operaciones humanas para arrancarle a la muerte su silencio creando un Otro inmortal encarnado en la máquina, sueño romántico de la ciencia. La máquina deviene humana.
 
El deseo nunca es puro, siempre se paga. Por eso la pregunta que él hace: “juzgue usted mismo ¿soy un héroe o un asesino?” muestra la verdad del deseo. En el uso que hacemos los seres humanos del progreso está contenida la cuestión ética.
 
Esta sencilla y por lo mismo valiosa película, que es una ficción basada en hechos reales, a mi modo de ver, tiene el arte de mostrar, a través de una historia sobre los archivos desclasificados de los servicios secretos, la singularidad de un hombre. En su relato -que no es precisamente el de un hombre feliz- están incluidas tanto las marcas imborrables de un deseo incombustible como las del rechazo social a la otredad en forma de homofobia. Esta historia muestra la profunda soledad de este hombre que pudo, gracias a su posición ética, bordear el agujero abierto en su adolescencia, pero que sin embargo, sucumbió a los prejuicios morales asesinos de nuestra condición humana.

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