


- Editorial
- El laberinto de la identificaciones, Comisión Científica de las Jornadas de la NEL
- Destacamos
A pesar de los veloces y fulgurantes cambios de la época, con sus ofertas de promisorios y huidizos bienestares, la insistencia de la pregunta “¿Quién soy?” sigue siendo hoy el índice más claro de aquello de sí imposible de recubrir por la función de desconocimiento del yo, en cualquiera de sus formas. Se trata de algo que escapa a una captura simple que pretenda consagrar la supuesta unidad del sujeto.
Esa pregunta muestra la marca de la falta en ser del sujeto humano; la vía de las identificaciones le permite hallar un lugar en lo social, donde cobra además una función decisiva su condición de ser sexuado para generar lo que en el lenguaje común se conoce con el nombre de identidad. Aunque la “identidad de género” tenderá a borrar la hiancia propia de lo sexual, rebelde a toda identificación.
Las identificaciones se hacen legibles en la experiencia analítica a través de las formaciones del inconsciente; textos perdidos y reeditados en los avatares de una vida, síntomas, rasgos, que dan cuenta de la entrada y el habitar en un mundo, el humano, en el que lo simbólico no impone su ley sin el límite de lo real. También mediante las invenciones que cada sujeto produce para preservar ese rasgo único de su originalidad en la relación del inconsciente con su cuerpo de ser hablante, su sinthome. Desde allí una dosis de alegre libertad puede abrirse para él, cuando eso no está teñido de algún sufrimiento mayor, o cuando consigue elaborarlo a través de un análisis que le permita arreglárselas con ello.
En suma, para acceder al mundo del lenguaje y del Otro se imponen las identificaciones. Al mismo tiempo, desde la constitución del sujeto se produce una pérdida, producto de la inscripción del significante en el organismo vivo: resto inasimilable, pasión singular de goce que impide decir, como Rorty u otros, “sólo somos lenguaje”.
Freud fue el primero en destacar el laberinto de las identificaciones, al señalar que no existe unidad en el sujeto, sino una superposición de identificaciones de diversos tipos. Contradice así a la modernidad que argumenta desde el “pienso, luego soy”, pero que lo simplifica, al no reconocer en él la síncopa que puso de relieve Lacan, en la que el ser y el pensamiento, aún implicándose, no se pueden atrapar en el mismo momento.
Lacan, por otra parte, reconoce la multiplicidad paradójica de las identificaciones y formaliza su lógica. Destaca su carácter alienante, la segregación que las acompaña, y muestra además que no se trata de puntos fijos, intocables, sino semblantes. Concibe el psicoanálisis, de entrada, como una labor de desidentificación. Pero ello no le impide sostener la interrogación por el destino de lo real sintomático que no se reabsorbe en el lenguaje: ¿qué se hace con ello? Una de sus respuestas es la identificación con el síntoma, formación que, al contener un núcleo de goce propio de un hablanteser, no responde a ninguna norma y se abre a todo un recorrido desde lo particular hasta lo que propiamente es del orden de lo singular.
Es preciso recordar que no hay cura para el síntoma fundamental, si bien la experiencia analítica hace posible otro tratamiento de lo incurable. Esto supone la caída de algunas identificaciones; pero también permite no permanecer a expensas del agujero que se abre para el sujeto frente a la inexistencia del Otro, lo cual sería la tentación que se ofrece a la cobardía del neurótico y a su goce fantasmático. Con la modalidad conocida de la histeria, que sería identificarse con una pura división. Y en la obsesión, la de consolarse con un goce de contrabando que se puede mantener en secreto.
Lo que debe abrirse entonces es la exploración de salidas que son necesariamente inéditas: no es otra la divisa de Lacan desde que situó el pase en el corazón de la experiencia analítica y de su Escuela. A partir de los testimonios resultantes de esa experiencia, podemos ver de qué modo un analista, desde su recorrido como analizante y en su práctica, puede transmitir diversas formas de afrontar ese agujero, para hacer de ello una oportunidad para la existencia.
Pero la escuela del pase no es sólo la Escuela donde los AE testimonian. En realidad, no hay enseñanza ni trasmisión de ningún tipo que no reconozca el testimonio en una diversidad de modalidades, todas las cuales apuntan en el fondo al mismo problema. Para que la lógica del pase implique a toda la escuela en lo más esencial – que es la promoción de una enunciación que no se esconda en las coartadas de una falsa identificación colectiva – se invita a cada cual a hablar en nombre de su experiencia del inconsciente.
Las Jornadas de la NEL en Bogotá serán una ocasión para cada participante de transmitir las salidas del laberinto que en su quehacer analítico ha podido construir, qué ha aprendido de ello y qué consecuencias tiene en su práctica. Destacando, por ejemplo, cómo ha lidiado con la tentación de otra modalidad de identificación, la que ofrecen el lugar y la función del analista – cuando, como sabemos, el analista no existe. Daremos pues la palabra, en estas jornadas, de un modo privilegiado, a quien, conociendo su singularidad, se sirve de ella; y se sirve también de una formación, la de la Escuela, que es colectiva, aunque de un tipo especial: un conjunto de singularidades que no se suman y que invita a cada cual a hablar en primera persona.
La NEL, en Bogotá, ciudad de contraste e intensidad, los espera, para trabajar conjuntamente acerca del laberinto de las identificaciones, de sus efectos en el sujeto contemporáneo y de las salidas posibles.
Comisión Científica de las Jornadas de la NEL
Lizbeth Ahumada, Enric Berenguer, Mercedes Iglesias, Piedad O. de Spurrier






