13 de mayo de 2015

Lo que el psicoanálisis sabe de las mujeres como ‘género’*, por Marie-Hélène Brousse



Desde que tengo memoria, supe y experimenté una desigualdad de oportunidades ofertadas a los muchachos y a las muchachas en lo que concierne a posibilidades sociales. El discurso sostenido en mi familia a ese respecto era más bien progresista, pero algunos enunciados a veces venían a recordar los prejuicios de la tradición y la religión, empezando por los de mi abuela, que repetía que «una muchacha no vale mucho». Así pues, siempre fui feminista, eso iba de suyo. Pero haber hecho esa elección decidida de modo precoz –elección a menudo sometida a burlas y críticas– no me otorga una legitimidad particular para tomar la palabra hoy ante ustedes, que comparten estos valores y elecciones, cada uno y cada una de una manera que le es propia.

Si hoy tomo la palabra, es en nombre de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, gracias a la confianza de su presidente, Miquel Bassols, y para transmitir algunas luces que el psicoanálisis puede echar sobre las discriminaciones que sufren las mujeres y de ese modo contribuir a hacer progresar los saberes y las costumbres en este campo.

Es, entonces, en tanto que ejerzo la práctica del psicoanálisis desde hace muchos años, que considero tener algo preciso que aportar. El psicoanálisis, disciplina orientada por los saberes científicos, es ante todo una experiencia subjetiva, conducida de modo ordenado. Propone un lugar, un dispositivo en el que cada sujeto puede venir a hablar de su sufrimiento y de los conflictos que lo dividen. La contribución del psicoanálisis a la causa de las mujeres consiste, entonces, en darles la palabra, en escucharlas testimoniar, una por una, en su diversidad, acerca de sus dificultades con lo que piensan que es lo femenino. En ningún caso pretende formular enunciados de tipo normativo sobre los deseos que las animan o los conflictos que las dividen, pero puede modelizar los funcionamientos psíquicos necesarios para encontrar soluciones susceptibles de satisfacer a los sujetos. Hoy hablaré de una de ellas: la identificación.

Desde su nacimiento, con Freud, a principios del siglo XX, el psicoanálisis ha evolucionado mucho, puesto que siempre está en contacto directo con la época en la que tiene lugar. Jacques Lacan ha formalizado sus bases. La más fundamental es el lazo orgánico entre el inconsciente freudiano y el lenguaje: el inconsciente está estructurado como un lenguaje. A ese respecto, dirigiéndose en 1970 a los participantes de un coloquio sobre el estructuralismo celebrado en la universidad Johns Hopkins en Baltimore, pudo decir: «aquí no se trata de ningún lenguaje especial, tal como el lenguaje matemático, semiótico o cinematográfico. Hay solo un tipo de lenguaje: el inglés o francés, por ejemplo, el lenguaje que la gente habla… El inconsciente piensa con palabras, con pensamientos que escapan a la vigilancia».(1)

El inconsciente sexual no es el instinto, se dice en la lengua común que hablamos. Los pensamientos de los cuales está hecho adoptan las evoluciones del discurso en el que vivimos en lo cotidiano. Los procesos de identificación, que permiten a cada sujeto representarse sexuado, son procesos de lenguaje. Nos definimos por categorías de lenguaje y de pensamiento que son la realidad en la que creemos. Las lenguas habladas están ordenadas por un binario fundamental: hombre/mujer. Por consiguiente, la experiencia de un análisis constituye un observatorio notable de lo que hoy quiere decir para cada uno «ser un hombre» o «ser una mujer», a menudo enunciado en términos diferentes a los que estaban en uso en tiempos de Freud. Sin embargo, el mecanismo subjetivo que está en juego es el mismo. Es por eso que el psicoanálisis trata la cuestión del género por la vía de las identificaciones.

El género, en la experiencia de un análisis, está vehiculizado por identificaciones sexuales concernientes a dos registros. El género concierne al registro simbólico. El primero es una identificación a palabras, decimos más habitualmente a significantes, que son también prescripciones de roles y de lugares. Para un sujeto humano, los hombres y las mujeres son seres de discurso y solamente eso. El discurso es lo que constituye el lazo social que es el lazo sexuado. Constituye un verdadero manual, en una sociedad dada, en una época dada, de los modos de satisfacción permitidos o prohibidos. Está hecho de sedimentos arqueológicos de los enunciados de una lengua, que se elaboran a lo largo del tiempo a partir de estos estratos. Estas categorías segregativas hombres/mujeres no son menos vinculantes, puesto que se imponen al sujeto como marcos a priori de su realidad sexuada. La única posibilidad de separación respecto a la lógica de un discurso se obtiene por la aparición de nuevas coordenadas vía la emergencia de otro discurso, en principio minoritario. Es entonces el orden simbólico el que define un «ser una mujer» y un «ser un hombre», categorías de discurso que prescriben lugares, roles sociales, así como modos de gozar diferenciados. 

Estas categorías estaban hasta hace poco determinadas por el sistema simbólico de base: la estructura familiar. Lacan se interesó mucho en la familia y la obra de Claude Levi-Strauss, Las estructuras elementales del parentesco, fue para él una referencia. Por otra parte, este sistema se basa en la dualidad hombre/mujer. Las llamadas mujeres son definidas en el seno del sistema familiar por un cierto número de funciones que se imponen a los sujetos: hija, hermana, esposa o concubina, y sobre todo madre. El inconsciente define la feminidad a partir de estos lugares, verdaderas carreteras de identificaciones. Una vez planteados, contribuyen a definir otros lugares y funciones, esta vez fuera del sistema de parentesco: solterona, puta, bruja, loca, etc. Una joven en análisis recientemente decía: «Tenemos el derecho a pasar por el espacio público, pero no a investirlo». Recientemente, la AMP ha tenido que defender a tres colegas psicoanalistas que habían sido, una encarcelada, la otra amenazada y la última internada, porque llevaban su práctica profesional justamente al espacio público.

Tomemos dos ejemplos del tipo de enunciados por los cuales funciona el sistema de identificación sexuada. Ejemplo histórico: las obras de los médicos higienistas del siglo XIX –que constituyeron los archivos de un trabajo que realicé sobre las nodrizas del siglo XIX– afirmaban todos lo mismo: «Las mujeres nacen para ser madres», frase que transforma la maternidad en destino natural. Sin embargo, justamente constataban que tal no era el caso en la realidad: condenaban esos casos y querían modificar esa realidad. Ejemplo reciente: el 24 de noviembre de 2014, el primer ministro turco Erdogan afirmaba que las mujeres no podían ser consideradas como iguales a los hombres y que «su rol en la sociedad es tener hijos». En ambos casos podemos constatar que se trata de significantes amo, del modo imperativo y de juicios en modalidad universal («todas las mujeres son… »). Frente a estas identificaciones impuestas que corresponden a procesos segregativos, la experiencia analítica, permitiendo el despliegue de otro discurso, hace volar en pedazos esta universalidad. Se produce entonces la caída o el mantenimiento, esta vez elegido, de una identificación.

Desde hace algunas décadas, sobre todo en las sociedades occidentales, los sistemas de parentesco conocen una mutación a gran escala impulsada por la economía, la ciencia y las costumbres, mientras que su estructura poco había cambiado desde el neolítico. De ello resulta una fragilización de las identificaciones tradicionales. En particular, parece posible que padre no coincida necesariamente con hombre y madre con mujer.

Las recientes manifestaciones que tuvieron lugar en Francia contra el matrimonio para todos, es decir, contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, son el signo de la violencia de los conflictos que hoy afectan a los sujetos en el establecimiento de sus identificaciones. Los analistas pueden escuchar sobre el diván las divisiones internas que se derivan de identificaciones contradictorias y de elecciones nuevas que tiene que efectuar cada sujeto. El género y el registro imaginario Pero existen también identificaciones a imágenes cuya matriz es la imagen especular. Participan del discurso, pero corresponden a la dimensión de lo imaginario, tal como Lacan la define a partir de la relación específica que mantiene el pequeño ser humano con su imagen en el espejo. A nivel de lo imaginario, se puede afirmar que hay machos y hembras, como en la mayor parte del reino animal. Estas categorías remiten a la imagen del cuerpo, puesto que es en función de la percepción de la imagen que se puede generalmente diferenciar el sexo en la mayoría de las especies: colores, formas, tamaños, etc.

En la especie humana, estas diferencias de imágenes vinculadas a la reproducción sexual son redobladas o corregidas por las marcas sociales y por lo tanto simbólicas. La potencia de la huella producida por la percepción inmediata de las imágenes, tanto la del cuerpo global como la de sus componentes, viene a paliar la ausencia de consistencia material del want to be simbólico. Empuja entonces a pasar del macho al hombre y de la hembra a la mujer. La referencia a una «naturalidad» de género, esencial particularmente en la tradición religiosa, se debe a este recubrimiento del significante y de los lugares simbólicos, por medio de la imagen y de su supuesta naturalidad. Sin embargo, en análisis, las mujeres testimonian turbaciones con su cuerpo, dificultades para asumirlo, para aceptarlo. Eso resulta especialmente difícil debido a que los modelos, difundidos masivamente por parte de una civilización que produce cada vez más imágenes, se imponen de modo planetario. También testimonian la necesidad para cada una de definir su cuerpo, en función de su historia singular, según sus propias normas imaginarias.

Algunas experiencias, los primeros períodos por ejemplo, muestran que, para una mujer o una niña, su propia feminidad corporal es frecuentemente un enigma. ¿Las gametas tienen un género? Por último, el paisaje se complica con los avances de la biología que muestran que la reproducción no está ni hecha de identificaciones simbólicas ni hecha de identificaciones imaginarias, sino que se basa en última instancia en lo real sobre la diferencia entre espermatozoide y ovocito. Eso permite cortocircuitar el ser mujer/ser hombre, así como la imagen masculina o femenina, es decir, todas las referencias por medio de identificaciones. Finalmente, a nivel de lo real, lo masculino y lo femenino se reducen a células y se emancipan de las referencias exclusivas que constituían anteriormente la imagen global del cuerpo y el discurso del amo.

Estos tres niveles, hoy más precisamente diferenciados, exigen por parte de los sujetos decisiones más individuales y más solitarias que en el pasado. Requieren también un anudamiento y ofrecen finalmente a las mujeres, y también a los hombres, posibilidades más numerosas en términos de diversidad de elección de vida y de modos de goce. La superioridad ancestral atribuida a lo masculino en términos de valores, o incluso la complementariedad supuesta entre hombre y mujer, hoy ya no obtienen unanimidad. Perdieron el alcance de verdad que la creencia les daba. Freud ya había constatado que no eran sino un mito que no resistía a la realidad del análisis de los lazos entre hombres y mujeres. La misma constatación llevará a Lacan a formular una proposición que, en su tiempo, produjo escándalo: afirmó y demostró que no hay relación sexual… que pueda escribirse entre hombres y mujeres –«relación» debe entenderse en el sentido de una ley natural. Lo cual implica que, entre sujetos que hablan, no hay lazos sino por medio del discurso. Esos lazos están entonces en constante evolución. Ninguno puede pretender ser una ley eterna y valer universalmente. Este movimiento de diversificación no se efectúa sin caos ni violencia.

Jacques-Alain Miller, en una intervención en el VIII Congreso de la AMP, desarrollaba en qué los sujetos contemporáneos están «desbrujulados». Estos cambios de paradigmas del discurso se acompañan en efecto de deseos nuevos y síntomas inéditos. Es en este nivel individual en donde interviene el discurso analítico. Ofrece un espacio de palabra que puede hacer caer las identificaciones obsoletas ligadas a enunciados y a imperativos congelados. Por lo tanto, vuelve posible elecciones decididas en función del real al que cada uno, cada una, se confronta.

Para concluir, daré la palabra, en forma de agudeza, a una analizante en fin de análisis: «quiero volverme la mujer de mi vida». La experiencia analítica, en lo que concierne al género, está organizada por el siguiente principio, que por otra parte vale para los supuestos hombres y supuestas mujeres: cada uno debe construir su propia definición del género.

En 1974, Lacan podía decir: «El ser sexuado no se autoriza sino de sí mismo… y de algunos otros, es en ese sentido que hay elección».(2)

Traducción: Lorena Buchner.

*Exposición presentada en el evento llamado “paralelo” organizado por la Asociación Mundial de Psicoanálisis  (AMP) el 19 de marzo de 2015 en Nueva York, en ocasión de su participación en  la 59° sesión de  la Comisión de la Condición de  las Mujeres (CSW) de la ONU-Mujeres. Texto publicado en francés en Lacan Quotidien N° 494, disponible en:

Notas:
1-. Lacan, J., «Of the structure as the inmixing of an Otherness», exposición realizada durante el coloquio que tuvo lugar en Baltimore, Languages of Criticism and the Sciences of Man,  the Structuralist Controversy, ed. R. Macksey and E. Donato, Johns Hopkins Presse, 1970.

2-. Lacan, J., El Seminario, libro XXI, «Los no incautos yerran», clase del 9 de abril de 1974, inédito.

*From: http://www.psicoanalisisinedito.com/2015/05/marie-helene-brousse-lo-que-el.html?spref=tw