28 de mayo de 2015

Víctimas de la precariedad, por Rosa Godínez



En el contexto social actual, derivado del nuevo orden simbólico, y con la presión del discurso del mercado de consumo, la gente corriente se busca la vida como puede. La otra gente también, salvo que tiene más y mejores oportunidades para buscarse la vida como quiere. Sin entrar en consideraciones sociológicas, me interesa subrayar el orden de la elección que, desde el psicoanálisis, es una condición esencial para que un sujeto que se nombra como víctima se sienta concernido a asumir la responsabilidad de responder, ante los hechos y ante sus dichos.

Como señala J. R. Ubieto, en nuestra clínica se trataría de apuntar a lo singular de la víctima más que a aquello que lo colectiviza1. Durante algunos años he atendido a niños, jóvenes y sus familias en uno de los territorios del mapa urbano de Barcelona más castigados por la precariedad económica y social que se ha recrudecido a medida que la crisis ha hecho mella en el interior de los hogares, de las escuelas e institutos, de los centros de atención primaria sociales y ambulatorios, en las comisarías, en sus plazas y calles…

Sus gentes, y los casos, me han enseñado muchas cosas, entre otras que existe el hecho de ser "víctimas de…" por ejemplo, del funcionamiento del sistema, pero también que los sujetos, uno a uno, pueden y quieren contestar, pedir, defenderse, quejarse, gritar contra ese sistema. En definitiva, muchos no se esconden de responder, aunque hace falta verificar desde dónde y hacia dónde para que sus respuestas singulares sean debidamente acogidas, desde cada lugar y función.

Algunos de las muchas personas africanas que allí viven, entre otras culturas supervivientes, han pasado por la institución de salud mental, desde donde les atendí, para ser escuchados. Una madre de Nigeria me decía que aunque allí no se le daba nada, en cuanto a objetos materiales, se encontraba mejor. Ser escuchada y obtener una respuesta que apunta a la ética de la responsabilidad provocaba la dignificación de la cosa. Se hacía sentir esa dignidad que tanto cuesta obtener cuando el medio se empobrece, se deteriora y hasta las relaciones humanas entran en el centrifugado de la precariedad.

El hijo, un niño de 9 años llegó con cinco, triste, huidizo y asustadizo. Apenas yo entendía su lalengua, mezcla de inglés, castellano y catalán, aderezada con sus dificultades de lenguaje, le tendí la mano para enseñarle el camino hacia la consulta, y él me dio su manita de piel áspera y rasposa. La apuesta fue la de escuchar lo que él me quería decir, aunque fuese ininteligible. Con el tiempo, inventó un juego significante, esto es, cuando le  saludaba y le preguntaba: "Gabriel, ¿cómo estás?", el niño me decía: "Fatal" y al ver mi cara seria y mi siguiente pregunta: "Y cuéntame, ¿qué te ocurre?" Él gozoso, con una gran sonrisa respondía: "¡Es broma, te lo has creído!". Entre broma y broma, me fue contando que los padres, que lo pasan mal por la escasez de recursos económicos y con la guillotina al cuello bajo la amenaza del desahucio, le pegan porque él se porta mal.  Añadía: "…pero no se lo cuentes porque entonces se enfadarán y me castigarán más". 

Un día advertí que estábamos conversando y que me contaba que había escrito y había leído en el cole, y exclamé "Gabriel, hablas y te expresas muy bien, y además has aprendido a leer y escribir". Estoy muy contenta. Esto nos sirvió también para que la madre y el padre entendieran que el hijo sufre de la situación en la que viven, pero no tanto por la escasez de medios y de objetos, sino por la respuesta de los padres atrapados en su condición de "víctimas de la pobreza". El hijo también tiene sus propias dificultades, por las que lo pasa "fatal". Se entiende que ellos estén angustiados y crispados ante los problemas reales de falta de trabajo y de oportunidades, pero el hijo no tiene por qué cargar con sus decepciones e irritaciones. Hacia el final del proceso terapéutico, la madre me expresó su alegría de ver al hijo sano y guapo y que esté aprendiendo mucho en el cole. El padre me confesó que él de niño no tuvo tanta fortuna, pues sus padres le pegaban fuerte con el palo, según refiere es una costumbre educativa en su cultura, y además soñó con ser un buen deportista y se inició en el fútbol y atletismo. "¿Y por qué lo dejó?": "Porque no tuve a nadie que me diera apoyo y me animara"-dijo él. Hoy, su hijo, me cuenta su pasión por el fútbol. Nos despedimos cuando el niño, ya encarrilado en un deseo singular, me dice que si de mayor consigue ser futbolista, le veré por la TV y me pregunta si estaré contenta: "Estaré, como lo estoy ahora, contenta y orgullosa de ti".

El deseo que no hay, o se muestra accidentado, marca una modalidad de satisfacción en cada sujeto, el goce, que produce una experiencia singular de su "ser víctima", significante, por otra parte, central de esta sociedad evaluadora y sancionadora. E. Laurent, indica que para Lacan "el niño es el objeto a, liberado, producido"2. Cuando se trata de niños o jóvenes dependientes de sus familias, en situaciones de precariedad real, y más allá, nos debemos de preguntar qué es lo que pone freno al goce si el padre como instrumento, padre residuo, no permite mantener juntos lo simbólico, lo real y lo imaginario. En ocasiones, el lugar que un psicoanalista puede ofrecer puede paliar el impacto de la crudeza de la emergencia de lo real, cuando lo simbólico y lo imaginario no alcanzan a dar un marco de sostén. Como señala J.-D. Matet, "las soluciones elaboradas por quienes sufrieron un perjuicio grave son variables, en la medida de las soluciones singulares que cada cual puede elaborar para hacer frente a los efectos de la repetición que constituyeron su historia"3.

Notas:
1- J.R.Ubieto, "Lo singular de la víctima".

2- E. Laurent, El goce sin rostro, Tres Haches, 2010, Argentina, pp.151-153.

3- Jean-Daniel Matet, "¡Víctima!", ¿Cómo escapar?