17 de mayo de 2015

Momentos de crisis, por Gil Caroz

Una hipótesis: el florilegio de grupos psicoanalíticos que constituye la NLS guarda un saber sobre “la crisis” que sería interesante poner en evidencia. 

Considerando la crisis como uno de los significantes-amo de nuestro tiempo, y como tal, un modo de nombrar un real, la panoplia de los países que cubre nuestra Escuela puede enseñarnos sobre una serie de modos de relación con lo real. Entre Israel, país sin cesar en crisis, y Suiza, que parece evitar todas las crisis, Grecia e Irlanda devinieron los signos de la crisis económica en Europa, Gran Bretaña y Canadá son los precursores de la crisis del cientificismo y la tecnología, Bélgica es el lugar de una crisis lingüística, Ucrania está escandida por las crisis de un Estado con dificultades para imponerse como tal, y no sigo…

El significante “crisis” reenvía etimológicamente al momento crítico en que las cosas dan un vuelco así como a un juicio alrededor de una decisión a tomar. Este significante ha sido adoptado por la medicina desde el tiempo de Hipócrates para designar una fase de la enfermedad donde los síntomas se manifiestan de modo violento. Más tarde, el término “crisis” encontró con naturalidad su sitio en psiquiatría, y se infiltró con facilidad en las dimensiones del Otro que llamamos lo político, lo social, la economía, la historia y la moral. Hoy este significante forma parte de la lengua común. 

La crisis y el tiempo 

La crisis tiene una relación con el tiempo. Hanna Arendt habla de la crisis como el lugar de reunión conflictivo entra el pasado y el futuro (1). Este punto no es el presente. Hay que comprenderlo más bien como una brecha en el tiempo que surge cuando la tradición que enmarcaba hasta entonces lo real se desvanece, y cuando las nuevas coordenadas simbólicas del futuro todavía no son conocidas. El sujeto debe entonces jugar su partida frente a lo real que se precipita en este vacío creado en el intervalo entre dos sistemas simbólicos.

Pero la crisis no es un concepto psicoanalítico. Debemos pues delimitar el uso que hacemos de él, preservando la libertad de servirnos de todas las maneras en las que este significante aparece en la cultura. Encontraremos nuestro primer punto de apoyo en una definición que Jacques-Alain Miller dio en una entrevista concedida en 2008 a la revista Marianne sobre la crisis económica. “Hay crisis en el sentido psicoanalítico cuando el discurso, las palabras, las cifras, los ritos, la rutina, todo el aparato simbólico, se revelan de repente impotentes para atemperar un real que de hecho no está más que en su cabeza. Una crisis es lo real desencadenado e imposible de dominar. El equivalente, en la civilización, de estos huracanes con los cuales la naturaleza viene periódicamente a recordar a la especie humana su precariedad, su debilidad fundamental” (2). Con el mismo espíritu, en su Introducción a la erótica del tiempo, Jacques-Alain Miller cita la propuesta de Deleuze según la cual “el tiempo pone la verdad en crisis” (3). Es decir, la verdad no es eterna, se evapora con el tiempo. En esto se distingue de lo real sin ley, que no obedece a nada, ni incluso al tiempo. Que el tiempo ponga en crisis la verdad quiere decir que ésta se pone a vacilar en un momento dado cuando es alcanzada por un real que no puede tratar ni dominar. La crisis aparece entonces como un momento de ruptura en la línea del tiempo, un acontecimiento que extrae al sujeto de su rutina y le ordena elaborar una nueva relación con lo real. Es esta relación de la crisis con el tiempo la que nos hace hablar de “momentos de crisis”. 

La hipercrisis 

La crisis que se presenta así como corte en la línea del tiempo, pertenece al tiempo del Edipo. Después del Edipo este modelo simple y dialéctico entre rutina y acontecimiento que hace crisis no nos es suficiente ya para leer el fenómeno. Así es como los sociólogos abandonaron la nominación “posmodernismo” en provecho de la hipermodernidad (4). En efecto, el posmodernismo se limita a describir las primeras desilusiones relativas al progreso y al humanismo de las Luces, que siguieron a la segunda guerra mundial. Pero para describir la modificación cualitativa del hombre en el curso de las tres últimas décadas, había que añadir el prefijo “hiper” a la palabra “modernidad”. Éste transmite mejor la noción de exceso, de exacerbación y de carrera de persecución sin medida que caracteriza la era de la subida al cenit del objeto a como efecto del discurso capitalista.

¿Qué quiere decir esto? La precipitación de los acontecimientos no se limita a una aceleración simple sobre una línea del tiempo. Las tecnologías punta producen un tipo de contracción del tiempo y del espacio. Con medios simples como Skype, o Facebook las distancias son abolidas y la duración queda reducida a la inmediatez. Apenas aparece un acontecimiento, el próximo asoma ya su nariz. El pattern rutina-crisis-rutina ha sido reemplazado por la serie crisis-crisis-crisis que tiende al infinito. El pasaje entre el instante de la mirada y el momento de concluir es a menudo inmediato, cortocircuitando el tiempo para comprender.

En estas condiciones el mundo no sigue más la tesis de Hanna Arendt. No se trata más de un conflicto entre el pasado y el futuro cuyas presiones sufre el sujeto. La línea del tiempo se hace atrapar sin cesar por un real en una sucesión de momentos de crisis sin treguas. Apenas instalado un sistema simbólico, vacila para ceder sitio a otro. La primavera árabe ya nos parece una vieja historia. Sin embargo, tiene sólo poco más de tres años. Este alzamiento se propagó con la rapidez de un incendio en una serie de países, con el apoyo de las redes sociales. En poco tiempo, vimos caer de su trono a tiranos y ser sentados en el banquillo de los acusados, condenados con o sin proceso, y todo ello transmitido por los medios en tiempo real en todo el mundo. Desde entonces, todavía no hemos visto instalarse un nuevo orden en estos países. Las crisis se suceden. 

La crisis de la técnica 

En el campo que nos concierne de la llamada “salud mental”, comprobamos que las respuestas dadas al surgimiento de las crisis en la cultura enloquecen. En un artículo bajo el título “La crisis post-DSM y el psicoanálisis” (5), Éric Laurent retoma el concepto foucaltiano de biopolítica para describir el movimiento que abole la clínica en provecho de la gestión médica de las poblaciones. Este movimiento “viene para reemplazar el derecho de los Estados a hacer morir que antaño permitía la gestión de las identificaciones”. En 2011, el consejero regional dela OMS para la salud mental nos lo confirmó en un mensaje dirigido a los participantes del primer congreso europeo de psicoanálisis PIPOL 5 (6).

Hoy añoramos el tiempo en que este sueño de la vigilancia social por la administración tomaba su apoyo en un saber médico. En el siglo XX, la técnica vino a tomar el lugar del saber. Martillo sin amo, está regido por un goce. La técnica no apunta a nada más que a desplegarse como técnica. No es una práctica al servicio del amo y de su ideal, sino un goce cuyo amo se hace su instrumento, lo sepa o no. Jean-Claude Milner fuerza las cosas. Según él, las cámaras de gas no fueron el medio de ejecutar la ideología nazi. Más bien, la ideología nazi fue para la técnica la ocasión de desplegarse vía las cámaras de gas (7).

Teniendo en cuenta todas las diferencias y sin tener la ferocidad de aquellas, el DSM es también una manifestación de la técnica. Desde que su 3a edición se desembarazó de toda referencia al psicoanálisis, se considera ateórico. Eso es tanto como decir que se anuncia con orgullo como martillo sin cabeza. Su clasificación se funda en una medida estadística del objeto más bien que en el saber. Nos hace creer que es el objeto mismo quien habla. Pero, justamente, el objeto no habla (8).

Los trastornos anotados en el DSM, extraídos de esta práctica de la cifra, no embragan sobre lo real. Son signos alrededor de los cuales se organizan masas de cuerpos humanos. Permiten la uniformización de diagnósticos clínicos a través del mundo, lo que abre a nuevos mercados de psicotropos. Por otro lado, esta disyunción entre por una parte las categorías nosográficas y, por otra, la clínica, facilita la expansión del número de trastornos añadidos a cada nueva versión de DSM y la extensión de los límites de cada trastorno. Así, con el fin de aplicarse a todos, la técnica se embala, enloquece, clasifica y medica de modo maníaco, sin anclaje en lo real. La APA, la Asociación Americana de Psiquiatría que publica el DSM, no es para la técnica más que el instrumento de su aceleración. 

Clínica de la crisis 

El malestar en la cultura nos lo muestra, dijimos, las crisis se suceden. ¿Cuáles son los ecos en el sujeto de estas crisis sin tregua como fenómenos de civilización?

El ciudadano occidental es expuesto sin cesar a informaciones catastróficas que provienen de todos los rincones del planeta, así como es provocado por objetos hiperseductores excitando sus pulsiones perversas polimorfas. Las sirenas de la pornografía son las primeras de la clase en la materia. Angustias y exceso de consumo se entremezclan. La película Shame de Steve McQueen describió bien esta galopada desenfrenada del goce, debida a los desfallecimientos de lo simbólico y a la reducción del hombre a la miseria de su cuerpo.

Este jogging permanente del sujeto, de crisis en crisis, de contingencia en contingencia, lo pone en la posición de un ratón en un laberinto, más bien objeto sumergido en lo real que sujeto, en una carrera loca entre choque eléctrico y recompensa. Allí dónde antaño el discurso del amo ordenaba “camina o revienta”, el discurso capitalista es más exigente e impone un “corre o revienta”. El reverso de este movimiento de aceleración infinita es la fragilización del lazo social y el desechamiento de todos los que se esfuerzan en seguir este ritmo infernal. Así, más allá de las estructuras psíquicas, esta duplicidad del sujeto que corre y del que revienta hace eco al binario clínico de la manía y la melancolía. La manía en tanto huida hacia adelante que se paga con la aceleración del significante no lastrada por el objeto. La melancolía, en los sujetos que, no pudiendo seguir más esta carrera, abandonan todo y se ponen a encarnar el objeto caído el Otro.

Se impone una investigación a nivel de las estructuras clínicas. Me limitaré aquí a algunas sugerencias. 

Para la psicosis sería sin duda interesante interrogar la cuestión de la crisis a partir del trío desencadenamiento, descompensación, desconexión. Los tres son modos de crisis, si se considera que implican una vacilación de lo simbólico, un surgimiento de un real, y luego una restauración de una nueva forma de simbólico. Pero hay sin duda que distinguir entre un desencadenamiento en respuesta al encuentro con Un padre, un desencadenamiento en respuesta a una disolución del registro imaginario, una descompensación como retorno de un desencadenamiento que ha tenido lugar, y la desconexión que está del lado del abandono del sujeto por el Otro.

En la neurosis, lo simbólico no está nunca completamente devastado. El desgarramiento del velo del fantasma es un momento de crisis que puede conducir el sujeto al análisis. El sujeto no saca más placer de su goce y está expuesto a la angustia debida a la irrupción del deseo del Otro. Pero, luego, el análisis mismo toma el relevo y hace crisis para el neurótico. En todas las encrucijadas, la interpretación, particularmente la que perturba o desmonta la defensa, es susceptible de causar una crisis acompañada de angustia. La luna de miel del principio de un análisis es rápidamente sustituida por una rectificación subjetiva por parte del analista. La caída de la posición fálica y de los ideales es seguida por una exacerbación de los síntomas. La destitución subjetiva verdaderamente no es una fiesta, en todo caso no en los primeros tiempos. La caída del sujeto supuesto saber, y el atravesamiento del fantasma, pueden ser también vividas como una crisis.

Detengámonos particularmente sobre lo que hace crisis en la perversión. Tuvimos la oportunidad de vivir una minicrisis descubriendo la imagen del travesti austríaco Tom Neuwirth, apodado Conchita Wurst que se llevó el primer premio de Eurovisión 2014. Han pasado dieciséis años desde que lo ganó el transexual israelí Dana International pero parece que un mundo separa a estos dos ganadores. Mientras que la imagen de Dana International se inserta fácilmente en la categoría de las mujeres, nuestro imaginario todavía no dispone del compartimiento que permite insertar una imagen de mujer con barba como la de Conchita. Lo real de estos goces singulares que reivindican una identificación y un reconocimiento nos alcanza sin cesar para ponernos en crisis. 

Conchita no esconde el placer que él o ella saca de esta vacilación producida en el Otro. Su espectáculo, las palabras de su canción, su comentario provocador y desafiante una vez ganado el primer premio, son una afirmación de su modo de goce y una contestación de las normas conformistas. En Austria, las opiniones divergen entra una parte a las personas, particularmente de la extrema derecha, que se ofenden de que tal imagen haya podido representar a su país, y por otra parte, jóvenes impregnados de sentimiento de la vida que se tricotan barbas artificiales en señal de apoyo y de identificación con Conchita. Algunos políticos rusos no desaprovecharon la ocasión para denunciar la decadencia europea. Sin duda una pica lanzada hacia los ucranianos fieles a Kiev: Ustedes quieren ser europeos, bien, vean lo que es Europa en la figura (cara) de Conchita Wurst. Lo comprobamos, si en la psicosis y en la neurosis la crisis se sitúa del lado del sujeto, en la perversión es el Otro lo que se pone en crisis.

El psicoanalista no juzga estas cuestiones. Conchita será bienvenida a su consulta. Pero fuera de la consulta, el conflicto entre, por una parte las fuerzas de represión que desean que nada se mueva y, por otra parte, las reivindicaciones de nuevas identificaciones alrededor de nuevos modos de goce, van a crecer sin duda. Esto se impone. Nos acostumbramos bastante rápidamente a Dana International. Hoy forma parte de nuestro mapa imaginario. Conchita también lo hará. Porque, si como dice Jacques-Alain Miller una parte del mundo se feminiza, ésta se volverá cada vez más tolerante hacia este género de soluciones que, primeramente se presentan como sinthomaticas para algunos sujetos, y luego se vuelven una moda extendida.

Así la perversión pone en crisis nuestra rutina conformista y hace avanzar al mundo en la vía del deseo hacia nuevas hazañas, aunque necesariamente no consideramos las performances de Conchita como una sublimación exitosa en un nivel cultural. Este conflicto entre el conformismo cultural y la perversión es subrayado por Lacan al final de su Seminario VI, cuando anuda la perversión a la sublimación: “Podemos plantear que lo que se produce como perversión refleja, al nivel del sujeto lógico, la protesta contra lo que el sujeto sufre al nivel de la identificación. (…) Por una parte, el conformismo (…) y, por otra parte, la perversión, para que represente al nivel del sujeto lógico la protesta que se eleva en la dimensión del deseo” (9).

Así, se produce un vuelco. Allí dónde nuestra lectura de la crisis se entendía como una profecía terrible que saca su estilo del antiguo testamento, con la perversión encontramos la crisis en su dimensión amistosa respecto al psicoanálisis. Si en ocasiones, la crisis es fuente de lágrimas y de dolor, es también un pasaje obligado hacia la invención y lo nuevo. Es una traducción posible de lo que dice Jacques-Alain Miller en la entrevista a la revista Marianne mencionada más arriba. “El psicoanalista es amigo de la crisis”. 

La urgencia y el acto 

La amistad entre el psicoanalista y la crisis no es una simpatía simple hacia los efectos de crisis obtenidos por el contestatario que quebranta el conformismo de las normas. Por otra parte, Lacan en su Analiticon, al final del Seminario XVII, recomienda desconfiar del goce del contestatario que compara el del soltero. “Tengan cuidado, dice, de que el contestatario no se haga chocolate él mismo” (10). La proximidad entre el psicoanálisis y la crisis tiene fundamentos sólidos que pasan por la dimensión de la urgencia y la del acto, dos condiciones para que una creación sea posible, para que haya modificación de posición en el sujeto, para que después no sea más como antes.

El hecho de que habíamos partido de las crisis en el mundo político no debe engañarnos. La crisis amiga del psicoanálisis así como la urgencia del acto al cual ella apela no son a leer con el discurso del amo. El psicoanalista no es ambulanciero, ni bombero. Ciertamente, debe reconocer las situaciones que sobrepasan los poderes de la palabra con el fin de dirigir al sujeto, cuando le hace falta, hacia otros discursos, particularmente la medicina: crisis de pánico que no se templan, peligro suicida de un sujeto que tiene la certeza inquebrantable del valor de desecho de su ser, boufée delirante con tendencia al pasaje al acto sin ningún enganche al Otro, invasión alucinatoria…

Entonces, si estos acontecimientos de la cura llaman a una acción por parte del psicoanalista, las coordenadas de la urgencia a la cual responde con su acto son otras. Hay que distinguir la acción, que es del registro de lo posible, del acto que se produce sobre un fondo de imposible (11).

Lacan calificó las urgencias en psicoanálisis de subjetivas (12). Éstas se producen cuando el sujeto se topa con el trauma de la lengua en tanto ésta se rehúsa al sentido. La urgencia de la que se trata está del lado del sujeto, y es una urgencia de decir con el fin de superarse en su verdad (13). Esta fórmula no es únicamente propicia para describir la entrada a análisis. Corresponde también a cada momento de crisis que tiene lugar en una cura ya empezada. El sujeto supuesto saber empuja al analizante a desplegar los significantes que surgen de su inconsciente como verdades. Es lo que se llama el inconsciente transferencial. Pero éste se hace atrapar en los momentos encrucijada por el inconsciente real (14), un significante todo-solo “que no tiene ningún alcance de sentido o de interpretación” (15), que no se conjuga con ningún otro significante,y que resiste a la producción de la verdad”.

Estos momentos son seguidos de una manera o de otra de un vuelco en la cura. El acto es convocado aquí al lugar donde ningún S2 puede responder para cubrir el surgimiento de lo real con un sentido. En estos momentos, el analista debe jugar su partida con el fin de que el franqueamiento de los límites autísticos del significante todo-solo permanezca en el interior de la cura bajo la forma del bien-decir. A falta de ello, es el sujeto quien tomará el acto a su cargo sea por un acting out que quedará anudado a la palabra, un pasaje al acto que lo separará del Otro al precio de una salida de la escena, o aún un desencadenamiento psicótico. Estos momentos delicados se presentan a menudo como crisis transferenciales. Va de una agitación fuera de sesión que es contraproductiva para la cura, hasta la ruptura con el psicoanálisis simplemente, pasando por el surgimiento de una transferencia negativa más o menos intensa, una ruptura con el analista para continuar el análisis en otro lugar, etc. Pero cuando la cura prosigue, estos momentos pueden también ser los más fecundos, con el horizonte en el final de la cura, si el acto se concluye con el pasaje del analizante al analista.

Han comprendido. Para el congreso de la NLS de 2015, propuse a nuestro nuevo presidente Yves Vanderveken el título siguiente: “Momentos de crisis”. Traté de abrir algunas puertas que puedan eventualmente ponernos al trabajo sobre este tema. Espero haber conseguido interesarles. 

Notas
1. Hannah Arendt, “La crisis de la cultura”. En: Entre el pasado y el futuro. Barcelona: Península, 1996.
3. Jacques-Alain Miller, La erótica del tiempo, Buenos Aires, Tres Haches, 2001, p. 19.
4. Nicole Aubert, L’individu hypermoderne, Toulouse, Eres, 2010.
5. Eric Laurent, “La crise post-DSM et la psychanalyse”,
http://www.latigolacaniano.com/assets/2)-ltgzo-3-francés-la-crise-post.pdf
6. Matt Muijen, “Message du Conseil le régional de l’OMS pour la Santé mentale – Région Europe”, Mental, Revue internationale de Psychoanalyse, n° 27/28, septembre 2012.
7. Jean-Claude Milner, El judío del saber. Buenos Aires: Manantial.
8. Jean-Claude Milner. La política de las cosas. Málaga: Miguel Gómez Editores.
9. Jacques Lacan, Le Séminaire livre VI, Le désir et son interprétation, Editions de la Martinière, Le Champ freudien, 2013, pp. 569-570. 
10. Jacques Lacan, El Seminario, libro XVII: El reverso del psicoanálisis. Barcelona: Paidós, 1992, p. 213.
1I. Jacques-Alain Miller, “Introduccióna la erótica del tiempo”, op. cit.
12. Jacques Lacan, “Del sujeto por fin cuestionado”. En: Escritos 2. México: Siglo XXI Editores, 1986, p. 226.
13. Jacques Lacan, “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”. En: Escritos 1. México: Siglo XXI Editores, p. 231: “Nada creado que no aparezca en la urgencia, nada en la urgencia que no engendre su rebasamiento en la palabra”.
14. Jacques-Alain Miller, «L’inconscient réel », en Quarto, n° 88-89, décembre 2006.
15. Jacques Lacan, “Prefacio a la edición inglesa del Seminario XI”, en Otros escritos”. Buenos Aires, 2012, p.599.


Traducción: Margarita Álvarez