16 de noviembre de 2015

XIV Jornadas de la ELP. Crisis. ¿Qué dicen los psicoanalistas? Miquel Bassols, Gustavo Dessal y Rosa López

 Batalla final, 
por Miquel Bassols

Ha sido en París pero sabemos que podría haber sido en otra ciudad. Sabemos ya que algo parecido ocurrirá sin duda en algún otro lugar. Incluso a veces ignoramos que está ya ocurriendo en otro lugar. No son atentados tan difíciles de preparar y de realizar como los del 11S, pero están animados por una misma certeza, imposible de comprender desde ese Otro lugar en el que nos seguimos creyendo. Y es una certeza que se transmite como un reguero de pólvora de manera cada vez más explícita en la Red utilizada por el Estado Islámico: es la batalla final, son los signos claros del fin del mundo, el preludio de lo que otros llamaban Apocalipsis. Bin Laden no solía mencionar el Apocalipsis.

Por el contrario, los fundadores del Estado Islámico se han referido a este momento final desde el principio para situar el necesario e inevitable pasaje hacia el Otro lugar. Y en esta batalla final, la ciudad siria de Dabiq, cerca de Alepo, es el lugar en el que según la tradición se librará la batalla decisiva contra los “romanos”, los del Otro lugar que se creen a salvo de ella. Ante esta certeza, la vida vale exactamente lo que vale el pasaje al Otro lado. Y puede ser muy poco, sólo el pellizco que se siente en el cuerpo al apretar el botón del chaleco-bomba y hacerlo explotar en medio de la multitud. Sin miedo alguno. Podemos llamarlo religión, pero sería un error creer que es algo parecido y simétrico a “nuestra religión” —incluso la que no sabemos que profesamos— y que en todo esto se trata, finalmente, de una “guerra de religiones”, incluso si lo llamamos “modos de vida”. 

Más bien se trata de un “modo de morir” que nada tiene que ver con el que la mentalidad occidental ha alimentado durante siglos para dar un sentido a lo real de la muerte. En esto el yihadista gana de entrada, porque este pasaje al Otro lado es para él un privilegio y un placer.

Entender algo de este Otro modo de abordar lo real de la muerte es entonces cada vez más indispensable para no perder cada batalla que se quiera final.

Referencias:




Y Hemingway volvió a morir, por Gustavo Dessal

“París es una fiesta que nos sigue”, escribió una vez el americano. Esa frase dio título a un libro de memorias donde reflejaba los recuerdos de su estancia en París, y que fue publicado tras su muerte. Ese París de entreguerras que, tras los horrores de Verdun, recobraba su espíritu y volvía a ser refugio del pensamiento y la vanguardia. Ayer Hemingway volvió a morir, porque la fiesta se ha acabado para siempre. Por supuesto, París, como Nueva York, Madrid, Boston o Londres, se recuperará de sus heridas, honrará a sus muertos, y la vida seguirá su paso. ¿Acaso los franceses no recobraron el ritmo de la historia tras la ocupación nazi? Sin embargo, algo ha cambiado. Ayer, mientras leía y veía horrorizado lo que sucedía, con ese inquietante sentimiento que suscita la forma actual de la comunicación a distancia, que permite casi “ver en directo” el espectáculo de la muerte, no podía dejar de pensar que algo ha cambiado sin retorno.

Junto con Buenos Aires y Madrid, París forma parte de mi vida. Ciudades que han conocido la grandeza y el espanto, como tantas otras metrópolis. Pero París… Bien es verdad que ya había sido cruelmente golpeada por el terrorismo. Charlie Hebdo, el ataque al supermercado, los dos policías abatidos. El número de víctimas fue menor, no así el espanto. Sin embargo, queríamos creer -necesitábamos creer- que eso era excepcional, que París estaba envuelta en el manto sagrado de Las luces, y que hasta cierto punto aún no había sido completamente profanada. 

Ayer esa ilusión estalló en pedazos, y París ya no volverá jamás a ser “la fiesta que nos sigue”. Ella ha sido, también, atacada por la ferocidad de una guerra sin precedentes, la guerra que Hemingway no conoció, la guerra que no tiene ni frentes de batalla, ni enemigos definidos, ni soldados identificables. Ayer, con el asalto a París, ha quedado definitivamente demostrado que la topología del mal ya no responde a ninguno de los paradigmas conocidos. Es la guerra irrestricta. Reducirla a un combate de civilizaciones, a un enfrentamiento religioso, al choque entre Occidente y la barbarie, puede servir de consuelo a los que reclaman un sentido, y justificar acciones de dudosa eficacia. Lo único cierto es que ya no es preciso ir a lejanas regiones en conflicto para ver el rostro de la muerte. Se lo puede encontrar en una terraza de París, un viernes por la noche, a la hora que la fiesta comenzaba.

Los autores son presumiblemente franceses. El mal ya no viene de lugares exóticos, sino que está entre nosotros. Convive con nosotros. Habla nuestra lengua, usa nuestra ropa y emplea nuestra tecnología. El mal contemporáneo se parece demasiado a  L´Horla de Maupassant. Nos recuerda mucho más a “das Ding” que al Otro. Al Otro, podemos cercarlo. ¿Cómo vamos a acabar con la Cosa?

Lo que no cambia, es que aún sin fiesta seguiremos amando París.




París: tinieblas en el corazón,
por Rosa López
 
El Corazón de las Tinieblas no es una novela histórica, sino una poderosa metáfora que trasciende las épocas, revelando las limitaciones del lenguaje y la inteligencia humana para expresar la complejidad del mal. El odio nace de una oscura pulsión que Freud consideró un elemento esencial de nuestra vida psíquica: la pulsión de muerte. La lucha entre Eros y Thanatos determina cada vida en su singularidad, pero también el devenir de la humanidad a lo largo de la historia. Podríamos decir que las cosas no van del todo mal cuando la acción destructiva de Thanatos encuentra el límite que le impone Eros, pero hay momentos en que el equilibrio se pierde, el nudo entre ambas fuerzas se deshace, y entonces podemos prepararnos para lo peor. Cuando la pulsión de muerte se libera del freno que interpone Eros, el sujeto puede verse arrastrado a la destrucción en todas sus manifestaciones, desde el suicidio hasta la guerra. 

No es extraño que Francis Ford Coppola se inspirara en la obra de Conrad para recrear la crudeza de la guerra en Apocalypse Now (1979), mostrando que la violencia homicida obedece a determinadas concepciones de la política y la historia, pero en último término brota de un real que desborda la razón y sólo puede expresarse con una frase: “El horror, el horror”.