4 de febrero de 2018

Equívocos sobre la salud mental, por Gerardo Arenas


Nuestro mundo está hecho de vocablos, sentidos e historias que nos moldean desde antes de nacer. Idioma, nacionalidad, religión y otras nubes de palabras pautan gran parte de nuestra vida. Con los sonidos de la lengua tejemos lazos amorosos, laborales y sociales. Los humanos somos, ante todo y sobre todo, seres hablantes.

El bebé dice bap, y celebramos: ¡Dijo “papá”! Él aprenderá a hablar imitando nuestros sonidos e interpretándolos como lo hacemos, o sea, identificándose con nosotros y aceptando las reglas de nuestra lengua. El efecto de esa identificación y de esa aceptación se llama “sujeto”. Pero hablar produce además el efecto contrario: vuelve a ese niño único para nosotros, sin que podamos poner en palabras su singularidad. En resumen, habitamos el lenguaje tironeados entre unas identificaciones que nos hacen sujetos similares a los demás y una inefable singularidad que nos distingue de todos.

Carecer de singularidad nos aliena, y no ser sujetos de ninguna identificación nos aísla, de modo que soportar el tironeo sin ceder a una u otra fuerza es crucial para la salud mental. Y ésta requiere abordajes no científicos, pues la ciencia excluye tanto lo singular como el sujeto, ¡nada menos que los dos efectos del lenguaje que nos hacen humanos!

Demostrarlo es fácil. Para aceptar que fuerza y aceleración son proporcionales no hay que hacer un experimento, sino muchos (esa ley debe ser universal, no singular). Y para que otros científicos puedan repetir esa prueba, las palabras “fuerza”, “aceleración” y “proporcional” deben significar lo mismo para todos y en cualquier idioma (para ello se usan las matemáticas).

Pero aplicar este buen método a probar que en un psicoanálisis la interpretación chistosa reduce esa rara y molesta satisfacción que el síntoma causa sería ridículo, ya que tal reducción se obtiene de una vez en cada paciente y con una sola interpretación. No hay modo de repetir la prueba en idénticas condiciones (requisito de la ciencia) ni cabría esperar igual efecto (así como la gracia que provoca un chiste se pierde al repetirlo). Abordar científicamente a los seres hablantes es tan absurdo como psicoanalizar virus. ¿Por qué los trabajadores de la salud mental objetan el proyecto de cambiar la reglamentación de la ley nacional 26.657 mediante un decreto presidencial que sólo admite terapias “fundadas en evidencia científica” (sic)?

No por los cargos de reduccionismo biológico y de medicalización del malestar imputados (con justicia) al proyecto, sino porque éste ignora que la ciencia, al ser reflexiva e hipotética, no admite evidencias (o sea, intuiciones indudables), y que su método, según vimos, no se aplica a la salud mental. ¿No protestarían los científicos si un decreto redujera la ciencia a prácticas que aborden la singularidad y la subjetividad de electrones, bacterias y polinomios?

Aplicar el método científico fuera de su campo no es menos grotesco que usar un celular como martillo. Confiar la salud mental a praxis basadas en inexistentes evidencias científicas ignora la naturaleza singular y subjetiva de esos seres hablantes que somos. Y ello atenta contra nuestra dignidad. 


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