17 de septiembre de 2015

Novedades en "Crisis, ¿qué dicen los psicoanalistas?" XIV Jornadas de la ELP. Amiga crisis, por Antoni Vicens



“El psicoanalista es amigo de la crisis.” Jacques-Alain Miller, entrevista en Marianne


Hablemos de crisis, mejor que trauma. El trauma induce la pasividad de la víctima; la crisis se puede tomar de la mano de la política y quizá darle una salida en acto. Trauma es sin salida, es retorno persistente; crisis es posibilidad de un punto de inflexión. La crisis es el agujero que se desplaza, imposible de ser tomado en lo simbólico; es sumidero de esperanzas y manantial de creación. La crisis es el nuevo amor, el que nos acompaña más allá de la templanza y, cuando hay suerte, mas allá del odio. El trauma quiere olvido; la crisis está ahí, sin cronista todavía, o cuando más un criticón en la urgencia de comprender. Crisis significa que nada es previsible, ni siquiera el pasado. La crisis es la puerta abierta hacia la herejía, el momento de la elección del sinthome que quedará formado para protegerse de la crisis futura, aquella de la que no querremos saber nada, pero de la que aún no tenemos criterio.

Lo real, descompuesto lo simbólico, viene a aflorar; pero ¿quién lo quiere? ¿Alguien lo ama? Si existe ese amante, será sostenido por una ética disconforme con el hábito. A este respecto, en su libro El malestar en la cultura, Freud cita la famosa sentencia de Goethe: “Todo en el mundo se puede soportar, salvo una serie de días hermosos.” Freud no está convencido; por eso añade: “Tal vez sea una exageración.” Goethe parece indicar que en la estabilidad de los días bonitos nada se crea. Lacan tenía clara la oscilación entre urgencia y creación: “Nada creado que no aparezca en la urgencia, nada en la urgencia que no engendre su rebasamiento en la palabra.”

Según las palabras transmitidas por Lacan, Freud habría llevado la peste a América. A la peste de Tebas la respondió una revelación que destituyó a Edipo de su reinado y lo transformó en el desecho de su verdad. La peste de Atenas, relatada por Lucrecio, es el malestar de la civilización visto con el rasante cegador de la luz antigua. En suma, la humanidad misma actúa como una peste para sí misma.