19 de julio de 2017

Artefactos de la nominación: de la clase al sinthome, por José Ramón Ubieto



“El hombre -dice Lacan en su Conferencia en Ginebra sobre el síntoma- piensa con ayuda de las palabras. Y es en el encuentro entre esas palabras y su cuerpo donde algo se esboza”  Allí, en lo que llama el moterialismo (materialismo de las palabras) reside el asidero del inconsciente, donde cada cual sustenta lo que llama su síntoma1

Por supuesto hay otras modalidades diferentes, al menos dos más, para esta operación de nombrar ese goce del viviente. Voy a referirme a ellas y especialmente a la modalidad que forma parte del actual discurso del amo.

De hecho, la cuestión de la nominación es un tema tan presente en nuestra realidad cotidiana -¿Quién se plantea funcionar al margen de las etiquetas en cualquier ámbito: asistencial, periodístico,..?- que ha conseguido naturalizar aquello que no deja de ser una metáfora y allí radica el “éxito” de esa modalidad postmoderna de la nominación que practica un uso de la metáfora diferente al de la nominación clásica que conocíamos en el régimen del Nombre del Padre (NP) en tanto semblante.

La metáfora paterna: la solución religosa
La primera nominación privilegia el sentido al basarse en la producción, vía la metáfora paterna, de una significación fálica que opera como factor común entre el sujeto y el deseo del Otro, permitiéndole así simbolizar el deseo. El padre, al nombrar, hace del adulto aquello que ya se hallaba en potencia en el niño. Esta modalidad entraña la abolición de la diferencia sexualgracias al vaciamiento que sufre el amor de lo imposible de la no relación sexual que queda como un real no subsumible en la operación simbólica de esa metáfora. Para Lacan, en este primer momento de su enseñanza, conceptualiza el NP como un significante inherente al campo del Otro portador de una interdicción sobre el goce primordial, generador de una culpabilidad original e instaurador de anudamientos esenciales. Sólo la fe en la palabra nombra al padre para autentificarlo, lo que connota religiosamente este concepto: “Un padre es el nombre que supone, por su propia esencia, la fe”3

Imperativos de la economía moderna: otro tratamiento del goce
Enric Berenguer señalaba en su intervención4 en este mismo espacio, la existencia de “una serie de prácticas que se podrían entender como un  intento de dominio de la alteridad irreductible del goce” a partir de la desaparición de lo cualitativo y su sustitución por una escala cuantitativa.

La ciencia propone, justamente, una nominación vía la etiqueta (no el Ideal), como una modalidad de localizar eso que queda como resto en la operación del NP: el goce del cuerpo. De hecho hoy asistimos a un revival de la etiqueta por la vía postmoderna de las nuevas taxonomías sociales del síntoma como una modalidad de tratar el goce fuera de la experiencia analítica.

No pasa un día sin que conozcamos un nuevo label para cernir el goce de los jóvenes: “ni – ni”, “generación bunker”, “generación on/off”, todos ellos nombres que tratan de nombrar algo de ese goce que presenta rasgos de rechazo, aislamiento, desconexión. Una vez naturalizada esa metáfora, esos rasgos de rechazo del otro pasan a primer plano y velan la causa singular para constituirse como un problema colectivo sobre el que producir respuestas para todo el conjunto (class) de elementos (sujetos) que constituyen la clase (kind). A partir de aquí el testimonio de la experiencia de lo real, de cada uno de estos elementos, incluye algo de los dichos sobre su clase que se hace, así, consistente.

De hecho hoy vemos ya un primer etiquetado generalizado en la clasificación de los TDAH donde aparece algo de ese goce imparable cernido como un déficit de atención con hiperactividad a partir de una contabilidad5.

La respuesta del discurso de la ciencia apunta, pues, a la reducción del sujeto a un cálculo estadístico que implica su categorización previa en clases establecidas a partir de un rasgo de goce elevado a la categoría de identidad subjetiva (anorexia, trastornos de conducta, hiperactividad, toxicomanía). Estas categorías, en su estatuto de síntomas pret-a-porter vendrían al lugar de suplencia del NP caído, como efecto de los imperativos de la economía de mercado moderna y de la ideología de los Derechos del Hombre. Este saber clasificatorio sustituye al saber perdido del padre (saber ser padre, acción paterna): es ahora la norma (desarrollo del niño) la que convierte a un sujeto en un adulto, en detrimento de tiempos pasados en los que convertirse en persona mayor era la razón de ser del sujeto6. En el lugar de la novela de construcción de la persona tenemos la performance y su score.

Eso da cuenta, sin duda, que el NP –semblante otrora poderoso- ya no alcanza a nombrar el goce y no lo hace porque la identificación, como solución, desconoce al real en juego en el síntoma, por el cual cada ser hablante encontró una solución absolutamente singular que constituye la ley según la cual se distribuye su libido. En ese sentido decimos que no alcanza la nominación del goce, que se desmultiplica en la varite de sus modos.

En su lugar, el espíritu postmoderno se define por la alianza entre nominalismo (que afirma que solo existe el individuo en su particularidad y que todos los nombres son artificio) y el pragmatismo. Eso es el DSM, que evoluciona en base a nuestro modo de actuar (a cada invención molecular, genética se reordena la clasificación): artificialismo absoluto y pragmatismo constante.

Es una operación tecnocrática que confirma la tesis de Agamben sobre la expropiación que hace al hombre de su experiencia y de su capacidad de transmitirla (expropiación de lo Real presente en el semblante y éste queda así vacío y retorna en el trauma generalizado). Al imponer la certificación científica de esta experiencia a través del experimento (protocolo) la desplaza a los instrumentos y al número, fuera por tanto del sujeto. Igual que ya no vemos el paisaje más que a través de las cámaras que lo enfocan, la nomenclatura del DSM que incluye el caso singular suprime esa experiencia subjetiva7.

La paradoja es que al reducir ese goce a su evaluación se pierde la dimensión de lo Real y el nudo queda reducido a una doble dimensión: Imaginario y Simbólico.

Fabricando semblantes
Pero ¿cómo se fabrican esos nuevos semblantes que constituyen la envoltura formal de los síntomas postmodernos? A partir de los interesantes trabajos de dos filósofos contemporáneos: Nelson Goodman8 y Ian Hacking9 podemos ver el proceso actual de fabricación del semblante mediante el surgimiento de clases. Una clase es relevante cuando consigue incluir muchas clases de comportamiento diferente. Su eficacia radica, pues, en ocultar su uso como metáfora para parecer natural: así el semblante se “naturaliza” por la genética, la bioquímica.

Tomemos, por ejemplo, un término nuevo (adicciones) y enseguida vemos como ese término funda su operatividad en re-organizar el mundo, ya constituido previamente, al destacarlo como un nuevo género que se hace, a partir de entonces, significativo. Estas nuevas clases tienen la potencialidad de componer mundos (Goodman) ya que cambian el pasado de las personas incluidas y su experiencia sobre su ser actual. Proporcionan así un sentido y una inclusión social: “los propios individuos y sus experiencias son construidos dentro de la matriz (discurso y materia) que rodea la clasificación X (toxicómano, maltratada)”10

Este encasillamiento tiene también potencial de autocumplimiento como muestra el llamado efecto bucle de Schultz quien demuestra que las tasas altas de prevalencia de un rasgo acaban convirtiéndose por sí mismas en índice de verdad: el mito de la cifra estadística como suposición de saber.

De hecho un sistema categorial se mide básicamente por su eficacia en fabricar mundos, no por su relación a la verdad (exactitud) o su correspondencia a un mundo dado de antemano. Aquí verdad aparece sustituida por ajuste, término que indica que estas clases son interactivas: cambian a las personas que incluyen y son también modificadas por ellas.

Las clases no existen solo en el universo vacio del lenguaje, sino en las instituciones, en las prácticas, las interacciones materiales con las cosas y con otras personas. Pensar la clase de los toxicómanos en términos de dosis de consumo, a evaluar, influye sobre los sujetos que incluye esa clase (como los percibimos y como los tratamos) y a su vez, ellos reaccionan a esa clasificación y a esa percepción operando con esa fórmula de las dosis, lo cual rehace su mundo toxicómano.

Este mundo así fabricado tiene sus propias leyes de funcionamiento:

1. Composición y descomposición: división del todo en partes que, desagregadas de la totalidad, se recomponen y  se combinan en nuevas totalidades que se consolidan por la existencia de etiquetas. Un sujeto es descompuesto en subclases (bioquímica, estilos de vida, conductas, afectos, cognición,..) que luego son combinadas y organizan un nuevo mundo donde aparecen leyes que definen un toxicómano por el ajuste del sujeto singular a esa nueva clase y sus requisitos formales establecidos.

2. Ponderación: entre esos requisitos hay una gradación del énfasis a partir de puntuaciones (temporales, performances) que definen una escala jerárquica y ordenan los sujetos (versiones) en una misma escala continua (unidades o dosis tomadas, meses del duelo,...).

3. Ordenación: un dato de esa jerarquización es la secuenciación de los procesos que ordena el elemento en la clase (del consumo de cannabis a otros consumos, secuencia de orden en el diagnostico TDAH,...).

4. Supresión: la génesis de una clase que estructura un mundo implica la eliminación de aquellas subespecies que no se ajusta a la arquitectura del mundo que construimos: datos que se presentan como co-morbilidad o perturbación residual11.

5. Deformación: otro mecanismo, ligado al anterior es la corrección o distorsión de los datos mediante procedimientos estadísticos para mantener la curva de resultados que mejor se ajuste a los datos de la clase (reducción de los datos extremos para ajustarse a la curva de Gauss).

6. Un último mecanismo, que si bien no crea una clase la modela, es el recurso a la metonimia donde se toma una parte (incesto) por el todo (abuso sexual) ampliando la clase.

Estos mundos, así creados, fuera de su representación son mundos perdidos por carecer de referente real y su realidad es en gran medida una cuestión de hábitos. La creación de un mundo supone siempre una versión anterior que se rehace. Se trata en suma del discurso del amo operando en base a los S1 que  comandan el mundo, velando tanto la $ como el plus-de-goce. “Lo que un sistema categorial necesita no es tanto que se nos diga que es verdad, sino que se nos muestre más bien qué es lo que puede llegar a hacer [ajuste a la organización y la práctica]. Por decirlo toscamente, lo que en tales casos se necesita son menos discusiones y mejores vendedores”12.

En el DSM vemos  como se trata de lograr constantes a partir de convertir en paradigma la repetición de las variables. A falta de una pregunta por la causa,  y las hipótesis, la construcción de una clase se hace siempre a partir de una práctica lingüística, del modo en que nos hablamos unos a otros, su garantía no es otra que esta pragmática de la conversación ya que si fueran especies naturales sobraría la conversación y los coloquios. “Nos hallamos confinados a las formas de descripción que empleamos cunado nos referimos a aquello que describimos, y podríamos decir que nuestro universo consiste en mayor grado en esas formas de descripción que en un único mundo o en varios mundos”13.

Dicho de otro modo, es imposible pensar lo real en términos de exclusión simple –respecto a lo simbólico  - sino que hay que pensarlo como una exclusión interna: hay un real en lo simbólico y un simbólico en lo real: querer decir es querer gozar. Es esa posición de éxtimo de lo real lo que permite la posibilidad de una experiencia de lo real en la cura analítica14.

Claro está que esta conversación-que propone el discurso científico- no se orienta hacia lo real, sino que es muda y enjaulada en su “máscara de hierro” no ofrece dialéctica posible15. El síntoma queda mudo, velado por la conversación que produce etiquetas de trastornos y que muestra que se trata de una operación –diagnóstico automático- donde el juicio queda anulado. En ese sentido vemos su homología con el no pensar presente en la operación del consumo.

¿Dónde encontrar, entonces, un cierto fundamento de solidez a estos mundos cambiantes? Para Goodman y Hacking la realidad de un mundo es en general una cuestión de hábitos y de allí que las categorías cuyos predicados están más atrincherados (entrechment) tienen más tendencia a ser consideradas válidas que aquellas fruto de la investigación o la invención. Goodman habla de “la garra de la costumbre” como aquello que da fundamento a los hechos
Estas formulas de creación de semblantes no son, pues, sino la versión contemporánea de los ritos sociales que reduce el lazo social a ese rito de la ceremonia del etiquetado donde se trata de velar que cada cosa tenga una etiqueta, la correcta16. Frente a esa política nos cabe otra respuesta: tomar en serie las invenciones del sujeto.

El DSM es un buen ejemplo de esta producción de mundos ya que implica que el individuo se vuelva un ejemplar de una clase. Si, por el contrario, privilegiamos el detalle, el caso por caso, lo no generalizable, es porque ya no creemos en las clases. Sabemos que son artificiosas, relativas, semblantes que no se fundamentan, por tanto, ni en la naturaleza ni en la estructura, ni en lo real. No tienen otro recurso que la estadística a partir de la cual la normalidad estaría conformada por los rasgos que son comunes a una mayoría. Miller señala17 que nuestras clases producen efectos de verdad pero el fundamento no es lo real. La verdad no es otra cosa que un efecto, que siempre es de un lugar, un tiempo y un proyecto particular.

Ante este imperativo de la clasificación, lo inclasificable no puede tener lugar y se inventan “parches” (Trastornos de Conducta, Trastornos de Personalidad) para reunir a aquello que no entre en las clasificaciones, trastornos que “resisten a las clasificaciones”. El individuo queda a merced de esta operación -artificial- pero siempre deja una laguna en tanto nunca es un ejemplar perfecto. Se trata de cómo no aplastarlo y para ello hay que soportar el fuera-de-sentido, lo no evidente, desprenderse –como decía Lacan pensando en todos los pacientes que había visto pasar por su diván en 40 años de escucha- de ese hombre promedio que no existe (“¿quién sería: el conserje, De Gaulle, yo mismo?”), para poder acoger el detalle singular de cada sujeto, lo inclasificable que resiste a ser silenciado por la evaluación.

En realidad solo hay excepciones a la regla. El sujeto se da su propia ley en su síntoma, en su invención particular para suplir la falta de relación sexual. Lo patológico mismo ha devenido una norma y el DSM, irónicamente, es la colección de esas excepciones que harían la norma. No hay normalidad por fuera de lo patológico borrando así la ilusión del DSM que pretendería hacerla controlable, evaluable, encuadrada.

La reunión, en la misma clase, de los toxicómanos oculta, además posiciones singulares frente al objeto: desde el quiero más maníaco (psicoestimulantes) versus la abulia y el nada tiene sentido melancólico (tranquilizantes).

El padre que nombra: el sinthome
La apuesta de Lacan contempla la transferencia (que supone el deseo del analista), como resorte de la operación analítica, como aquello que permite al sujeto dirigirse al Otro para localizar allí lo que no tiene nombre. Designar, así, por su nombre lo que la religión anuda en el nombre del padre: el ser (I), la letra (R) y el Otro (S). Para ello el analista, a modo de padre no equivocado por la metáfora paterna, funciona como lo que permite localizar la angustia para atravesarla y saber aquello que la angustia no sabe. El recorrido de un análisis no es otra cosa que una experiencia de lo real, de un recorrido por esas huellas indelebles que cifraron lo imposible dando forma a la invención de cada uno.

El psicoanálisis coincide con el nominalismo en la refutación del universal  pero su solución es distinta ya que en esa negatividad plantea una formula diferente de la categorización de lo particular (clases) al situar el sinthome como invención singular. Su práctica desorganiza todos los saberes que toman como pretexto los imperativos taxonómicos y se convierten en cómplices de los actos de segregación, como es el caso de las clasificaciones derivadas de la idea misma de desarrollo donde la norma funciona como S1 y la medida puede escribirse como el saber deducido: S2. La operación diagnóstica del psicoanálisis apunta a la singularidad pero no supone la abolición de las clases, sino su uso a partir de la diferencia.

La última clínica lacaniana no borra las estructuras ni los límites entre ellas estableciendo una continuidad, pero la inclusión de un sujeto en una clase (neurosis) supone localizar su solución singular que descompleta la clase ampliándola. En ese sentido cada uno conserva algo de inclasificable y no sirve el a priori de la experiencia (protocolo) para definirlo. Cada caso para nosotros es un suplemento de la clase ya que se rige por una lógica del no-todo clasificable.

Frente al nominalismo contemporáneo donde se trata de sujetos que son “nombrados para” sofocar la angustia sin su implicación, el psicoanálisis propone otra operación por la cual lo simbólico pueda tocar lo real, por medio de la palabra y de esa manera cernir algo de ese modo de goce singular: allí donde ello habla, ello goza. El síntoma es lo único que conserva un sentido en lo real.

La pluralización del NP nos lleva, en último análisis, a relacionarlo con la ley particular que cada sujeto encuentra en su síntoma en tanto que éste anuda el gozar con el sentido. De ello se deduce que el NP constituye no una ley simbólica universal (semblante de la universalidad y completud del Otro), sino una invención propia de cada cual (de allí la diversidad de suplencias).

Notes
[1] Jacques Lacan (1988) “Conferencia de Ginebra” en Intervenciones y textos 2, Manantial, BBAA, pp.125-126.
[2] P.Brown. (1993) El cuerpo y la sociedad (los cristianos y la renuncia sexual. Muchnick, El Aleph Editores.
[3] J.Lacan (2009). De un discurso que no sería semblante. Paidós, BBAA.
[4] Enric Berenguer (2010) “El goce evaluado”, pendiente de publicación en Nodvs.
[5] Por cierto, muy diferente según se tome uno u otro manual ya que con los mismos indicadores, la tasa de prevalencia en el caso del DSM IV es 10 veces mayor que con el manual europeo CIE-10.
[6] François Leguil (2006) “Los niños contumaces” en Freudiana nº 31, pp. 69-84, ELP-CdC, Barcelona.
[7] El ejemplo más claro son los cuestionarios actuales, como el de CONNERS para niños, padres o profesores, que permiten diagnosticar el TDAH sin hablar con el sujeto y por tanto excluyendo cualquier subjetividad acerca de la conducta.
[8] Nelson Goodman (1990) Maneras de hacer mundo. Madrid, Visor,  col. La Balsa de la Medusa.
[9] Ian Hacking (2001)¿La construcción social de qué? Paidós, Madrid.
[10] Ibíd., pg. 34.
[11] Thomas Brown, en Comorbilidades del TDAH, cuenta que en un estudio Multimodal sobre niños con encontró que el 70% de 579 niños de 7-9 años a los que se había realizado un diagnóstico cuidadoso de TDAH cumplía por completo los criterios diagnósticos de uno o más trastornos psiquiátricos adicionales: “Con frecuencia el TDAH se acompaña de trastorno del aprendizaje, trastorno de ansiedad, trastornos del estado de  ánimo, trastorno obsesivo-compulsivo y/u otro trastorno psiquiátrico desde una edad muy temprana. Los casos de TDAH no complicados por un trastorno adicional del aprendizaje o psiquiátrico son relativamente poco frecuentes en la infancia y en los años posteriores de la adolescencia y la edad adulta”.
[12]  Nelson Goodman (1990), p. 175.
[13] Ibíd., p.19.
[14] Jacques Alain Miller (2004) La experiencia de lo real en la cura analítica. Paidós, BBAA.
[15] Bernard Lecoeur, “Masques du semblant” en Papers nº 4, Octobre 2009.  Association Mondiale de Psychanalyse . Consultable online en: www.congresoamp.com/es/textos/papers/papers_04_es.pdf.
[16] Eric Laurent "El reverso del síntoma histérico" en Freudiana nº 29, pp. 51-60, ELP-CdC, Barcelona.
[17] Jacques Alain Miller (2010). “El ruiseñor de Lacan” en Conferencias porteñas, Tomo 3. Buenos Aires:Paidós.

* Trabajo de investigación presentado en el Grupo de Investigación 'Toxicomanías y alcoholismo' el 15 de diciembre de 2010. Publicado en  Publicado en NODVS XXXIII, març de 2011

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