12 de octubre de 2015

La escena del crimen, por Juan José Millás*

Siendo un clásico la comparación entre psicoanálisis y literatura, (sin duda pueden tener puntos en común, pero se diferencian entre otras cosas por un abismo: el abismo que representa la extimidad de la figura real del analista en la transferencia), nos hemos encontrado con este excelente artículo del sin par escritor Juan José Millás que, con su estilo fino y agudo, siempre salpimentado de elegante humor, nos ofrece entre otras una perspectiva muy poco habitual en la conexión escritura/psicoanálisis, donde lo esencial para Millás es que "en lugar de ir a lo importante (o a lo que lo parece), ir a lo banal, a lo periférico. (...) Es un modo de decir que la sala de máquinas de la vida (y de la novela) no se encuentra donde parece (eso es una forma de delirio), sino donde desaparece".

Y precisamente, para que este escrito de Juan José Millás no "desapareciese" en el proceloso mar periodístico de la web como un artículo más sobre literatura y psicoanálisis, lo ofrecemos a los lectores de la causa analítica que, estamos seguros, lo apreciará y disfrutará. 

José Manuel Alvarez (Moderador AMP-BLOG)




A ver, Freud. Precisamente acabo de terminar mi análisis con una psicoanalista ortodoxa, signifique lo que signifique ortodoxa (y psicoanalista). Se llama Marta, de nombre, como una de las hermanas de Lázaro, el resucitado, y Lázaro de apellido, como el mismísimo resucitado. Marta Lázaro, pues, 80 años, muchos de ellos a la escucha. Cuando me dejé caer en su diván (con aspecto de catafalco pobre), el muerto era yo. Llegué allí con la fantasía de que me dijera: “Levántate y anda”. La realidad crea espontáneamente este tipo de extrañas coincidencias.

Al principio preparaba las sesiones para amortizar su precio. Hoy le diré esto, le contaré esto otro. Mientras hacía los deberes, establecía asociaciones de primer nivel atravesadas por el pensamiento consciente. Las llamo “asociaciones de primer nivel”, pero podría llamarlas coartadas, pues su objeto era demostrar que no había estado en la escena del crimen el día de autos. Es así como se escriben muchas novelas, a base de coartadas narrativas. Y no todas son rematadamente malas, aunque tampoco buenas. Digamos que se les ven las costuras. Una buena novela, como un buen análisis, no debería mostrar las costuras.

Los calcetines que utilizan los peregrinos del Camino de Santiago son completamente lisos porque las costuras producen llagas en los pies y te arruinan el viaje iniciático. Las costuras narrativas arruinan el viaje iniciático del lector de novelas, pero también el del autor, al que una buena asociación, hecha en el momento oportuno, le derrumba todas las defensas. A veces pasa en la décima sesión del análisis, o en el décimo capítulo de la novela. Eso no quiere decir que el trabajo anterior haya sido completamente inútil, pero tienes que tener el coraje de volver al principio y desprenderte de todo el material inservible.

Casi todas las vidas, también las más coherentes, en este primer nivel asociativo (el de la coartada) están hechas de costuras, incluso de costurones. Observada con cierta distancia, la vida está hecha a base de coser (bien, mal, ese es otro asunto) retales de distintas naturalezas y colores, como esas colchas étnicas (qué rayos significará étnico) que tanta gracia nos hacen por su ingenuidad, a veces por su mal gusto, un mal gusto (o una ingenuidad) que no nos da vergüenza mostrar a nuestros invitados después de la cena, al regresar de Honduras o de Guatemala.

Esas colchas son un ejercicio de asociación libre, por eso nos conmueven hasta que empiezan a incomodarnos. ¿Qué habrá debajo de esos collages cuyas cicatrices, que al principio nos hacían tanta gracia, ahora nos fatigan? Hagamos una suposición: pobreza. Lo que hay, con frecuencia, no es ingenuidad ni mal gusto, sino pobreza. Quizá empiezan a molestarnos por eso. Me estoy haciendo un lío, pero de eso se trata. A base de liarse es como se alcanza el segundo nivel del análisis, o de la novela. También de la vida. En ese segundo nivel no hay costuras. Ahí es donde entiendes en toda su extensión la frase de Borges según la cual el azar es un modo de causalidad cuyas leyes ignoramos.

Y resulta que sí, que estuviste en la escena del crimen el día de autos, solo que a lo mejor no fuiste el asesino, sino el muerto. Se trata de una posibilidad que ni siquiera habías considerado en el primer nivel. Entonces caes en la cuenta de que al análisis (y a la novela) no hay que ir con los deberes hechos, sino con los deberes deshechos. Significa que te debes tumbar en el diván (o sentar frente al ordenador) y, en lugar de ir a lo importante (o a lo que lo parece), ir a lo banal, a lo periférico. Al suburbio. El significado siempre se encuentra en lo periférico. Es un modo de decir que la sala de máquinas de la vida (y de la novela) no se encuentra donde parece (eso es una forma de delirio), sino donde desaparece. Se llega al lugar de la desaparición a través del método freudiano de la asociación libre, de la que con el tiempo averiguas que es la menos libre de las asociaciones. Escribir una novela, en fin, se parece mucho a releer psicoanalíticamente una vida.

En cuanto a Marta Lázaro, sigue ahí, a la escucha. No nos volveremos a ver. Nunca. En eso quedamos. Y en eso estamos.

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