1 de noviembre de 2015

La rutina del espanto*, por Mario Goldenberg



Días atrás se produjo una nueva masacre en el Instituto Técnico Superior Umpqua, en el pequeño pueblo norteamericano de Roseburg, Oregon. Fueron varias las víctimas fatales.

Tal como sostiene el presidente Barack Obama, estas matanzas se están convirtiendo en un acto que ya no causa sorpresa: "De alguna manera, esto se ha convertido en una rutina, las informaciones son rutinas, mis reacciones aquí en este estrado son una rutina, y lo es la conversación posterior". Durante su administración se registraron masacres en Tucson (Arizona), Aurora (Colorado), Newton (Connecticut) y Charleston (Carolina del Sur).

El autor del tiroteo de Roseburg fue identificado como Chris Harper Mercer, de 26 años, quien vivía en un pueblo cercano con su madre enfermera, había comprado en los últimos años 14 armas legalmente, seis de las cuales utilizó en la universidad de Umpqua. En la última rueda de prensa del día de la masacre, John Hanlin, sheriff del pueblo, se negó a decir el nombre del sospechoso. "No le daré la fama que probablemente buscaba con sus cobardes actos", señaló. Además, pidió a la prensa que no diera su nombre para no glorificarlo.

Este detalle es llamativo, hasta ahora siempre se dieron los nombres de los atacantes. Eric Harris y Dylan Klebold de Columbine tienen sus videos eternizados en YouTube, Chou Seung-Hui de Virginia Tech cuenta con testimonios delirantes en la web en videos que envió a la NBC en la oficina postal del predio universitario mientras cometía los asesinatos (más de un millón de vistas en YouTube). Es cierto que los que protagonizaron las masacres no solo dieron señales antes de realizar sus actos, sino que además dejaron su huella en Internet. De alguna manera estos pasajes al acto tienen su inscripción mediática, esto es parte y quizás también es una motivación para el crimen.

El mismo día del episodio de Oregon se estrenó en Buenos Aires el último film de Woody Allen, Hombre Irracional (en inglés, Irrational Man), cuyo eje argumental gira alrededor de un profesor de filosofía, escéptico y deprimido, que descubre que un asesinato a un desconocido puede devolverle el sentido a su vida. La irónica ficción toca una verdad en juego en estos episodios, donde todo parece apuntar a un objetivo: los quince minutos de fama que justifican la existencia. La banalización de la violencia en la cultura actual genera que algunos sujetos perturbados hagan de sus actos la realización de su locura.

Es cierto que hay un problema político grave con la falta de control para la portación de armas en los Estados Unidos, un país que tiene más armas que habitantes. Es la misma nación en la que la influencia de la Asociación del Rifle es tan grande que impide que el Congreso regule la venta y tenencia.

Estas armas, que tienen como función la defensa de la vida, producen un efecto llamado "inmunitario", noción planteada por el filósofo napolitano Roberto Esposito. Es decir, que aquello que está destinado a defender la vida, atenta contra la vida misma. Como una enfermedad autoinmune, donde una defensa del organismo ataca al mismo organismo. El discurso que sostiene la cultura de armas, como medio de autodefensa encubre la promoción de la violencia en el espectáculo y sus réditos en el mercado.

Obama describió estos hechos como rutinarios, por primera vez, porque señalan un síntoma social donde confluyen la falta de regulación estatal, la imparable industria armamentista y el efecto de los medios de comunicación. Incluso Chris Mercer se permitió hacer un comentario en su blog Kickass Torrent sobre el asesino Vester Flanagan, que el 26 de agosto pasado mató en vivo y en directo por televisión a una reportera y a su camarógrafo: "Es interesante, me doy cuenta de que hay muchas personas como él que están solas y son desconocidas, pero entonces derraman un poco de sangre y el mundo entero puede saber quiénes son".

*From: http://www.lanacion.com.ar/1835003-la-rutina-del-espanto

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