25 de noviembre de 2016

Ingrid de la Torre, SIN PERMISO, por Irene Domínguez

En el marco del Festival In-Edit -excelente muestra de documental musical-, me encontré con el documental Sin Permiso, que relata un acontecer cotidiano terrible en las calles de mi ciudad. La trama está tejida con los testimonios de una docena de músicos, bailarines de tango y payasos de calle y la realidad cotidiana que les toca vivir de unos años a esta parte. Estos artistas urbanos, gente que muestra su arte y llena las calles de música o baile del centro de Barcelona, se encuentran acosados y perseguidos cotidianamente por la policía: se les multa, se les confisca los instrumentos, y se los trata cual personas que estuvieran cometiendo un delito. La policía cumple órdenes, como siempre. Pero para ser más precisos cumple ordenanzas, que si se quiere es bastante peor. Bajo pretexto de estar amparados en una normativa que impone multas por hacer “un uso intensivo de la vía pública”, requisan violines, guitarras, ropa e incluso martillos de payaso, Miles en 4 años; éstos pueden ser recuperados tras previo pago de un dinero exorbitado, registrado todo en triple papel copia: un robo en toda regla.

La sola imagen de estar persiguiendo la música, la danza o el arte, es grotesca, pero a la vez sirve para ilustrar la dimensión de la tragedia. Porque más allá de las coyunturas personales que afectan a los artistas en particular –sumamente duras puesto que se trata, no solo de sus medios económicos desde hace décadas, sino de lo que los mantiene con vida- el documental refleja las consecuencias de algo que nos afecta a todos como ciudadanos: la desaparición, la expropiación del espacio público en sí mismo.

Las imágenes de la transformación de la ciudad en una cadena de locales de marcas internacionales, la desaparición de las tiendas y comercios de gente, la sustitución de las Rambla de la Flores –así se llamaba porque se vendían flores o canarios- en una retahíla de casetas de suvenires y sus aceras invadidas por una epidemia turística que ya nadie puede parar, duele adentro.

La ordenanza en cuestión, esa ley que ya nadie sabe quien dictaminó, esa ley anónima que funciona sola cual feroz superyó freudiano, podría provenir de la ley de la ordenanza cívica implantada por el ex alcalde Joan Clos, bajo excusa de combatir la prostitución de calle y las conductas indecentes de los ciudadanos. Y así, sin comerlo ni beberlo, pasó a ser potestad policial lo que se consideraba o no un comportamiento correcto, una forma de andar, de vivir, de habitar la calle. No es difícil ver en qué se revierte dicha ordenanza hecha para el bien común y la protección de los derechos del ciudadano: ahora la persecución está instaurada y amparada bajo pretexto de regular la vida en calle.

Sin embargo, la supuesta inocencia de estas iniciativas que parecieran incuestionables, pone a funcionar silenciosa e implacablemente la destrucción de derechos fundamentales, porque el derecho es ante todo, derecho a ser otro. Y poco a poco, año tras año, recortan nuestras libertades sin levantar ningún ápice de sospecha. Llegado a este punto, asistimos al entierro del espacio público, del espacio común, el mismo donde las gentes se han juntado siempre, y de donde han surgido prácticamente todas las expresiones del arte y la cultura. Los cafés que reunían poetas, escritores, filósofos…, las calles que juntaron músicos, los locales donde coincidían noctámbulos, cineastas, periodistas…, el escenario que acogió siempre a la gente inquieta, contestataria con la sociedad, insomne, creativa, despierta…, está en manos del capital y del mercado: ya no nos pertenece. Los cafés de míticas tertulias literarias son ahora un bar de chinos. Los locales que ofrecían música en directo acumulan multas por ruido que acaban hundiendo a cualquiera. Y es que cualquier forma de encuentro entre personas que no sea para degustaciones gourmet estará, tarde o temprano, amenazado de cierre por ordenanzas de este tipo

El espacio público está en manos del consumo. Como expresa bien un músico del documental, se permite salir de casa a comprar y volver a casa a dormir en silencio para volver a salir a comprar. Para casi todo lo demás el uso de la calle está prohibido. Tocar el violín, comer un bocadillo, jugar a pelota e incluso dormir en la calle sino tienes un techo, está multado, es considerado un abuso de ese “uso intensivo del espacio público”. Eso sí, las multinacionales pueden abrir domingos y festivos y de ese modo ofrecer la libertad de consumir los días que los trabajadores incansables paran para respirar. Se apela al gobierno, y éstos responden amparados en esas ordenanzas que nadie dictó: frases locas, inconexas, absurdas, que prenden rápidamente las ansias de ejercer un abuso de autoridad “porque lo digo yo”. Y es que no gusta la otredad. No se quiere saber nada de los otros, de los no interesados en la única propuesta que tienen para la vida: consumirse consumiendo.

Y así, este pequeño documental, que tiene la fuerza de un clavel en la revolución portuguesa, nos invita a despertar de la pesadilla en la que se está convirtiendo el mundo. Si la palabra de un agente del orden vale como cierta frente a la de cualquier ciudadano, está claro: volvemos a vivir bajo regímenes dictatoriales en nombre de la democracia y sin la necesidad de ningún golpe de estado. Por eso la cuestión no se resuelve otorgando “permisos”. ¿Permitir qué? ¿La otredad, la música, la vida?

La maquinaria capitalista es tan potente como estúpida y destructora. Un niño negro americano de 14 años que protagonizaba otro documental del festival, lo expresaba muy bien: “Yo tengo un sueño razonable: salir de mi barrio de negros, triunfar como cantante, comprarme una casa en Beverly Hills y conducir un Lamborghini”. Y es que el mercado no solo vende objetos, también diseña sueños: los que ha de tener todo el mundo, el mismo para todos.

Estamos jodidos. Vamos haciendo, adormilados, medicados y muy jodidos. Pero no hay nadie ahí fuera, quizás por eso se hacen tantos selfies. Este sistema arrasará con todo. Eso sí, en la pantalla final nos lamentaremos y diremos ¿cómo ha sido posible? ¿Qué mente perversa ha urdido el plan si todo estaba cargado de las mejores intenciones? 

Photo by ROBERT BONET

3 comentarios:

Javier Vitali dijo...

Me ha encantado este artículo y lo voy a compartir en facebook. Soy un músico de Barcelona que por suerte no necesita vivir de ello, pero a quien indigna sobremanera esta situación que ya lleva muchos años, y quiero hacer algo al respecto, pasar a la acción.

Recién este martes veré este documental.

Informo que hay otro similar que se llama "Kids Used To Sing", que compara la situación de los músicos en España, con la de los de Nueva Orleans.

Morata dijo...

sobre este tema ver mi libro en internet: "La democracia musical".

Javier Vitali dijo...

Ok, gracias!