19 de noviembre de 2008

La Vanguardia. 17 de noviembre 2008




No faltan normas, falta otra autoridad

VII Jornadas de la ELP, “Clinica del Lazo Familiar y de sus nuevas formas”

MARICEL CHAVARRÍA - Barcelona
Para el psicoanálisis, la auténtica autoridad se deriva de cómo la persona soluciona su simple culpa de existir


Con la irrupción de los nuevos modelos de familia, la autoridad ha dejado de sostenerse en la fórmula tradicional. La relación paterno-filial basada en aquellos ideales sociales se ha visto cuestionada y hoy se sostiene en afectos compartidos o, en caso de fracaso, en la vía judicial. La gran pregunta viene siendo... ¿dónde hallar la autoridad antes fundida en la tradición?

En tiempos en que se cuestionan los resultados educativos de los jóvenes y el efecto que sobre las nuevas generaciones tiene la ausencia de unos valores tradicionales, domina la teoría de que los padres deben recobrar una autoridad perdida. Se reclama la vuelta a modelos educativos más estrictos frente a la cultura del dejar hacer, la que ha diluido la autoridad de los padres para establecer en el seno de la familia relaciones más libres e igualitarias. A todo esto, un grupo de psicoanalistas propone una tercera vía:

"Vivimos en un mundo en el que nadie tiene autoridad, reina el imperio de la impotencia. En pleno crac mundial, estamos a la espera de un mágico Bretton Woods que restaure la autoridad en los mercados financieros. Y la crisis de autoridad también afecta a la familia", afirma Eric Laurent, delegado general de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, en las jornadas sobre la clínica del lazo familiar que la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis acaba de celebrar en Barcelona.

¿Qué hacer? ¿Reemplazar la autoridad definitivamente por normas?, se pregunta Laurent. ¿Queremos cursillos en los que los padres aprendan a tener autoridad? ¿Supernannies con sistemas de recompensa y castigos que fabriquen padres útiles y prácticos?

"Esta no parece ser la solución - señala el psicoanalista José Ramón Ubieto-, ni tampoco retornar a la tradición, pues la familia tradicional como modelo universal ya no existe, ya no hay la mejor solución familiar. Todas las formas, la monoparental, la adoptiva... son ficciones que permiten a un sujeto crecer y desarrollarse. Ningún modelo es óptimo ni ninguno genera una patología".

El problema, asegura Laurent, continuista de Jacques Lacan, con quien coinciden en esta entrevista los también psicoanalistas Shula Eldar y Manuel Fernández Blanco, es que todo el asunto de la autoridad, de la mayor o menor mano dura, es un falso problema. "El problema es la culpa de existir", argumenta Laurent.

"En realidad, el mundo funciona sin autoridad, porque siempre nos preguntamos ´en nombre de qué estoy haciendo lo que hago´. Y frente a eso hay dos opciones: la conservadora es llamar a la responsabilidad (uno no tiene autoridad pero sí es responsable y culpable de sí mismo y de los hijos), o bien, si se es más progresista, se dice que vamos a ayudar con un sistema de prótesis diversas. Pero el problema central es la culpa de existir, de ser padres, porque uno nunca será lo suficientemente auténtico ni buen padre. Vive la culpa de no poder lograr el ideal. La salida, a menudo, es tratar la culpa de uno, enfrentarla, no dejarse llevar por todas esas máscaras que vienen a cubrir lo que uno no quiere saber".

Los psicoanalistas destacan que, más allá de cualquier forma que adopte la familia, bajo esa realidad plural, lo que persiste es el deseo de tener un hijo. El niño - esgrimen- aparece en su dimensión de objeto deseado, precioso, como un capital que se produce... y cuando se hace real, pone en jaque la idealización del amor en el lazo familiar.

"No se trata, en muchos casos, de aprender a ser padres, sino de tratar la culpa, que está vinculada a algo relativo al surgimiento del goce sexual", concluye Laurent. "La realidad es - añade Ubieto- que nunca hubo otra autoridad más auténtica que la que deriva de un saber hacer con lo más importante: las relaciones sexuales, entendidas como el encuentro con el otro, con el cuerpo como sede de satisfacción". "Lo crucial - prosigue- es autorizarse a estar aquí, pues esa culpa nos empuja a ser buenos padres, demasiado buenos, olvidándose de la propia condición sexual. Y transmitiendo un estilo de vida".