1 de mayo de 2016

Las confidencias del analista, por Silvia López


Los numerosos seguidores del curso psicoanalítico que Jacques-Alain Miller dicta en París, cada miércoles, hoy están de parabienes. En su último libro Todo el mundo es loco, es decir, delirante, el universo conceptual del autor se mezcla con la sorprendente exposición de su propia vida. Historias de su niñez y juventud navegan entre los principios del psicoanálisis lacaniano, como el mensaje perdido en la botella arrojada al mar. ¿Por qué no? Todo analista ha sido, alguna vez, un niño sumergido en los avatares de su familia, un joven en la búsqueda de su ser. 

De entrada, en las primeras páginas, en una escapada a la infancia, el autor nos cuenta su pasado. Avanza por las páginas como esos personajes de los cuentos de hadas que van dejando miguitas para volver al sitio de donde partieron. Miller apela a la memoria, sin poner en juego la doble tensión del recuerdo y su recreación encubridora. Simplemente se relata. Primero, como el hijo de una madre fóbica; más tarde, siendo el niño observado por el padre médico, a través de un aparato de radiología que delata su interior. Después, el joven paralizado por un problema físico, y un mundo de autores: Mallarmé, Molière, Julio Verne y el Viaje al centro de la Tierra. Varias obras acompañan al joven inquieto que lee en su habitación, alejado por largo tiempo de la vida escolar; sin elección, el cuerpo se lo impone. Pero el clima es propicio.
 
Ensoñaderos, diría Baudelaire, plataformas y lugares donde se ingresa para vivir ilusiones maravillosas y el miedo concomitante de la cercanía con lo perdido. Hay en ese relato un fragmento de soledad, un secreto, un señuelo de algo que aún no se ve, pero nadie podría compadecerse, nadie que comprendiera verdaderamente el alcance de la vida intelectual que Jacques-Alain Miller engendró en ese contexto y luego desplegó. No hay evento dramático, hay humor en este libro, un poco de aire fresco. El pesar de su vida: no haber profundizado su saber en las matemáticas. Su gusto por la lógica y su pasión por Spinoza vienen de ahí. Resumo un párrafo que el lector apreciará: el joven Miller recién había conocido a Judith Lacan, quien manejaba bien el automóvil, pero demasiado rápido. Una noche, el accidente. El auto da una vuelta campana, Judith sale ilesa, pero el joven Miller golpea contra el parabrisas y es internado en el servicio de traumatología del hospital de Mantes, con la cabeza hinchada. Según él, era el final. De nuevo, el cuerpo lastimado y el recurso a la lectura. En esa circunstancia Jacques-Alain le pide a Judith La ética de Spinoza que lleva en el bolso. En el servicio, mientras tanto, ordenan placas y estudios de urgencia. El doctor Lacan llega en el transcurso de la mañana. ¿Qué está leyendo?, le pregunta al novio de su hija. Ni bien escucha la respuesta, Lacan ordena: Que se le dé el alta. Con su autoridad natural, terminé poco tiempo después en su jardín, recuerda el autor.

El despliegue de este anecdotario no le impide a Miller explorar otros temas: la cifra, lo real, la responsabilidad del analista, la política de la felicidad, el goce opaco del síntoma, el discurso de la ciencia recubriendo el mundo de los objetos. En este sentido observa la producción de Apple, la nueva computadora, apenas más espesa que una hoja, nos dice, y pronto la utiliza para explicar que allí donde esos objetos faltan, son deseados, esperados. Y hablando de ciencia… Miller no pierde el tiempo y avanza en estado de guerra contra los cognitivos, que ponen en función al Otro, en el interior del organismo, y lo llaman cerebro.

Jacques-Alain Miller no solo divide el mundo analítico en dos: entre los que lo admiran y los que lo aborrecen, también sale a luchar con el alma, en el sentido que le dieron Aristóteles y Lacan, y acorrala a los cognitivos en el descrédito del cientificismo ridículo.

La onda expansiva de este libro alcanza una diversidad de temas y autores, pero lo que pierde en sistematicidad, dice el autor, lo gana en autenticidad. Fiel a aquello que se le pasaba por la cabeza, Jacques-Alain Miller habló libremente en su curso de los miércoles, inspirado en las confidencias. 

Conseguir que bajo su pluma inteligente y provocadora no suenen ampulosas las frases de su historia personal, explicar a través de ella tantos recovecos analíticos, es una jerarquía que pocos autores alcanzan.


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