29 de julio de 2016

La rabia. Masacre en Munich, por José R. Ubieto.


Entender las razones que llevan a un joven de 18 años a asesinar a sangre fría a otros jóvenes no es fácil. Sobre todo cuando él no puede explicarlas porque ha decidido a continuación suicidarse. En este caso tenemos algunos datos que nos permiten formular, con prudencia, algunas hipótesis para tratar de explicarnos el sinsentido de esta matanza.

Datos policiales y lo que equivaldría a la carta del suicida: la conversación que mantuvo con un vecino mientras disparaba, y que éste difundió posteriormente por las redes sociales.

En esa conversación Ali Sonboly le confiesa que él fue acosado durante siete años y la policía informa que sufrió también un ataque donde fue golpeado, hace algún tiempo, por unos jóvenes delincuentes.

Este último dato tendría poco valor si no fuera en el contexto de una humillación larga y continuada como es la que sufren las víctimas del bullying. Sus secuelas son evidentes y sabemos que dejan huellas indelebles. Algunas toman la forma de una depresión (Ali estaba recibiendo tratamiento por este motivo), que en ocasiones deriva en un acto suicida, cuando tienen el convencimiento íntimo de haber llegado a un momento de su vida en el que su dignidad o su valor han desaparecido o lo harán pronto.

Se sienten entonces objetos sin valor, sin bienes, a veces sin honor, y en ocasiones usados como instrumentos por el otro. Tienen el sentimiento, y a veces la certeza, de ser invisibles para el otro. El propio Ali se rebela ante esto y le señala al vecino –que lo trata como “gilipollas”– que, a pesar de la ascendencia paterna iraní, “soy alemán y nací aquí”.

Lo que queda de esa humillación, además de este sentimiento de pérdida y decaimiento, es una rabia intensa. Su vivencia de haber sido violentados (abusos, maltratos, acoso) como objetos ha borrado su dignidad como sujetos. Sin eso que han perdido, su vida no vale la pena y se dejan caer como un objeto inútil que se arroja por la ventana o por un puente. Les queda, a veces, una última acción antes de desaparecer: golpear en el otro esa crueldad que sintieron en su propio cuerpo.

Para ello necesitan armarse también de razones. Parece que Ali las encontró en Anders Breivik, autor de los ataques del verano del 2011 en Noruega, donde realizó un atentado bomba con ocho muertos y una posterior masacre de 69 jóvenes en un campamento de verano en una pequeña isla.

Su modus operandi tiene muchas similitudes (ayer era el quinto aniversario) y la policía ha encontrado en su casa documentos relacionados con Breivik. Seguramente fue su referencia, pero cada uno tiene su causa particular que lo empuja al paso al acto violento para desembarazarse de eso que los clásicos llamaban el Kakon (en griego significa “mal”). Ali lo describe muy bien cuando el vecino le pide que deje de disparar porque ya no hay nadie y él le responde: “¡No se han ido! ¡Ese es el problema, que no se han ido!”.

De eso se trata, de que ese mal interno que él imputa al extranjero no termina de desaparecer y exige un último esfuerzo en forma de su propia desaparición en el acto suicida. Lo vimos en Columbine, donde los dos jóvenes, víctimas de acoso escolar y admiradores de Hitler, del que apenas conocían su ideología, se suicidaron tras la matanza.

Paradójicamente ese acto final, sin embargo, les restituye algo de la dignidad perdida. Es un acto, no fallido, que tiene una finalidad: recuperar su posición de sujetos de pleno derecho, autoafirmarse y acabar definitivamente con la rabia.

From: La Vanguardia. Internacional.