11 de julio de 2016

Videos procaces, por Silvia Ons

 
Hace poco se difundió la noticia de una mujer que mató a su amiga –no todo es violencia del hombre contra la mujer– porque temía que le arruinase la fiesta de casamiento al exhibir un video erótico que la comprometía.

En un programa televisivo, un conductor mostraba con picardía un pendrive donde guardaba el material secreto de algún “famoso”, para así despertar la curiosidad de la audiencia. Prometía que lo haría público después del corte publicitario, excitando el goce voyeurista del televidente.

El hackeo de los videos almacenados en las computadoras o en el celular está a la orden del día y, a menudo, estas imágenes devienen “pruebas del delito”; otras veces, lejos de los hackeos, son los propios protagonistas quienes los filtran para publicitarse.

Tal como lo desarrollé en Violencia/s, el gran goce de la época consiste en develar todo aquello que está “por detrás”, la fascinación por los backstages, la complacencia voyeurista por Gran hermano, la impulsión por exhibir fotos con procacidades sexuales, los chismes artísticos (proliferan los programas “especializados” en ese rubro) y todo aquello que muestre lo que hay detrás de bambalinas1. En otro orden, lo mismo se revela en el deleite por sondear qué hay detrás de la vida de un gran hombre –y no me refiero a un “famoso” sino a alguien destacado en el campo cultural–, qué secreto guarda, cuáles son sus debilidades, sus aventuras libidinales, etc. Con el pretendido lema de hacer aparecer los aspectos más humanos de las figuras relevantes, subyace el placer mórbido de rebajar la imagen, metafóricamente, “mostrar su trasero”, igualarlo al de todos.

Al goce por develar los “traseros” se le suma la tecnología que permitirá verlos y, en este sentido, cabe preguntarse si no es esta misma la que lo causa. Tradicionalmente se consideró que el sujeto dirige su intencionalidad al campo de los objetos, en una suerte de direccionalidad que va desde el interior al exterior. El mundo permanece en su lugar como un afuera y es la conciencia la que se orienta a lo que habita en el mundo. Así, Jean-Paul Sartre recuerda las palabras de Edmund Husserl: “La conciencia es conciencia de algo”2. Lacan combate la concepción de que un sujeto tenga por delante un objeto al que apunta, ya que tal idea oculta que es el objeto mismo el que puede causar tal orientación allí donde el sujeto se cree dueño de la percepción3. Así, las imágenes televisivas, el celular, la computadora captan nuestra mirada y, si en algunos casos producen adicción, es porque allí el sujeto queda tomado, al modo de lo que le ocurría a Charles Baudelaire con el opio: “Soy fumado por la pipa”.

Las cámaras y aparatos que pueblan nuestro mundo virtual y que están tan incorporados a la cotidianidad, carecían antaño de la liviandad con la que hoy son tomados.

Basta considerar todo el tiempo que llevó incorporar las lentes en su utilidad para corregir los defectos oculares4. Seguramente inventadas por algún vidriero que las construyó por azar, fueron rechazadas por los ámbitos cultos.

El nombre “lentes” significa “legumbre”, “lenteja”; es vulgar y bastaba por sí solo para colocar fuera de los círculos elevados el origen del objeto indicado. Nacieron en entornos diferentes y fueron rechazadas, juzgadas indignas; no se habló de ellas por más de tres siglos y aún a comienzos del siglo XVII la ignorancia de los científicos era casi completa, como su desconfianza respecto de los primeros anteojos construidos por simples artesanos. Fue necesario el genio de Galileo5 para sacudir este prejuicio, pero es posible encontrar en él la extrañeza respecto de un cristal que es considerado engañoso respecto de la verdad.

El cuerpo y la máquina

Esos prejuicios precientíficos captaban, a su manera, el carácter foráneo del aparato creado por el hombre. Pensemos en el poder que se le atribuía inicialmente a la cámara de fotos como arrebatadora del alma. Un discípulo de Freud, el psicoanalista Viktor Tausk, se refirió a la importancia de la “máquina de influencia” en las psicosis6. Es que en estos cuadros, los aparatos tecnológicos pueden ser vividos como capaces de alterar el cuerpo de los sujetos. Dice Tausk: “A medida que la difusión de las ciencias técnicas progresa se comprueba que todas las fuerzas naturales domesticadas por la técnica contribuyen a explicar el funcionamiento de este aparato, pero todas las invenciones humanas no alcanzan para explicar las notables acciones de esta máquina por la que los enfermos se sienten perseguidos”.

El aparato de influir –afirma Tausk– provoca los siguientes efectos: presenta imágenes a los enfermos; produce y roba los pensamientos y los sentimientos, gracias a ondas o rayos; genera actos motrices en el cuerpo del enfermo, como erecciones o poluciones, también sensaciones, y es responsable de otros fenómenos somáticos.

Una paciente paranoica sentía que el televisor emitía imágenes y voces sarcásticas dirigidas a ella. Otro paciente decía que de la radio emanaban mensajes destinados a él y que Internet irradiaba luces que lo penetraban. Se dirá que se trata de una locura, y es cierto, pero esa locura habla de la influencia que, sin llegar a este plano delirante, tiene el mundo virtual sobre nosotros y que es desapercibida. ¿No son hoy las páginas pornográficas de Internet las que estimulan los actos onanistas? Freud utiliza la metáfora del cristal para explicar la diferencia entre neurosis y psicosis, ya que cuando el cristal se rompe –la psicosis– lo hace siguiendo sus articulaciones normales. Su idea es que desde las desfiguraciones y exageraciones de lo patológico se puede colegir la simplicidad aparente de lo normal.

Tausk advierte que, en la psicosis, los aparatos que ejercen influencia están íntimamente relacionados con el cuerpo del paciente, y que la dimensión exterior-interior se esfuma. Sin ir a estos extremos patológicos, cabe reflexionar sobre la manera en que nombramos los cuerpos: cuando se quiere dar cuenta de un gran estado de excitabilidad, se dice que alguien está “eléctrico”, aludiendo así a un cuerpo que ya no semeja lo humano. Asimismo, cuando se habla de un máximo rendimiento, se dice de alguien que es “una máquina”, “un avión” o “un motor”. Ponerse en carrera es tener “pilas”, y se demanda que se las ponga a quien “se cuelga”, como se dice de la computadora. “Bajar un cambio” es un dicho corriente de alguien que está muy acelerado, como un motor; “desacelerá” va en la misma dirección. “Reponé el motor” es una frase empleada como consejo de descanso y “es hora de que arranques” cuando se descansa demasiado. Los alimentos de consumo y los medicamentos vitamínicos no acentúan tanto el bienestar sino la potencia en términos de energía.

Detengámonos en los mensajes publicitarios, en las ofertas de consumo, en el marketing de nuestros días, para observar de qué manera todo está orientado no tanto a vivir mejor sino a hacerlo más intensamente. Paul Virilio muestra que ello equivale a tratar lo viviente como motor, máquina de acelerar constantemente7. El poder tecnológico afecta la manera de vivir, el cuerpo y la psicosis, bajo la forma delirante, así como los prejuicios precientíficos hablan de esa afectación.

Pero, sin profundizar en esos prejuicios, ubiquemos algunas de las formas en las que inciden en nuestras vidas, vidas sin secretos y sin silencio.

El valor del secreto

Cuando yo era adolescente, en ocasión de algún desborde verbal, una tía querida me decía que contase hasta diez antes de hablar. Este consejo de la sabiduría popular tiene sin duda su raigambre en la virtud de la prudencia, tan destacada por Aristóteles, que entra en contraste con los imperativos del mundo actual, que nos compelen a dar rienda suelta a los impulsos sin tregua y sin la necesaria pausa que implica el callar.

Detengámonos en la rapidez con la que se insta a dar una respuesta inmediata a lo que se pregunta en temas imposibles de explicar en un minuto. Observemos la secreta atracción que impulsa al zapping, que reemplaza incluso el deseo de ver una buena película. Notemos de qué modo la velocidad se revela en la prontitud con la que se nombran ciertas situaciones. Por otro lado, contar absolutamente todo se ha transformado en un deber: los programas televisivos muestran que los confesionarios han devenido lugares públicos. La tecnología anula los espacios que estaban confinados al silencio; lejos ha quedado la muchedumbre silenciosa, que hoy transcurre acompañada por los infaltables celulares, hablando o enviando mensajes de texto insustanciales. Recuerdo un viaje en tren de Roma a Florencia que hice hace ya algunos años. Subí al andén con un joven que acababa de despedirse de su compañera; no bien nos acomodamos en los asientos, tomó su celular para decirle a la chica que estaba ubicado frente a la señora con pantalón verde que había estado cerca de ellos en la estación. Al escucharlo me inquieté: viajaba sola y temí por mi seguridad. Pero mi paranoia se disipó cuando advertí que el mensaje no contenía ninguna intención, era una pura descripción de detalles triviales, algo mecánico para proseguir el contacto con la joven.

Heidegger destacó que el hombre hundido en la temporalidad moderna no puede detenerse, es ávido de novedades, propenso a las habladurías y a comprender todo sin previa apropiación de las cosas. La consecuencia es su falta de paradero como nombre del desarraigo. Cuando lo privado deviene público, los sujetos pierden su morada. Ya lo dice el proverbio: “El hombre es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras”. Entonces, se debe hacer un elogio del callar, pero no oponiendo ese silencio a la palabra. Por el contrario, es necesario callar para bien decir y para que el habla no sea esa catarata verbal en la que el hombre se extravía. O, en palabras de Lacan: “Un discurso no es solo una materia, una textura, sino que requiere tiempo, tiene una dimensión en el tiempo, un espesor. No podemos conformarnos en absoluto con un presente instantáneo”8.

La infidelidad controlada

El tema del hackeo de videos nos lleva a una pregunta que trasciende este acto delictivo: ¿existen acaso videos privados? Ya el ojo de la cámara quiebra la ilusión de espacios íntimos: hay algo que se muestra, la reserva desaparece.

Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, dijo: “Hay que romper el lazo entre el secreto y lo íntimo, porque ese lazo es una herencia obsoleta del pasado”. Por su parte, Eric Schmidt, gerente general de Google, señaló: “La preocupación por preservar su vida privada ya no era de todos modos una realidad más que para los criminales”. Julian Assange, creador de Wikileaks, dijo que había terminado el tiempo de los secretos de Estado. Los amos de la Web no tienen escrúpulos a la hora de profetizar el devenir de nuestros tiempos como el de la era de la transparencia.

Analizaremos algunos de los efectos que esto tiene sobre los sujetos, y en los lazos amorosos y sociales.

Cada vez parece más difícil la convivencia de las parejas: resulta menos prolongada y la relación amorosa se deshace más rápidamente. Siempre se supo que la excesiva proximidad era enemiga del amor, pero quizás lo nuevo sea la fugacidad con la que tal vecindad afecta el vínculo, al extremo de romperlo prematuramente. ¿No es acaso el valor otorgado a lo “nuevo” lo que lleva a que los sujetos no soporten la inevitable caída del enamoramiento dado por la convivencia? El culto por lo nuevo es la nueva forma sintomática del malestar en la cultura; claro que cada día algo nuevo se mantiene menos nuevo y menos tiempo: los objetos se reemplazan por los últimos modelos. Tal devoción incide notablemente en los lazos amorosos: ante la menor decepción, lo “nuevo” será siempre visto como mejor. Así, esta época como ninguna predispone a la infidelidad.

Detengámonos en los mensajes publicitarios, en las ofertas de consumo, en el marketing de nuestros días, para observar de qué manera todo está orientado no tanto a vivir mejor sino a hacerlo más intensamente. Resulta interesante observar cómo nos acechan las exigencias de felicidad, las imposiciones de dicha. Son esos imperativos los que propician la búsqueda de “nuevas aventuras” con la ilusión de encontrar el goce que falta. Al mismo tiempo, podemos decir que si esta época predispone como ninguna a la infidelidad, es quizás la época en que menos se la tolera y en la que más se la controla. Facebook y el celular quiebran los espacios antes secretos, provocando infinidad de separaciones.

El ojo que nos mira

El voyeurismo está siempre presente en nuestra época. Ya Guy Debord decía que en la sociedad del espectáculo aparece un nuevo valor, que no es el del ser ni del tener, sino el de aparecer9. La importancia de la imagen también había sido pensada por Heidegger, cuando en la década de 1930 escribió su conocido ensayo “La época de la imagen del mundo”, en el que afirma, luego de explicar cómo cada época se basa en una interpretación distinta de lo ente, que lo que caracteriza a la modernidad es el mundo como imagen.

Heidegger dirá que toda la metafísica moderna se mantiene en la interpretación del ente iniciada por Descartes 10.

Se trata de una metafísica donde el hombre se convierte en el centro de referencia del ente en cuanto tal, y esto es posible en tanto el mundo ha devenido imagen. Imagen del mundo significa no tanto calco, sino “estar al tanto de algo”, situar a lo ente mismo ante sí para ver qué ocurre con él y mantenerlo siempre ante sí en esa posición. Imagen del mundo significa concebir el mundo como imagen.

Considero que actualmente a ello se le agrega el mundo como “ojo” y que Lacan se anticipó sabiamente cuando diferenció la visión de la mirada. Una mirada está presente más allá de lo que podemos ver, una mirada a la que se le entregan los videos, las fotos, lo que antes era privado; una mirada que ejerce un control sobre las existencias y que llama a los impulsos convocándolos. En este sentido, en esta época de supuesto libertinaje hay muy poco espacio para la libertad, pese a que se crea lo contrario, puesto que la libertad del secreto ha desaparecido. Hay un momento en la vida del niño que tiene suma importancia y es aquel en el que puede mentir, ya que en esa mentira comprueba que sus padres no lo conocen integralmente, que es distinto, otro. En el siglo de la transparencia, se pierde esta dimensión de opacidad necesaria, margen para nuestra libertad. Así, cuando la misma pareja filma un video erótico, las puertas que preservaban su intimidad se han abierto, el ojo de la cámara ha entrado en el recinto privado para captar el secreto del goce. Las cámaras que pueblan el mundo, esos dispositivos que Foucault pensó como el panóptico en las cárceles y la vigilancia al servicio del poder11 que están ahora presentes en torno a la sexualidad, que ha perdido su carácter velado, ¿no son acaso nuevos dispositivos de control?

Una magnífica serie llamada Black Mirror muestra, en su tercer episodio, la influencia de un invento revolucionario que cambia la forma de vida de los ciudadanos: un miniordenador implantado bajo la piel tras la oreja que graba absolutamente todo lo que una persona ve durante el día. Basta activar un botón para acceder a las imágenes.

Se puede proyectar en cualquier pantalla, todos pueden verlo o su portador revisarlo sin la presencia de otros. Es tan común como lo es hoy el celular y se implanta desde el nacimiento. En ese aparato se centrará la crisis de pareja de Liam y Ffion. A partir de una reunión de amigos, Liam empieza a analizar cada escena grabada entre su mujer, Ffion, y su ex novio, Jonas: cada gesto, cada intención, cada insinuación oculta, una y mil veces, hasta la resolución final. Las imágenes confirman una y otra vez que ella lo engaña con Jonas; son gestos que nada probarían con certeza, pero Liam no ha borrado las filmaciones eróticas de la relación. Liam llega a pensar que el padre de su hijo es en realidad el ex amante, y cae en una suerte de locura en la que las palabras de ella ya no alcanzan: lo que cuenta son las grabaciones. El aparato comanda la vida de los sujetos; cuando se presiona el botón, los ojos de los protagonistas se tornan blancos y vidriosos sin parpadeo, como si perdiesen la dimensión humana y adquiriesen el carácter de una cámara. Finalmente, de manera sangrienta y frente al espejo, Liam se extirpa el aparato cortándose la cara. La serie invita a variadas reflexiones; el miniordenador es llamado “grano” y no tiene exterioridad respecto del cuerpo, para ser entonces el mismo cuerpo tan virtual como las imágenes.

Se sabe que Vicent van Gogh perdió parte de la oreja izquierda, pero hay diferentes versiones sobre el hecho: se dice que fue Paul Gauguin quien lo agredió luego de un altercado y que él mismo se mutiló. No importa cuál sea la verdadera; lo cierto es que en su Autorretrato con oreja vendada, Van Gogh se representa fumando una pipa, transmitiendo una sensación de sosiego, en una composición en la que predomina tanto el equilibrio cromático como el de los elementos iconográficos. ¿Acaso las voces que escuchaba no actuaban como si formaran parte de su cuerpo y la manera de hacerlas callar transitoriamente fue hacerse el corte? Si, para Lacan, la realidad se constituye gracias a la extracción del objeto, que adquiere de este modo su marco, en la psicosis tal operación no se produce. Entonces, lo que esta serie indica es la manera en la que la tecnología puede funcionar como un objeto enquistado en el sujeto. Ya no como el objeto transicional descrito por Donald Winnicott ubicado en el “entre” el sujeto y el Otro, del que el niño se separa eyectándolo, sino como pieza adosada al cuerpo, cuya extracción lleva al corte.

Notas:
  1. Ons, S., Violencia/s.
  2. Sartre, J.-P., “Une idée fondamentale de la phénoménologie de Husserl: l’intentionnalité”, en Situations I, París, Gallimard, 1947.
  3. Lacan, J., El seminario, libro 10: La angustia.
  4. Ronchi, V., Storia della luce. Da Euclide a Einstein, Bari, Laterza, 1983.
  5. Galileo fue el primero en el mundo de la cultura y de la filosofía que llegó a la conclusión de que se debía creer en lo que veía el anteojo. Con esta premisa lo dirigió al cielo haciendo descubrimientos asombrosos. Se inaugura entonces el tiempo de un ojo exterior al sujeto.
  6. Tausk, V., “De la génesis del aparato de influencia durante la esquizofrenia”, en Obras psicoanalíticas, Buenos Aires, Morel, 1977.
  7. Virilio, P., El arte del motor, Buenos Aires, Manantial, 1996.
  8. Lacan, J., El seminario, libro 5: Las formaciones del inconsciente.
  9. Debord, G., La sociedad del espectáculo, Buenos Aires, La Marca, 1995.
  10. Heidegger, M., “La época de la imagen del mundo”, en Caminos de bosque, Buenos Aires, Alianza, 2005, pp. 6378.
  11. Foucault, M., Vigilar y castigar, Buenos Aires, Siglo XXI, 2012.
From: Página12.

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