3 de julio de 2016

LACAN COTIDIANO. «Open the borders!» El inconsciente es la política, la crónica de Réginald Blanchet




«Open the borders!»
El inconsciente es la política,
la crónica de Réginald Blanchet

El miedo, esa pasión devastadora bien anclada en su historia por haber sido millones de veces su tormento, se adueña nuevamente de Europa. El miedo cerval(1). Todo el mundo se había dado cuenta de ello, incluso aunque no le hubiera afectado personalmente, a la vista de las señales de la desintegración de la Unión europea confrontada a los dilemas de lo que se ha convenido en llamar "la crisis migratoria" (2). 

La Europa cercada por las guerras y la miseria alrededor, ella misma presa de los efectos de la adversidad económica y política, situada de repente al alcance del flujo de masas de refugiados, expulsados de sus casas, se ha visto atenazada, entre el rechazo de la coerción para devolverlos y la reprobación creciente por parte de su propia población de una política de acogida, de la que teme las consecuencias al considerar que no dejarían de perjudicarla.

La Unión europea ha vacilado peligrosamente. Schengen, la convención sin duda más elocuente de la Unión, ya no está verdaderamente en vigor, la libre circulación de personas en el seno del espacio europeo se ve entorpecida, si no suspendida, por los Estados del Este europeo. Pero es sobre todo el espectáculo de la impotencia comprobada de la Unión profundamente dividida, e incapaz de tratar un problema que en realidad la sobrepasa, sea en opinión de los expertos la mayor crisis migratoria a escala planetaria desde la Segunda Guerra Mundial, que siembra la inquietud y suscita el desconcierto general.

La demanda de seguridad es, "ellos o nosotros"

A decir verdad, es la propia Unión, su concepto y sus instituciones, la que se ha puesto de repente a hacer síntoma ruidosamente. Aparece de ahora en adelante condenada a la desaparición, salvo una reforma en profundidad. Pero es precisamente la verosimilitud misma de ésta última, la que en el espacio de unos meses ha aparecido definitivamente fuera del alcance. El federalismo, o más modestamente algún progreso consecuente en su dirección, parece en efecto responder al orden del soñar despierto. Los pueblos lo reprueban y en su condición actual el proyecto europeo es impopular. El declive parece avanzar a paso vivo. Los europeos se desgarran, el egoísmo nacional recobra sus derechos, los países cierran sus fronteras, levantan muros y despliegan alambradas.

En realidad es la guerra, que no se presenta como tal, hecha a los emigrantes para asegurar la tranquilidad y la seguridad de sus ciudadanos. Ahí está toda la cuestión: éstos se sienten amenazados. Experimentan cada vez con más fuerza el peligro que amenaza a medida que aumenta su demanda, cada vez más exorbitante de seguridad. Ya no se trata, según el análisis de Zygmunt Bauman(3) de la demanda de seguridad que pretende que el seguro se haga cargo del coste de los daños que golpean a individuos y grupos en la sociedad democrática de Occidente, sino de la exigencia de desaparición del riesgo mismo, de la obsesión por la seguridad exigida como arma absoluta. Ahora bien, una demanda así es imposible de satisfacer. Acorde a su decepción es el pánico quien gana. Cualquier riesgo es sinónimo de peligro y cualquier peligro es amenaza vital. La impotencia para pararlo es fuente de pánico, la conmoción se generaliza y el desorden emocional se convierte en pandemia. La sociedad tiembla en sus cimientos. Y es el propio lazo social el que se abole en el no-sentido. De manera que la crisis migratoria, si de eso se trata, es primero una crisis de ideología de seguridad que de aquí en adelante constituye el habitus de nuestras sociedades.

Ahora bien, es la demanda infundada de seguridad la que alimenta la situación actual de la subjetividad occidental cuando se ve confrontada con el desorden del mundo. La Política que resulta de eso a nivel del Estado y de los gobiernos, no hace más que traducir este estado de hecho y redoblar su dinámica. ¿De qué está hecho el rechazo al emigrante que expresa de manera vehemente una parte significativa de nuestros conciudadanos? De su miedo. Del miedo que experimentan por su supervivencia. Es lo que dice la advertencia, papeleta de voto en mano, a sus dirigentes: "son ellos o nosotros"; la amenaza, ese "ellos", también el mal; son ellos los que invaden nuestro espacio vital y suponen una amenaza; el peligro es el de desaparecer "nosotros mismos". Es la profecía del "grand remplacement"(NT1) propagada por los identitarios(NT2) de cualquier obediencia; los migrantes, esos que hoy irrumpen en nuestras fronteras y los que desde hace mucho tiempo se han establecido entre nosotros, nos arrebatarán a la larga nuestros territorios y se impondrán como amos: definirán nuestro modo de vida y nos dictarán la ley.

En fin, se ve que el Otro que da miedo en este caso no es cualquiera. No es el Otro tomado en su generalidad de alteridad diferencial, el Otro invocado en la problemática del "restablecimiento de oposiciones simbólicas", aquí "ellos/nosotros" y su valencia imaginaria, ("él, es él; yo, soy yo")(4), es el Otro invasor, que evidencia el rumor del "grand reemplacement", que pretenden apresar las alambradas colocadas con extrema urgencia como barrera a las hordas que desembarcan por millones de ahora en adelante en nuestras orillas y ocupan nuestros territorios. Es el Otro que tiene nombre de migrante, y religión, el islam.

El migrante, ángel exterminador

Dos características le ponen cara al peligro que viene y hacen de él el objeto privilegiado de nuestro pánico. Es el representante vivo, visible, de la globalización, que despoja al Estado Nación del ejercicio de su soberanía. Ésta se desvía a un nivel transnacional. De manera que ni los ciudadanos ni sus gobiernos nacionales son verdaderamente libres en su política. Dependen de un orden y de las interacciones que ahí se anudan con las consiguientes deficiencias. Así que hay que analizar la crisis migratoria como crisis de la soberanía nacional, con su nombre, decadencia. El refugiado es mártir viviente de ello, víctima en su tierra de guerras civiles ampliamente internacionalizadas. Su voz no cuenta, no decide, es el resto, el paria de este orden fuera de su control. Ya se le llame emigrante "económico" o refugiado "político", la distinción ha perdido la pertinencia que podía tener en el siglo pasado –aparece como el producto de este orden nuevo en el que nadie está nunca en su tierra: residiendo en su propio país nunca lo habita propiamente. Las fronteras pasan al interior del espacio nacional y deshacen su unidad. El Otro ya no está confinado en el exterior ni mantenido a distancia en el interior. Es, por decirlo así, el reino compartido de lo éxtimo.

Pero precisamente la otra cara del inmigrado le hace aparecer como el ángel que hace recaer sobre todo el mundo la amenaza de ser algún día a su vez el dejado de lado por el orden implacable de una globalización fuera de control en lo esencial. El errante podría incluso transformarse en ejecutor armado de la amenaza si se le ocurriera rebelarse contra un orden insoportable, y atentar contra su equilibrio, ya desfalleciente.

De estas dos maneras, es en tanto que cuerpo como se convierte en amenazador. Ocupa demasiado sitio al ser concebido como cuerpo. Se le reprocha su visibilidad en el espacio público. Es también, en las profecías apocalípticas, como cuerpo viral que desintegra el cuerpo social por lo que se le pone en la picota y se le mantiene en cuarentena. La alambrada no dice otra cosa: hace falta captar directamente del cuerpo estos factores de riesgo, estos cuerpos a los cuales podría ocurrir que nos redujéramos nosotros mismos algún día por nuestra parte. Estos cuerpos sirven de carne de cañón de un nuevo estilo de política de un gobierno que amenaza a toda Europa con ahogarla por su gran número a menos que satisfaga sus peticiones. Es el objeto a de la globalización: poblaciones excedentes, abandonadas por cualquier Organismo utilitario, y en consecuencia objetos y sustancias de goce, cuando éste define por excelencia el orden de lo inútil.

El síntoma obsidional de Europa

La frontera, consolidada por el muro o fortificada con alambradas, no señala simplemente la separación y el rechazo del invasor. Indica el repliegue defensivo sobre sí, y en el fondo el deseo de aislamiento de esos que entienden protegerse de él. Son las dos caras del síntoma obsidional de la que constituye por así decirlo el "envoltorio formal" (Lacan). En esta ocasión, la frontera no se apoya en su eficiencia funcional tanto como en la teatralización que realiza del discurso de seguridad. Constituye propiamente la subjetividad idónea para este último: la subjetividad aterrorizada que ya no requiere formar sociedad y territorio más que encerrada entre cuatro paredes contra el enemigo que la acosa. Es su defensa, su obsesión de inmunidad contra el Otro agresor que la constituye como Una y le proporciona satisfacción. Ésta se desprende del goce de Uno contra el Otro, de un Uno que pretendería ser sin Otro. Pero esto por sí solo revela lo imposible de este Uno que no podría actuar por sí mismo sin la referencia al Otro, y solo puede pues constituirse alterado en su principio. Esto es lo que el muro -frontera levantado en su tecnología rudimentaria trata de conjurar. Pretendiendo ser barrera impermeable a lo múltiple del Otro que invade, constituyéndose como asediado, se realiza como unidad al abrigo del Otro. Pero es para revelarse enseguida como pura ficción, porque el Uno aquí es estricta función del Otro, del Otro que le asalta. Solo se constituye según la amenaza de éste. Es decir, pretendiendo eximirse del Otro, esta modalidad del Uno se rige por el imposible lógico.

Se sostendrá que la instancia perseguidora que extiende su férula sobre nuestras sociedades atemorizadas, no es ni el Uno ni el Otro tomado aisladamente sino lo imposible que los mantiene juntos: lo imposible para el socius de ser Uno sin el Otro, lo imposible para el Otro de ser sin su limitación por el Uno. Es este doble imposible lo que cerca a nuestras sociedades. Es él el que está al principio del síntoma obsidional que se propaga a escala local como epidemia típica de la era de lo global. El miedo cerval que se ha apoderado hoy de nuestras sociedades occidentales ante el seísmo migratorio, no es otra cosa que el reverso de nuestra pasión por el Muro: se erige contra el Otro agresor por el Uno que se encierra en su fortaleza inexpugnable. Que se convierte también en su prisión.

El afecto del odio cuyas erupciones se constatan regularmente en el lazo social, es aquí el afecto de lo imposible cuando toma valor de impotencia subjetiva. El odio en este caso no es simplemente odio del Otro, ni incluso primeramente, si no igualmente odio de sí, siempre y de manera indestructible. Su figura emblemática sería el yihadista que se hace explotar en el mismo movimiento que a sus víctimas. Su odio es el odio de lo imposible que le persigue por no poder ser sin el Otro hasta en la muerte.
¿No estaría ahí el valor profético del grito que aumenta en nuestro vecino lejano y hace que se escuche que nos corresponde a nosotros hacer accesible al Otro que podrá así alcanzar alguna Unidad viable, ya sea arreglándoselas con lo imposible o de otra forma, y que mata cuando su rechazo alimenta el goce colectivo? Open the borders! Querrá decir también desde entonces deshacer las murallas del ostracismo, que lanza sobre las rutas de la desesperanza esos flujos de poblaciones expulsadas de su tierra por lo imposible de soportar del Uno totalitario en conflicto armado con el Otro, el enemigo interior –el apóstata o el oponente político cuando no el Otro culto, idólatra por esencia, o el Otro mundo, reino satánico de la disolución moral y potencia maléfica de todas las dominaciones y humillaciones del orden global.

Atenas, 15 de abril de 2016


NT
1 Grand remplacement: Exaltada por los grupos identitarios, esta teoría, con gran eco en la extrema derecha, y cuyo autor es Renaud Camus, designa la posible sustitución de la población francesa por inmigrados no europeos.

2 El identitarismo representa una corriente del nacionalismo europeísta surgido a finales del siglo XX. Promueve la preservación de los pueblos y de sus respectivas culturas, con vistas a un desenvolvimiento basado en el Derecho a las diferencias. Ampliar en www.es.metapedia.org


Notas:

1 : La referencia clásica sigue siendo Jean Delumeau, "La peur en Occident (XIV e -XVIII e siècles). Une cité assiégée", Paris, Fayard, 1978.

2 : Cf. "Crise des réfugiés : l'Europe vit un moment historique", Le Monde, 26 de febrero de 2016, editorial escrito antes del acuerdo cerrado en lo esencial entre Alemania y Turquía, el 20 de marzo.

3 : Zygmunt Bauman, "Le présent liquide. Peurs sociales et obsession sécuritaire", Paris, Seuil, 2007.

4 : La axiomática aquí es débil: apropiada para explicarlo todo del régimen simbólico de las sociedades reguladas en el Nombre-del-Padre, no explica nada. Es en realidad lógicamente inconsistente: fundado en la lengua, el orden simbólico es por construcción diacrítica. La diferencia, prevaleciendo sobre el modo menor de la distinción, y la frontera, aunque fuese porosa y diseminada, es de estructura. Lo mismo que la identidad, aunque "líquida" y pluralizada. Importantes, en cambio, son los significantes-amo que ordenan el lazo social. Se escogen por ellos mismos y por el modo de goce del que son los operadores, no primeramente con el fin de instituir su diferencia con el el Otro sociedad. Ésta se deriva de ello de forma natural.


Traducción: Fe Lacruz

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