12 de julio de 2015

Del síntoma de la identificación a la identificación al síntoma, por Celso Rennó Lima

En la transferencia, el analista es el sujeto supuesto saber y no es errado suponerlo, si él sabe en qué consiste el inconsciente por ser un saber que se articula con lalengua, no anudándose a él el cuerpo que allí habla sino por lo real con que se goza.
Jacques Lacan ("La tercera", en Intervenciones y textos 2, Manantial, Buenos Aires, 1988, p.89)

Un sujeto entra en análisis por la vía de la transferencia y, consecuentemente, con la instalación del Sujeto supuesto Saber que es el pivote de aquello que Freud llamó síntoma analítico.

Esta vía pone en juego el rasgo del “Ideal del yo” y su articulación con la identificación ofrecida por el “yo ideal”. Esta posibilidad de identificación, que se califica como identificación al padre, sucede porque el Sujeto supuesto Saber sólo hace nombrar, explicitar el efecto de sentido que viene del Otro. En contrapartida, el sin-sentido es lo que permanece separado del Otro, quedando silencioso en este proceso de proliferación de sentido a partir del SsS. Este sin-sentido, que habita el núcleo del fantasma, es el responsable de la parálisis del sujeto frente a una frase. En el ejemplo que Freud construyó, la frase es: Pegan a un niño. El sujeto se detiene frente a ella, en el ansia de restablecer un eslabón perdido entre el sin-sentido que ella indica y el Otro del discurso. Esta frase, podemos decir, vale por un significante unario, un S1 que lleva al sujeto a inquietarse, a buscar otro significante que pueda hacer las veces de S2, estableciendo un sentido cualquiera. Pero existe, en este punto, una paradoja pues este S1, además de no pedir otra palabra u otra frase, un S2, se niega a eso.

Un Sujeto supuesto Saber, por ende, designa la presencia de un significante, es decir, indica un efecto de sentido, en tanto lo que denominamos sentido-gozado (jouis-sens) es lo que no puede ser traducido en significantes, pero se desliza bajo el sentido de la cadena significante, impregnando las respuestas del sujeto con el sin-sentido. Este sentido-gozado no es supuesto, es experimentado.

Para aproximarnos a este sentido-gozado, que está en el corazón de nuestra cuestión en este camino que va del síntoma de la identificación a la identificación al síntoma, será necesario distinguir el sentido-gozado, de lo que le permite acceso en la teoría analítica: el fantasma. Fantasma que está, de alguna manera, articulado al Otro.

Partiendo del piso inferior del grafo: A-->s(A), podemos seguir a Lacan y buscar la posición del Otro en el efecto de sentido, cuando se trata del fantasma:

A/-->($<>a)

A-->s(A)

En estos dos esquemas, que nos proporciona Miller en su Seminario Los signos del goce, podemos percibir una diferencia fundamental que se presenta en relación al Otro. En tanto en la relación de sentido tenemos un Otro sin barrar -lo que indica la alienación- el Otro que corresponde al fantasma es un Otro modificado, un Otro barrado -que designa la separación. En esta perspectiva el fantasma se sitúa como lo que responde, en el sujeto, a la angustia producida por la presencia del deseo del Otro. La barra sobre este Otro es lo que nos dice que él es deseante. El fantasma puede, inclusive, ser considerado como la puesta en escena del deseo del Otro o, más específicamente, la escena que nos dice cómo es la interpretación que se hace del deseo del Otro. Es por ello, tal vez, que podemos decir, con Lacan, que el fantasma fundamental es la puesta en escena de los significantes primordiales del sujeto.

Podemos leer lo que acabamos de escribir, citando a Jacques-Alain Miller cuando se refiere al grafo del deseo, de la siguiente manera: “No existe práctica analítica sin que el efecto de sentido esté parasitado por el efecto del sentido-gozado”[1]. Esta afirmación implica una posición ética del analista que se puede traducir, en términos freudianos, en la atención flotante del analista que deberá ser capaz de captar lo que se presenta como sin sentido dentro de todo el sentido que la palabra ofrece a la comprensión para, exactamente, evitar que el síntoma de la identificación se venga a perpetuar. Así, todas las veces que manipulamos el significante, se produce sin sentido en el sentido a comprender, al mismo tiempo que se lo transforma en sentido para gozar. Este sentido para gozar es lo que nos va a tocar de alguna manera, por ejemplo en el chiste, en cuya estructura Lacan se inspiró para construir el dispositivo del Pase. De una manera simple, podemos decir que el momento del pase se define por una transformación de un significante que, destacándose del conjunto pleno de sentido, va a producir un sin-sentido, diciéndonos de un pequeño trozo de real que retorna al sujeto, desplazándolo de la posición que hasta entonces sostenía. Este es el momento en que se produce un significante nuevo, capaz de transmitir lo que del sin-sentido, o mejor aún, lo que de este encuentro con lo real, fue elaborado. En otras palabras, es el momento en que el cuerpo del significante permanece como un decir que estaba olvidado tras los dichos.

Otra elaboración se impone en la medida en que trabajamos con la perspectiva del fantasma como una formación imaginaria[2] que se viste de goce, siendo éste del orden de lo real:


($<>a)
a

Dos vertientes pueden ser destacadas de la fórmula del fantasma a partir de la perspectiva del objeto a: una dice respecto al objeto a en su función de dividir, la otra, inversamente, en su función de completar.

Si hay falta en el Otro, e inclusive falta del Otro, el fantasma estaría allí para hacer de tapón. Desde este punto de vista, la idea de un atravesamiento del fantasma implicaría la superación de lo que tapona la falta en el Otro para, consecuentemente, acomodarse a ella.

Ahora, la propia escritura de la fórmula del fantasma hecha por Lacan, implica esta vertiente del taponamiento, de un sujeto que, como falta en ser, se ve compelido a buscar una figura imaginaria, el objeto a, para completarlo. Incluso cuando Lacan trata el objeto a como real, la problemática del taponamiento persiste. En tanto, paso a paso, otra vertiente se va imponiendo, inversa a la anterior: el objeto a no tapona sino divide, barra. Esta división es la que va a servir de punto de partida al discurso del analista, donde el objeto a va aparecer como divisor y no como tapón:

a  -->  $
S2  //  S1

Esta nueva perspectiva nos abre el camino para aclarar que (cito a J.-A.Miller) “...cuando se trata del objeto a como divisor, cuando lo que está en juego no es la escenificación del fantasma sino el goce que lo habita, no puede afirmarse que a es sentido gozado, efecto de sentido, porque -y aunque sólo sea por esta razón- lo escribimos como causa. Y cuando se le asigna al objeto la función de causa de la división del sujeto, quien a partir de entonces resultará sensible a los efectos de sentido, a no es un efecto. De modo que no lo convertimos en el efecto de sentido, sino en la referencia de los efectos de sentido y, más aún, en la referencia de los efectos de sentido gozados"[3] 
.
Lo que se transmite del momento del pase, por lo tanto, y que indica que un analista pudo advenir en el final de un análisis, es el cuerpo de la letra. Así, partiendo del síntoma de la identificación el sujeto va deconstruyendo la palabra hasta que ella pueda asumir el valor de letra, el valor de significante en tanto escrito: S (A/). "El S, el verdadero significante de A/ -lo que queda del significante una vez que se ha eliminado la palabra..."[4]. Esta es la escritura que permite al ser hablante sustraerse a los artificios del inconsciente, al mismo tiempo que deja claro lo que del inconsciente puede traducirse por una letra: "que el desciframiento se resuma a lo que constituye la cifra, a lo que hace que el síntoma sea ante todo algo que no cesa de escribirse en lo real..."[5].

Así, una nueva identificación puede acontecer, una identificación que no es al inconsciente. Identificarse al inconsciente está fuera de cogitación pues, como nos dice Lacan, "el inconsciente permanece, el inconsciente permanece Otro"[6]. La identificación de la que se trata, cuando hablamos del final del análisis, es a la letra del síntoma, aquella que, una vez roto el circuito pre-establecido por el sentido congelado del fantasma fundamental, podrá volverse un rasgo que desvela lalengua como cuerpo de lo simbólico[7] y enlaza el cuerpo de lo imaginario al cuerpo de lo real haciendo consistir los tres términos, real, simbólico e imaginario. Ese es el camino que culmina en la transformación de la experiencia del fantasma fundamental, en pulsión, al restablecer el vacío del lugar del objeto pulsional.


 
Notas:
[1] Miller, J.-A., Los signos del goce, Paidós, Buenos Aires, 1998, clase del 6 de mayo de 1987, p.315
[2] Lacan, J., "Subversão do Sujeito...", JZE, Rio de Janeiro, 1998, pp.830-831
[3] Ibíd. n.2, p.318
[4] Ibíd., p.298
[5] Lacan, J., "La tercera", en Intervenciones y textos 2, Manantial, 1988, Buenos Aires, p.96
[6] Lacan, J., "L'insu que sait de l'une bevue s'aile a mourre", Seminario 1976-1977, inédito.
[7] "Nada por cierto nos da de entrada la idea del elemento, en el sentido que creo haber mencionado hace un rato, el del grano de arena[...]la idea del elemento, la idea acerca de que eso sólo podía contarse, y en este orden nada nos detiene: por numerosos que sean los granos de arena, ya lo dijo Arquímedes, por numerosos que sean, siempre los podremos calibrar -pues bien, todo esto nos viene tan sólo a partir de algo que no tiene mejor soporte que la letra. Pero también significa, ya que no hay letra sin lalengua" (Lacan, J., "La tercera", op.cit., p.95)

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