18 de julio de 2015

INCENDIS de Wajdi Mouawad, por Irene Domínguez


Hace un par de años tuve el privilegio de ver Incendis de Wajdi Mouawad, en el Teatro Romea de Barcelona, dirigida por Oriol Broggi y protagonizada por Clara Segura y Julio Manrique. En ese entonces, el impacto que me produjo fue de tal calibre, que no pude escribir ni una línea. Estaba en shock, me parecía imposible la aparición de semejante obra; después entendí que quizás lo imposible era precisamente su núcleo mismo. Ese impacto se mantuvo silencioso en mí, y tiempo después, su reestreno me dio la oportunidad de pensar algunas cosas.

Incendis es una reescritura lúcida y apasionante de la tragedia del Edipo de Sófocles en clave contemporánea. Se parece a una Odisea desplegada en los escenarios de nuestras guerras, un excelso trabajo de relectura de nuestro tiempo en donde la pregunta ¿quiénes somos? atraviesa la devastación de la historia contemporánea. Una nueva versión del héroe clásico encarnado en Nawal, una mujer campesina y analfabeta que, acompañada de las palabras de su abuela, huye de su tierra a los 15 años buscando el fruto del amor arrancado de su vientre al nacer, buscando la vida.

Los hechos dramáticos de la trama incluyen la historia de amor, el exilio, la guerra, las masacres entre pueblos hermanos, las violaciones, las torturas… es el horror, y frente al horror solo queda huir. Después, el hilo que vuelve sobre los hechos para tejerlos, es la búsqueda de la verdad de dos sujetos, Jeanne y Simon Marwan, hermanos gemelos, que se enfrentan, en el momento de morir su madre, al enigma de su existencia. La última voluntad de ésta es que busquen a su padre y a su hermano mayor –ignorados hasta el momento- y le entreguen a cada uno una carta. Será de este modo, -no sin antes atravesar una profunda crisis personal-, que cada hijo emprende la tarea ordenada por Nawal, su madre.

El odio, el silencio, la transmisión y el nombre recorren la estructura de la obra. Las últimas voluntades de Nawal muerta son oraculares. En vida calla, y muerta habla para que las futuras generaciones rompan el silencio. Pero eso que guarda el silencio, eso que no dice, sin embargo, va a tener que ser encontrado, es necesariamente el resultado de una búsqueda. La naturaleza de lo que recubre el silencio no es una información, no es solamente el dato de un hecho objetivo, sino que constituye la verdad más íntima para cada uno. Es la verdad del deseo que los trajo al mundo. Por eso el silencio en esta obra es majestuoso. El enfermero que cuidó a Nawal los últimos 5 años de vida, gravó su silencio en cintas de cassette. Ese silencio, puntuado por el ritmo de su respiración, funcionará como motor que empuja a un querer decir. Sus hijos emprenderán el viaje para hacerlo hablar. La obra es por tanto un homenaje a la palabra, al bien decir, un invite a combatir la ignorancia que vehicula la miseria y el odio.

El silencio es eso que transporta el tiempo, el tiempo necesario que cada cual necesita para ver, comprender y concluir. El silencio es algo suspendido, ahí, frente a nosotros, que aguarda el momento, que no sabe, que sufre sin llanto ni grito, que late y puntúa. El silencio en Incendis es también el lapso de tiempo necesario para poder colocar el nombre sobre la tumba del muerto. Porque para poder pervivir en la memoria de los otros hay promesas que deben cumplirse.

El nombre de la abuela de Nawal se escribirá cuando ella, su nieta, aprenda a escribir. Cuando el deseo de su abuela siga vivo a través de ella. “Vete de aquí, aprende a leer, escribir y contar y combatirás el odio”. Si Nawal no se hubiese hecho cargo de ese legado, el olvido hubiese arrastrado a su estirpe. De igual modo, el nombre de Nawal sobre su tumba solo podrá gravarse una vez cumplida la misión que encarga a sus hijos, la de buscar al padre y al hermano. Porque esa búsqueda les conducirá a saber quien fue ella, Nawal, su madre. Si no lo esclarece no habrá nombre sobre su tumba, es decir, no habrá habido transmisión de su deseo, de su empuje, de su aliento vital.

El camino emprendido por los gemelos les contará la historia de su madre, una mujer joven y valiente que huyó de sus tierras en busca de un hijo del amor robado al nacer por su propia madre. Acompañada por otra mujer, su amiga Sawda, su incansable búsqueda las llevará de un lugar a otro en medio de una guerra que nadie recuerda ya los motivos que la desencadenaron. Los hechos de asesinato y venganza se suceden perdiéndose en la lejanía de los tiempos.

Finalmente, el misterio develará una verdad estremecedora: el padre y el hijo son la misma persona. Los hermanos gemelos, nacidos 25 años después de su hermano, son fruto de las reiteradas violaciones sufridas por su madre en manos de su captor. El asesino es el hijo buscado sin aliento por Nawal. Las cartas que depositarán ambos hermanos en las mismas manos, se dirigen tanto al hijo amado como al padre asesino. Lo más familiar habita en el prójimo, en el otro. Hijo y enemigo se conjugan, son lo mismo. Por eso el combate contra el odio empieza en uno mismo. Ella decide perdonar. Quizás lo perdona porque entiende que ese odio es fruto de la herida sangrante de la víctima que deambuló huérfana por los escenarios del terror. Pero seguramente, si Nawal puede perdonar, es porque jamás retrocedió ante su deseo, porque finalmente encontró al hijo amado. Si el asesino no la mató fue porque cantaba. Y cantó todos los años que estuvo cautiva para estar cerca de su amiga Sawda, acompañante en la Odisea que emprende para encontrar a su hijo.

Esta magnífica obra, en la línea de las tragedias clásicas, nos recuerda que somos relato y memoria, que estamos hechos de lenguaje y decires, que pasado, presente y futuro habitan dentro de nosotros tejiendo nuestro ser. Así pues, pese a los avances tecnológicos de la civilización que refuerzan nuestra miseria en forma de omnipotencia, las cuestiones cruciales que nos atraviesan son las de siempre, fueron introducidas por los clásicos. El ser continúa ahí intacto, teniendo que responder a la imposible tarea de saber quiénes somos y qué hacemos en este trocito de galaxia abandonada de la mano de los dioses. Pero igual que al odio y a la miseria no los ha exterminado ningún progreso, el deseo y el amor, aun en los peores contextos, siguen ofreciéndole un pulso al horror. La clave pues radica en cada uno, en la posición ética para responder a la angustia de existir, a la soledad, a la proliferación de la barbarie.

El silencio enmascara eso: en tanto seres hablantes somos igualmente hijos del crimen y del amor. Habitados desde que nacemos por esas fuerzas, el odio hacia nosotros mismos alcanza con suma facilidad al otro. Es por eso que nos resistimos a saber, porque el saber siempre perfora nuestra omnipotencia infantil, porque lo que encontraríamos es la pasta con la que estamos hechos. Pero es precisamente de ese pedazo nauseabundo que nos habita de donde podremos sacar lo mejor de nosotros mismos y así ofrecerlo como resistencia al avance implacable de la destrucción.

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