28 de marzo de 2017

La naturaleza tóxica del síntoma*, por Fabián Naparstek



Así como han caído los ideales, también hay una pérdida del sentido de los síntomas, que muestran a cielo abierto su toxicidad. 

Los posibles abordajes de la cura, dependen de la noción de síntoma con la que contemos. El filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetzky tiene un pensamiento que permite leer la época y en el horizonte pensar una noción de síntoma. Él distingue entre un momento en donde hubo un consumo con sentido y otro en el que el consumo estaba vacío de sentido. Se refiere a una época donde el consumo de drogas se encontraba ligado a cierta épica, a un ideal de libertad y de búsqueda de nuevas experiencias, en contraposición al momento actual. Expresa esto de la siguiente manera: “La evolución de los conflictos sociales violentos es la misma que la de la droga: después del viaje psicodélico de los años sesenta, símbolo de la contracultura y revuelta, la era de la toxicomanía banalizada, de la depresión sin sueño, el hundimiento lumpen por los medicamentos, por las lacas para uñas, el queroseno, los pegamentos, disolventes y barnices para una población cada vez mas joven”[1]. Lipovetzky establece una relación directa entre el hipermodernismo y el consumo actual desenfrenado, lo que él llama la apoteosis del consumo, un lazo directo entre la tendencia a lo nuevo y la necesidad de consumo.

Pero también vale la pena destacar en este punto el rasgo de extremismo o fanatismo. Amos Oz –conocido escritor Israelí que se opone a pensar que el fanatismo es solo del Islam– dice que en la época actual “el fanatismo es omnipresente”[2], se encuentra en el Islam, pero también en Occidente. El fanatismo comienza dentro de la familia y siempre con un fin altruista. En este sentido, Amos Oz plantea que el fanatismo como definición lleva consigo una causa sin sentido alguno. Es llevar algo al punto de una causa única sobre la cual en el extremo ya no hay sentido alguno. Este es el punto de coincidencia entre ambos autores: el vacío de sentido. Sin embargo, Amos Oz es más preciso y lo liga a una causa sin sentido.

Volviendo a la cuestión del extremismo, vale decir que este hipermodernismo se guía por un fanatismo por lo nuevo, y que a la vez esto plantea la paradoja de que lo que se encuentra ya no es nuevo y hay que buscar nuevamente otra cosa, cada vez más rápido.

Finalmente, y yendo directamente al tema de las toxicomanías y el alcoholismo, Lipovetzky plantea que “la edad del consumo y de la información ha hecho declinar cierto tipo de alcoholismo, los rituales del café, lugar de una nueva sociabilidad masculina en el siglo XIX y hasta mediados del XX. Al dispersar los individuos por la lógica de los objetos y de las mass media, al hacerlos desertar del café (pensamos aquí en el caso francés) en beneficio de la existencia consumidora, el proceso de personalización ha destruido poco a poco las normas de sociabilidad viril responsable de un nivel de criminalidad violenta”[3].

Se entiende que ya no se trata del alcoholismo de antes, que servía para el lazo social y tenía un sentido. Lo que en otro momento denominé el alcohólico romántico, que tenía una causa con sentido en la pérdida de un amor. La causa amorosa daba un sentido al alcoholismo, ya que estaba al servicio de ahogar las penas por un amor malogrado. Esa misma causa amorosa juntaba al alcohólico romántico en un lazo social con otros hombres con los cuales desahogaba sus padecimientos por el amor perdido. Sin embargo, lo que muestra el autor es que hoy se toma alcohol porque sí. Que hoy la causa (como lo planteaba Amos Oz) no está ligada a ningún sentido, ni sentimental ni amoroso, y en principio tampoco a ninguna pérdida registrable. Según Lipovetzky, es la estrategia del vacío.

Una vez ubicada esta diferencia entre ambas épocas, Lipovetzky termina resaltando una diferencia entre los síntomas de hoy y los de antes: “Los sujetos ya no sufren síntomas fijos, sino trastornos vagos y difusos”[4]. Habla de una “licuación”[5] –tomando un término muy utilizado por Sigmund Bauman– de los síntomas de antes.

A su vez, J.-A. Miller propone un cambio de época y por consecuencia un cambio en las presentaciones clínicas de los síntomas. Esto último trae aparejado un cambio en la clínica, como también lo veíamos resaltado en Lipovetzky. Miller lo sitúa con mucha claridad como el pasaje de la clínica clásica del nombre del padre a la clínica del no-todo. La clínica del nombre del padre permitía situar con claridad las diferentes estructuras clínicas (neurosis, psicosis y perversión) en grandes clasificaciones englobantes. Son clasificaciones estancas que permiten situar tipos de síntomas bien precisos y paradigmáticos de la estructura de la que se trate. En efecto, esta clínica clásica respondía a la estructura de la sexuación masculina. El nombre del padre como carretera y el falo como gnomon o directriz. En cambio, la clínica del no-todo se relaciona más con la sexuación femenina y es por eso que las problemáticas actuales tienen un acento en la relación “con la madre e incluso con el narcisismo”[6]. Según Miller se “observa clínicamente el frenesí del no-todo, patologías donde se destaca lo ilimitado de la serie”,[7] etc.

Cuando Lipovetzky plantea que hay una licuación del síntoma clásico y cuando Miller muestra con claridad el pasaje de una clínica a la otra, a mi parecer, hay un aspecto en el que ambos hacen referencia a la relación del sentido con el síntoma. En la actualidad ya no es el síntoma con sentido, que habla, que dice algo. Es un síntoma sin sentido. El vacío de sentido al cual vengo haciendo referencia, también es un vacío sobre el sentido de los síntomas. El gran descubrimiento freudiano, y que sorprende al mundo, supone que los síntomas tienen un sentido, que los síntomas hablan. Sin embargo, Freud siempre estuvo advertido de que el síntoma no era sólo sentido y lo dividía en sus dos caras: la del sentido y la de lo somático.

De hecho, Freud creía que en toda neurosis o psiconeurosis de defensa había un trasfondo de neurosis actual (lo que llamaba neurosis mixtas). Es decir, que el llamado mecanismo psíquico, propio de las psiconeurosis, estaba al servicio de darle una cobertura de sentido a ese núcleo sintomático que sólo respondía a los términos económicos y pulsionales. Ese núcleo sintomático era lo que en un primer tiempo se ubicaba como el síntoma actual, luego recubierto por los sentidos del síntoma.

El paso que me interesa destacar es que Freud no duda en llamar a ese núcleo sintomático pulsional como de naturaleza tóxica. Lo dice de la siguiente manera: “En las neurosis (actuales) las perturbaciones (síntomas) parecen ser de naturaleza tóxica”[8]. Hay una toxicidad en el núcleo mismo del síntoma y se ve que es el hueso duro de roer de ese síntoma. A mi gusto, hoy en día nos enfrentamos de lleno con esa toxicidad del síntoma sin pasar por el sentido que hacía del síntoma una formación de inconsciente. Muchos de los síntomas en boga en la actualidad –como el ataque de pánico, angustias inespecíficas, etc.– ya fueron descriptos por Freud bajo la nominación de las neurosis actuales.

Lo que quiero plantear es que así como han caído los ideales y los sentidos, también hay una pérdida del sentido de los síntomas. Lo que a mi gusto se llaman síntomas de la época, tienen este aspecto de los síntomas actuales, de falta de mecanismo psíquico, falta de sentido y se presentan directamente con su cara tóxica. De esta manera también se puede plantear cierto fanatismo sintomático. Siguiendo la definición de Amos Oz (el fanatismo como causa sin sentido alguno) uno podría decir que hoy estamos frente a sujetos fanáticos de sus síntomas. Esto sigue la idea de Lacan en cuanto que el sujeto se puede definir por su propio síntoma.

Se ve claramente que en su esencia el síntoma mismo es tóxico. Quizá aquí convenga tomar lo tóxico del síntoma teniendo presente la doble significación del Pharmakon. Para los griegos dicho término implicaba tanto al remedio como al veneno. Esa doble cara del Pharmakon es algo que sistemáticamente destaca Freud y que Lacan retoma respecto de síntoma. El síntoma puede ser tanto un remedio como una enfermedad. Esto último dependerá del uso que se pueda hacer del mismo.

Esto nos ubica en una discusión central y antiquísima sobre el uso de narcóticos. ¿Lo tóxico lo encontramos en la sustancia o en el sujeto? Ya he planteado esta pregunta desde diferentes perspectivas teóricas y con diferentes casos clínicos. Freud, más bien, lo ubica de una manera que nos permite dar un paso adelante; lo tóxico no está ni en la sustancia, ni en el sujeto, sino en el síntoma, un síntoma que amarra al sujeto de manera singular. El síntoma muestra a cielo abierto su toxicidad cuando está separado de los sentidos. 

* Este artículo es un extracto de la tesis de doctorado “La dirección de la cura en las toxicomanías y el alcoholismo”, inédita, realizada y defendida en la Universidad de París VIII, Francia. 

Notas:
[1] - Lipovetzky, G.: “La era del vacío”, Ed. Anagrama, Barcelona, 2002, pag. 219. 
[2] - Oz, A: “Comment guérir un fanatique”, Ed. Gallimard, Paris, 2006, Page. 37. 
[3] - Lipovetzky, G. Ibidem pag. 199. 
[4] - Op. Cit pag. 76. 
[5] - Op. Cit 
[6] - Miller, J.-A: “El inconsciente es político”, en Revista Lacaniana 1, Ed. EOL, agosto 2003, pag. 18. 
[7] -Op. Cit. 
[8] - Freud, S.: “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna”, Ed. Amorrortu, Obras Completas, Buenos Aires Argentina, 1989, T. 9, pag. 167.

1 comentario:

Los Inviernos de Laura dijo...

Éste extracto me ha encantado. ¿Dónde se puede conseguir la tesis completa?
Muchas gracias por compartir. Saludos.