3 de marzo de 2017

Psicología de las masas en la era digital y post-patriarcal*, por José Ramón Ubieto





En medio de una calle derruida por los bombardeos, un niño camina con su bici y un pokémon de un azul intenso, que contrasta con el gris del paisaje. Más allá, otro niño parece hablar con su pikachu lloroso, sentados en lo que un día fue una acera y que ahora deja ver sus tripas de acero, secuelas del combate que se libra día a día. 

Estas estampas, obra de Saif Aldeen, artista y activista sirio, han sido lanzadas a las redes sociales para llamar la atención del mundo sobre el conflicto sirio. Los militantes del RFS, opositores al régimen de Bachar al Asad, han aprovechado el éxito del video juego Pokemon Go fotografiando a niños de 7-8 años, desconocedores del juego y habitantes de una de las zonas más castigada por los combates.

Esta iniciativa es un buen ejemplo del encuentro entre dos versiones de la realidad muy diversas, que sin embargo coinciden en un mismo espacio y tiempo: la realidad aumentada y la realidad estallada. Dos fenómenos actuales que nos permiten pensar la psicología de las masas en nuestra era digital y post-patriarcal de manera nueva respecto al análisis que Freud hizo hace 100 años, justo al acabar otra guerra que puso fin al “mundo de ayer”: la primera guerra mundial.

La tesis básica de Freud es que en las masas encontramos dos tipos de lazos afectivos: aquel que une a cada miembro con el líder y aquel que une a los individuos entre sí. El eros que propicia esta comunión se basa en que cada individuo de la masa comparte con los otros un mismo objeto, que ha pasado a ocupar el lugar de su Ideal del Yo, aquello a lo que aspira ser. Es por esta elección común que sus yoes se identifican entre sí.

Cuando este ideal cae, la unión entre iguales se desmorona. Es el ejemplo del caudillo muerto en la batalla que provoca la fuga desesperada de sus guerreros, huérfanos del líder que los cohesionaba entre sí. O del político carismático que, al caer en desgracia, arrastra tras de sí el derrumbe de sus seguidores. El padre todopoderoso encarnaba mejor que nadie este régimen patriarcal, ahora en franco declive. Era él quien proporcionaba las identificaciones a los sujetos, como modelo indiscutible.

¿Quién sería entonces el líder de las masas que se precipitan en túneles, escuelas y vías púbicas a la caza del pokemón? ¿O el de las multitudes indignadas que ocupan las calles para protestar por la corrupción, la especulación inmobiliaria o el último atentado? ¿Y el de las propias filas de los grupos terroristas?

De un tiempo a esta parte las manifestaciones multitudinarias son un hecho incontestable. ¿Las podemos analizar en los términos en que lo hizo Freud, en plena era analógica y patriarcal, cuando se refería a instituciones tradicionales como el ejército o la iglesia? ¿Qué sustituye hoy a esa figura del líder, ahora denostado y en serios apuros incluso allá donde los regímenes personalistas gobiernan?

Pokémon Go: atrapar la realidad huidiza

Reflexionemos en primer lugar sobre la llamada realidad aumentada, término que se usa para definir la visión de un entorno físico del mundo real, cuyos elementos se combinan con elementos virtuales para la creación de una realidad mixta en tiempo real.

En los pocos meses que el juego Pokemon Go lleva en circulación, amenaza con desbancar en tiempo de uso y/o usuarios  a apps muy populares como Tinder, Whatsapp, Twitter o el mismo Facebook. ¿Qué tienen en común sus usuarios para definirse como comunidad de jugadores? No parece que compartan ideales de ningún tipo, ni siquiera segmento de edad ni género o raza. Lo que destaca es cierta compulsión que los empuja, a veces con riesgo para su vida en algunos casos extremos, a no dejar el juego hasta conseguir su objetivo de cazar los pokemones.

¿Sería esto una adicción? Seguramente no en el sentido más clásico, pero revela bien que hoy nuestra relación a los objetos de consumo (compras, drogas, comida, gadgets) es básicamente una relación adictiva, un vínculo de dependencia con ese objeto que nos procura alguna satisfacción y del que nunca parece que tengamos suficiente. Hasta que la magia se agota y lo sustituimos por otro, signo de nuestra realidad, cada vez más efímera y propia de un tiempo instantáneo e hiperactivo.

Pokémon Go ha sabido combinar algunas variables que lo hacen atractivo y favorecen esa dependencia. En primer lugar está su lado “saludable”, saca a la gente del encierro domiciliario y lo hace correr y moverse para hacer que su interacción parezca más real que la virtual tradicional. La paradoja es que esa voluntad sana termina a veces de manera dramática o en un juzgado.

En segundo lugar, la tecnología de la realidad aumentada introduce la sorpresa como un elemento que suscita curiosidad y anima el deseo de ver algo nuevo, modificar la realidad aunque solo sea a través de la cámara del móvil, verdadero amuleto del sujeto moderno. Una manera de salir de la actitud blasée (hastío indiferente) que G. Simmel, contemporáneo de Freud, atribuía a los urbanitas modernos.

En tercer lugar, aprovecha el éxito anterior del juego Pokémon para avivar la nostalgia de aquellos que lo tuvieron como un icono de su ocio infantil. La nostalgia de un tiempo que cada uno puede recordar ahora, reconstruyéndolo a su manera.

En cuarto lugar, pero no menos importante, el juego promueve la competitividad entre sus usuarios, que deben correr para evitar que otros jugadores les tomen la delantera. Satisface así dos deseos: el de alcanzar la excelencia siendo el mejor, y el de formar parte de la comunidad de usuarios que gozan juntos en el mismo espacio real/virtual. Sienten que su satisfacción forma parte de un cuerpo global, que son visibles sin quedar en los márgenes que tan bien describió C.Pétonnet en su etnología de las banlieues.

Un joven paciente, con un fuerte sentimiento de exclusión social, me explica sus sensaciones de jugador: “Antes era un friki de Call of Duty, me tiraba hasta las 4 de la mañana pero siempre sentía que se me escapaba algo. Ahora flipo con Pokémon Go, salimos con los colegas y vamos cazándolos en los parques y en la calle, mola porque los atrapas en la realidad misma”.

Lo que los une, pues, ya no es el objeto que funcionaría para todos como un Ideal del yo común, sino algo más prosaico y quizás por ello más consistente: la satisfacción, que implica siempre el cuerpo en movimiento. Gozar en el mismo espacio, la calle, y al mismo tiempo. Saber que ese goce, por ser compartido, se hace más consistente y que sólo los frikis o raritos quedarían al margen, privándose de esa satisfacción, ahora casi obligada.

Participar activamente en la comunidad virtual, a través de las redes sociales y los juegos online, es ya un estilo de vida. A eso le podemos llamar una comunidad de goce, tan efímera como la realidad virtual misma, siempre dispuesta a desaparecer y reaparecer de nuevo con otro objeto en juego. Otro buen ejemplo de agrupamiento social repentino y efímero son los famosos flashmob.

La realidad aumentada aparece aquí como una ficción para combatir el aburrimiento y esa insoportable pesadez del ser hipermoderno, siempre obligado a obtener un nuevo y más satisfactorio goce. Un intento de atrapar esa realidad particular y huidiza. Como si lo virtual maquillase las imposibilidades que cada uno encuentra en su relación con los otros o consigo mismo. De paso, el juego vela que el cazador no deja de ser, él mismo, geocazado por la voracidad del Big Data.

Una nueva topología de la violencia: la realidad estallada

Si la realidad aumentada es el sueño, que la tecnología digital nos procura, la realidad estallada es el despertar a lo real de nuestra existencia. Otro escenario donde la realidad, más que aumentar, parece estallar de rabia, indignación u odio. La crisis, desencadenada por la burbuja inmobiliaria y continuada por la precariedad sociolaboral, ha generado muchos movimientos de indignación, desde las primaveras árabes hasta el Occupy Wall Street pasando por los indignados del 15M o de Brasil. El uso de las redes sociales es aquí también clave.

Estas nuevas multitudes, diversas en su composición y contexto cultural, tienen sin embargo algunos rasgos comunes. Ya no se orientan a partir de un líder ni de un ideal común preciso y claro. Estos movimientos, como señalaba recientemente el psicoanalista francés Eric Laurent, se desarrollan en dos tiempos. Primero está el grito de indignación y rabia, un llamado que cada uno hace, a partir de una pérdida (de casa, de trabajo o incluso de patria), sin otra reivindicación inicial que pedir un lugar para él en un mundo que parece volverse loco y cada vez más excluyente. Son los nuevos desahuciados que se resisten a ese destino de marginados.

A ese grito le sigue la identificación de un culpable, alguien situado en el exterior y al que se hace responsable del estado de la cuestión. Ese cuerpo indignado, afectado hasta su raíz de esa pasión, empieza a pensar con los otros y dar forma a la rabia en un programa político nuevo que los constituye como una masa organizada. Fue el caso de Podemos en nuestro país o la incidencia clara que el movimiento Occupy ha tenido en el éxito del candidato demócrata Bernie Sanders. Otros países como Brasil, Túnez, Egipto han tenido mayores dificultades para traducir esa indignación en propuestas de cambio real.

Un movimiento más reciente, la “Nuit debout” en Paris, difundió el pasado 7 de abril, un comunicado firmado bajo el seudónimo de Camille Delaplace donde se evoca “un vacío, una disponibilidad” que simboliza en París la plaza de la República, lugar de encuentro de sus participantes. En ese texto se denuncia esa falta de lugar del sujeto actual: “Este vacío no tuvimos que hacerlo alrededor nuestro. Vivíamos en su interior hacía tiempo. Es el vacío de legitimidad en el cual hoy se toman casi todas las decisiones”. Vacío que, a juicio de Byung-Chul Han, anuncia la muerte del sujeto.

Aquí, como veíamos antes en las comunidades virtuales, tampoco se trata de un lazo social organizado alrededor de un líder ni de un ideal común. Se trata de un vacío compartido, una pérdida alrededor de la cual los sujetos toman la calle tratando de bordear el vacío para no caer en él. Es conocido el aumento de la tasa de suicidios, en la última década, vinculados a procesos de precarización social (desahucios, despidos, burn-out,..). Cuando la realidad, propia y singular que sostenía a estos sujetos estalla, el propio sistema los deja caer como consumibles ya obsoletos, resorte luego de muchas propuestas políticas actuales (Brexit, Trump, extrema derecha).

El odio como lazo social

Un tercer fenómeno, el odio que empuja a terroristas y grupos racistas, nos permite captar otra vertiente de la nueva psicología de las masas en una era ya post-patriarcal. La figura del lobo solitario, en los casos de terrorismo, o del asesino en las matanzas urbanas recientes, no nos debe hacer olvidar que, aunque solos en su acto, se reclaman siempre como pertenecientes a una comunidad más amplia con la que guardan relaciones muy diversas, desde militantes hasta simples simpatizantes.

Esa comunidad tampoco tiene un líder o un ideal a partir del que orientarse. Sabemos que muchos de ellos desconocen la base ideológica (nazismo, islam) en la que supuestamente se sustentan sus actos criminales. Esas vagas referencias les sirven más bien de envoltorio de la causa verdadera, el odio profundo hacia el otro, que vela así el odio a sí mismos, factor que Freud identificó como el principio de exclusión del sujeto mismo. Todos tenemos cosas que no nos gustan de nosotros mismos, afectos y sentimientos que nos resultan insoportables y que por ello expulsamos afuera e imputamos al otro como culpable, para exorcizar así nuestros demonios internos.

Ese padre, que guiaba los pasos con mayor o menos firmeza, parece ausente de estas biografías. No lo encontramos en la mayoría de casos de jóvenes autores de las matanzas escolares o urbanas, donde esa ausencia es siempre señalada como un rasgo preminente en su historia personal. Y tampoco lo vemos muy operativo en el caso de los terroristas que se acogen a esa versión del islam.

De hecho sabemos que la mayor parte de los autores de atentados yihadistas comparten el rasgo de haber crecido en familias donde la figura de los hermanos dejaba en un segundo lugar al padre. La fratria, en estos casos, ocupa el lugar fuerte de referencia, en detrimento de un padre ausente o alicaído. Esa pandilla, que puede organizarse en la propia familia con los hermanos pero también en el gimnasio, el parque o la misma mezquita, recrea una nueva familia más horizontal donde la figura del padre entra en declive. Algunos testimonios muestran incluso cómo son los propios hijos los que tratan de convertir a los padres y ser más musulmanes que ellos mismos, ante el horror de los progenitores que ven allí una radicalización de los hijos, por fuera de toda norma familiar.

Aquí se trata también de dar un lugar a ese sujeto que siente haberlo perdido en su comunidad de origen. No es necesario que esa pérdida sea real y material, basta con que uno la perciba como tal y de allí que la clase social no sea el único factor explicativo de los reclutamientos. Hay un factor común más poderoso que es el odio mismo. Odio alimentado a lo largo de años y que, en algunos casos de autores de matanzas escolares, está relacionado con el acoso sufrido por ellos durante su etapa escolar.

En el caso de los jóvenes yihadistas ese odio y desorientación ha atravesado, en muchos casos, su adolescencia y primera juventud. Su biografía destaca un historial de abusos, maltratos, consumos excesivos, violencias varias e incluso prisión y condenas repetidas. Su conversión les otorga un nuevo lugar purificado, orientado a partir de una nueva misión, que les garantiza un status de sujetos de pleno derecho. Allí donde fueron excluidos y víctimas del otro, ahora pasan a ser sus verdugos todopoderosos.

Ese odio compartido -aquí las tecnologías digitales juegan un papel crucial- crea una nueva comunidad fraternal y global, sin fronteras ni exclusiones. Una comunidad que ya no se funda en la recreación del padre omnipotente y feroz, descrito por Freud en su mitología de Tótem y Tabú. El Islam, a diferencia del cristianismo o el judaísmo, no confunde al Dios con el padre. Alá es Uno, nos recuerda Laurent, y ni engendra ni tampoco fue engendrado. El Dios del Islam no promueve la paternidad y por ello se sustenta mejor en el lazo que procura la fratria que en la encarnación de la divinidad por parte del padre.

En busca de la identidad perdida

Tenemos pues un nuevo par, un binomio que ya no pasa por el Ideal-sujeto sino por el sujeto y sus objetos de satisfacción. De allí que la incidencia del liderazgo, y de la masa sustentada en él, haya cambiado radicalmente. Ya no construimos nuestra identidad a partir de esos significantes que nos representaban colectivamente en base a ideales religiosos, culturales o políticos. Cada vez nos presentamos menos en sociedad como comunistas, católicos o melómanos. Más bien nos inclinamos por otras etiquetas “más actuales”: hiperactivos, bipolares, hipsters, LGTBI. Nuestras referencias colectivas se apoyan más en el modo de satisfacción, un rasgo compartido con otros y relativo a nuestra sexualidad, manejo del cuerpo o expresión emocional.

Ahora la palabra clave, el significante amo que nos gobierna, no es otro que el goce mismo, la manera en que nos satisfacemos y eso hace que esa identidad, con la que cubrimos el vacío propio del ser humano, entre en crisis más fácilmente. La identidad, en realidad, resulta ser lo más frágil de un sujeto, si la consideramos en su sentido consciente, es decir, aquello que uno dice ser o cree ser.

Por ello recurrimos a todas las fórmulas existentes y nos agarramos a aquellas definiciones prèt-à-porter para obtener ese lugar que todos queremos. Incluso aunque esa definición sea negativa y aparezca como un trastorno padecido (TDAH, Trastorno Bipolar, Autismo). Las clasificaciones médicas, lo que Foucault teorizó como la biopolítica, procura a no pocos sujetos etiquetas psicopatológicas por las que hacerse representar.

La política, por su parte, se presenta también como una referencia para muchos grupos que hacen de la identidad su bandera nacional o religiosa. Al igual que la vivencia de la sexualidad, que no deja de ofrecer posibilidades identitarias a la carta, recogiendo todas las modalidades de goce sexual, incluidas las asexuales. Todo ello sin olvidar las marcas y los objetos de consumo, que identifican a los sujetos incluyéndolos en comunidades de goce cada vez más globales.

Esa diversidad, presente en la masa contemporánea, cohabita también con un cierto empuje a la homogeneización de esos modos de goce. Lo vemos claramente en las propuestas xenófobas y fundamentalistas y también en escenas como la del bullying. En todas ellas se castiga en el otro la diferencia a la hora de satisfacerse: los infieles son los que no siguen los mismos patrones sexuales, familiares o –como en el acoso- no siguen los cánones estéticos (marcas, obesidad,..) o los estilos de vida popus.

Jacques Lacan nos advirtió ya, en los años 70, de los efectos de segregación que veríamos a medida que esas masas, separadas por las fronteras, fueran acercándose cada vez más, como sucede en la globalización. Hoy lo global es esa marca de goce que hace que pasear por cualquier ciudad del mundo sea ver las mismas propuestas para comer, vestirse o divertirse. 

Las crisis identitarias que han comportado todos estos cambios se traducen en situaciones de urgencias subjetivas que constatamos en los servicios de salud, en las escuelas, las familias y en la sociedad misma. Sujetos un tanto desorientados que buscan una referencia y la encuentran, como decíamos antes, en el verdadero significante amo que da hoy consistencia y comanda al sujeto: el goce es el amo mismo. Él es el verdadero secreto de la masa, el cemento que asegura su lazo social y lidera nuestros pasos.

* From: La Vanguardia. Dossier Culturas. Sábado 25 de febrero de 2017
http://www.lavanguardia.com/vida/20170225/42285454923/psicologia-era-digital-nuevos-grupos-sociales.html