13 de junio de 2008

Bernardino Horne en Lima








Bernardino Horne en la NEL-Lima
Reseña de sus actividades



I. Terceras Jornadas clínicas de la NEL-Lima (19 de mayo)

Esta vez se expusieron dos casos, los que fueron presentados por Laura Benetti y Alfonso Gushiken. Los relatos permitieron abordar la dirección de la cura en el duelo y en la psicosis ordinaria.
Como nos recuerda B. Horne, el duelo exige un trabajo. Para Freud, éste consiste en consumar por segunda vez la pérdida del objeto amado a través de la rememoración minuciosa, detallada de todo lo vivido en el lazo con el otro. Lacan no discute a Freud, pero en el transcurso del seminario La Angustia (Págs. 364-365) precisa: "el problema del duelo es el del mantenimiento a nivel escópico de los lazos por donde el deseo está suspendido, no con el objeto sino con ". El duelo consiste en desprender la libido de la imagen idealizada del objeto, con la que se mantenía una relación narcisista inherente a la estructura del amor, para restaurar el lazo con el verdadero objeto enmascarado en la relación y encontrarle así un substituto. Agrega B. Horne: "solo allí podemos agarrar el hueso y elegir otro, porque la elección se hace sobre el objeto y no sobre la imagen… Mientras más el objeto está envuelto en la imagen narcisista, mayor dolor entraña". Esta separación entre la imagen idealizada y el objeto es lo que está dificultado en la melancolía: "En el duelo el mundo está desierto; en la melancolía el yo está desierto", concluye B. Horne.
En cuanto al lugar del analista en la cura, el analista es aquel que tiene algo en el cuerpo que no se espera (y sí) y que Lacan llamó agalma (La Transferencia, 1967): el saber como objeto, oculto en el Sujeto Supuesto al saber, concepto precursor del objeto como agente en el discurso analítico. Así, el significante en la transferencia tiene que ver con un objeto del analista y es a fin de cuentas el representante del último pozo de goce del sujeto. De esto precisamente carecen los síntomas actuales, porque en lugar de un significante comandando la transferencia hay algo que queda en el propio cuerpo, un goce que no es para nada ni para nadie, que no produce un sujeto.
En el trabajo del duelo, el analista debe respetar los silencios, no hacer cortes que propicien que el sujeto se vaya tan hondo que desaparezca; por el contrario, hay que intentar que se mantenga vivo, que la libido se restablezca.
Las palabras de Bernardino fueron de reconocimiento al analista cuya sensibilidad le permite ponerse en juego de buena manera. Esto implica que pueda orientarse en lo real. En cada caso, hay que buscar el significante que está apuntando a lo real, cuestión equivalente, nos dice, a la pregunta por el ombligo del sueño. En la psicosis ordinaria, la metonimia al cuerpo, entendida como un desencadenamiento mínimo, es lo que orienta el tratamiento. El enemigo del análisis es "trabajar con la realidad", la realidad es el fantasma y así hay que tratarla; no hay "la realidad objetiva".

II. Clase magistral del CID-Lima: "Por qué la Escuela" (20 de mayo)

1. En primer lugar, la Escuela es necesaria porque el inconsciente produce espanto, de manera que lo natural es que el psicoanálisis tienda a desparecer. En segundo lugar, dadas las dificultades del psicoanalista para ocupar un lugar y mantenerse en él, se requiere de la Escuela como lugar donde se piensan y elaboran los problemas que traban a los analistas. Muestra de ello es, por ejemplo, que quienes se alejaron de la Institución freudiana (como Adler o Jung) entre 1910 y 1915, en buena cuenta, dejaron de ser psicoanalistas.
Infatuación e impostura son los productos de una fácil identificación al SSS; la Escuela les pone remedio mediante la necesaria exposición del saber ante los colegas
La impotencia para sostener una praxis se reduce al ejercicio de un poder; la sugestión es una de las formas en que se usa. A ello se opone el deseo del analista, cuando lo hay: un deseo sin poder, un deseo opuesto al deseo de poder. Se trata, antes bien, de obtener la diferencia absoluta entre el goce y el elemento significante del sujeto, a lo que se llega por la vía del no poder. Como ha señalado Lacan, el sujeto del poder deviene en loco, pierde inteligencia, se vuelve paranoico. Lacan responde al poder por el saber, entonces, funda la Escuela, que no es una Sociedad.
La política de la Escuela es la de reconquistar el campo abierto por Freud mediante la orientación a lo real. Aquí se trata del ejercicio de la función de analista, puesto que es el ejercicio de la función el que hace el trabajo y despeja, hasta arribar al final que corresponda en cada caso.

2. La proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela (AE), de 1967.
El psicoanálisis en intensión atañe a la formación de los analistas e implica que ellos deben analizarse tendiendo a llegar al final del mismo.
El psicoanálisis en extensión es la presentificación del psicoanálisis en el mundo. En el horizonte de la extensión se anuda el lazo con la intensión, lo que quiere decir que, mientras más extendemos, más ajustamos la intensión, porque la extensión, para realizarse, tiene que ser hecha por un psicoanalista. Hay estrecha relación entre ambos movimientos porque la extensión es extensión de la intensión; cuanto más radical la intensión, mejor será la extensión.
La Escuela avanza y teoriza a partir de los testimonios de los finales de análisis. El impasse freudiano respecto del final de análisis reside en la constatación hecha por Freud respecto a que nadie quiere aceptar la castración, nadie quiere su –1, ese que, en términos de Lacan, se escribe S ( ) y responde a la fórmula "no hay relación sexual".
Por el amor al saber entramos en análisis, pero eso está en dialéctica con el horror al saber verdadero, el que encuentra lo imposible, lo real. En el transcurso del análisis, nos apoyamos en el amor de transferencia y en el placer que da el saber, sin olvidar que su estructura está dada por el SSS. Hacia el final del análisis, el entusiasmo ocupará el lugar del amor y el horror se transformará en el deseo del analista.
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Que haya deseo del analista no implica disolver el –1; por el contrario, el analista lo mantiene porque ansía ir hacia allí para trabajar eso —la ausencia de relación sexual— con los pacientes, sin horror.

3. Un análisis implica siempre el recorrido del fantasma y, si llega hasta el final, produce la descomposición de sus elementos. En rigor, en el guión del fantasma el sujeto entra en relación con dos objetos: el propiamente fantasmático y el verdadero.
Atravesar el fantasma es darse cuenta de que el objeto es el sujeto, es entender que se goza del objeto en el sentido de ; lo que se demuestra al final de un análisis.
Esta es también la razón por la cual se dice que la mujer es el síntoma del hombre, porque hace de ella su objeto en la medida en que, primero, es en ella en quien le parece encontrar el objeto que le concierne. Sin embargo, aquí la fantasía es mentirosa ya que la verdad es que el sujeto hombre es y goza de esa forma. Así visto, romper los elementos del fantasma es poder decir "hay la mujer en mi, yo soy ella", que es lo que un hombre menos quiere.
Por su parte, la mujer habrá de consentir con su posición de objeto. De este modo, aproximadamente, es como hombres y mujeres se arreglan para salvar los obstáculos de la no relación sexual.

III. Seminario de la NEL-Lima: "El Psicoanálisis de hoy: efectos terapéuticos rápidos" (21 de mayo)

A través de un caso clínico, originado en un ataque de pánico, Bernardino ilustra cómo se producen efectos terapéuticos rápidos cuando se interviene desde el discurso psicoanalítico. Frente a un primer desarrollo de la demanda, Bernardino le comenta "es lógico que esté asustada", la paciente se siente protegida y el pánico cede. Se trata de darle lugar a lo que le ocurre al sujeto. "Estamos a favor del pánico porque nos va a llevar al núcleo de goce del sujeto".
Como el caso demuestra, el psicoanálisis es una clínica del superyó. El superyó no es "cumple tus tareas, perfecciónate". Por el contrario, su voz dice "¡quédate muerto, goza!", es decir, "equivócate, sé imperfecto".
Se trata, primero, de localizar el punto de goce sintomático para, a partir de eso, producir un viraje del superyó hacia una versión del goce del padre. Un giro al padre implica apelar a la père-version, la versión de goce del padre, que permita dar una forma al síntoma susceptible de ser abordada por un sujeto. Además, una cosa es encarar un deber bajo el giro del Nombre del Padre y otra, hacerlo desde el Superyó; la satisfacción alcanzada es de índole diferente porque mientras que uno libera, el otro oprime. El giro hacia el Nombre del padre involucra al amor.
La clínica que se practica en los distintos CPCTs se propone obtener efectos terapéuticos rápidos pero se distingue radicalmente de las llamadas psicoterapias breves en que "nosotros no nos ocupamos del aspecto superficial del síntoma sino que buscamos incidir desde el vamos en el núcleo de goce que aplasta al sujeto". En rigor, ese goce no se diluye pero la fijación de goce en ese punto puede distribuirse hacia otras formas, reduciéndose, de manera que el sujeto no quede sepultado bajo el yugo de la pulsión de muerte y del superyó.
La clínica de los CPCTs es la respuesta que el discurso psicoanalítico ofrece en acto al discurso capitalista. Es lo que Bernardino desarrollará como sigue.
Al inicio de la situación, un sujeto, que se hace representar por un significante determinado, se dirige al saber, pero le queda siempre algo por saber. El psicoanalista no se identifica al saber sino a lo que queda opaco. Se está en el discurso psicoanalítico cuando el analista soporta el enigma del sujeto, lo que no se sabe, ese real que jala. En el discurso analítico el saber está en el lugar de la verdad y el —la serie de los significantes que comandan al sujeto—, es el producto, el efecto, la palabra que queda al final.
Pero en el discurso capitalista el sujeto tiene voluntad de que el , la frase a la que está alienado, ordene al saber de la ciencia que produzca objetos que le den gozo.

"Todos estamos más o menos inmersos en el discurso del capitalismo, no nos hagamos ilusiones de que no lo estamos", aclara B. Horne; no será desde la ilusión que podamos elucidarlo ni desde una supuesta pureza que logremos auténticamente cuestionarlo.
El obstáculo que el discurso capitalista interpone al despliegue del sujeto es que en él los objetos mandan, pero no son éstos los objetos que son causa del deseo, como lo son los objetos que se retiran del cuerpo, sino objetos inertes, muertos.
Según una construcción de Sergio Laia, a la que B. Horne se refiere, en el capitalismo el sujeto queda amalgamado al goce, es el sujeto objetalizado, un sujeto que se transforma en objeto del objeto. Lo que se le impone es el superyó en el sentido de que padece de una suerte de compulsiones, de patologías que le son obligatorias. Estas personas no quieren analizarse y, cuando están en análisis, quieren dejar fuera estos goces obligados, no quieren llegar allí.
El analista tiene que hacer algo para desarmar esta amalgama, en la que hay analista pero no hay analizante. Se debe hacer algo que haga que el sujeto se implique en lo que le sucede y desde allí se pregunte por eso que adviene como enigma. Para que sea posible, el analista debe hacer alguna cosa que transpire algo del amor, porque sino hay amor no hay ruptura respecto del discurso del capitalismo, que se opone al amor por cuanto éste no se satisface con una serie de objetos sustituíbles, al contrario.
Puede uno valerse de una contingencia, de interrogar cualquier cuestión. También hay otra forma que Lacan llamó "vacilación calculada de la neutralidad", como decir, por ejemplo, "estoy preocupado por Ud.", —si de veras se lo piensa, desde luego—, porque esto es un acto de amor que apela a una cierta obligación de dar una respuesta. Se trata así de abrir el campo del saber mediante la interrogación de aquello que causa al sujeto y de lo que fija su goce.
Finalmente, concluye Bernardino, si nos interesamos por los relatos clínicos no es para acumularlos ni para fascinarnos con ellos, sino para construir, a partir de ellos, una teoría de la clínica susceptible de orientarnos.

En nombre de los integrantes de la NEL-Lima, de los participantes del CID y de todos los asistentes al seminario, queremos expresar a Bernardino Horne nuestro profundo agradecimiento por la claridad de su transmisión y por su indudable generosidad cuando de compartir su saber y su experiencia se trata.
Marita Hamann




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