21 de febrero de 2014

XIV CONVERSACIÓN ICF-E - FLASHES -



XIV CONVERSACION CLINICA DEL ICF-E
Barcelona, 1 y 2 de Marzo de 2014

Incidencias del Significante Amo
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Flashes

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Antoni Vicens


Uno, haberlo, haylo


Al comienzo de su Seminario Encore, Lacan recuerda de qué manera el Uno es exigido por el Otro. Uno, haylo; pero junto con la inexistencia del Otro. En el sentido de Lacan, pues, de algún modo, la inexistencia del Otro se traduce en su exigencia: que haya Uno. Que haya Uno es exigido para venir a completar al Otro, para formarse como interlocutor del Otro. El Uno y el Otro entrarán en un trato que debería llevar a alguna parte. Pero el problema se plantea precisamente al tratar de considerar al Uno como una parte del Otro: no puede serlo. Digamos más: el Otro, si es completado con el Uno que le falta, viene a desaparecer. Si el Otro es completo, deja de ser Otro y queda absorbido en el Uno.
Todo está en la expresión Y a d'l'Un, que significa que Uno, lo hay, sin que ese "haberlo"proponga ninguna existencia. Una existencia supondría la existencia del Otro, y eso es lo que precisamente es aquí puesto en cuestión.
Esta serie de paradojas evoca, tal como lo señala Lacan en su Seminario Encore (lección 1, párrafo 3) al diálogo de Platón que lleva el título de Parménides, y especialmente la primera de las hipótesis ahí examinadas: el Uno es, y ello sin referencia a ningún Otro que le pueda hacer sombra.
Siendo así, a ese Uno no se le pueden atribuir cualidades, porque cualquier cualidad que se le atribuya añade algo al Uno; lo cual sería tanto como denunciar que a ese Uno le falta algo, precisamente esa cualidad que lo cualifica. Esta última es precisamente la colaboración del discurso de la histérica. Si seguimos a los discutidores platónicos, ese Uno no tiene ni tan sólo ser, ni tenemos conocimiento de él. Y es esta posición absoluta del Uno la que le sirve a Lacan para explicar el amor.
El Seminario Encore gira alrededor de la sentencia de Lacan: "El goce del Otro no es signo de amor". Pero, a la vez, el amor se caracteriza por "hacer signo"; lo que nos plantea la cuestión de si ese signo apela a alguien (no necesariamente al Otro; podría ser a un particular), como si mandara un mensaje.
Lacan da una primera aproximación del Uno del amor a partir de la figura de Don Juan, que toma a las mujeres de una en una, haciéndolas contables. Pero la cuenta de Don Juan no sumará nunca más que infinito, un infinito contable. Pero ellas se sitúan en el infinito incontable, real en términos matemáticos. Aquiles nunca alcanza a la tortuga. Aquiles en su carrera apenas pone los pies en tierra; la tortuga recorre el terreno dejando el trazo continuo de su avance.
Volvamos al Uno. El amor hace Uno, pero no a partir de dos que se quieren. El Uno del amor no nos hace salir de nosotros mismos; nos hace Uno. De uno en uno no somos más que Uno. Más allá de esto no vamos, ni arrastrados por el amor. El amor no nos saca de quicio. Nos mantiene en el espejismo del Uno que nos creemos ser: un Uno que no se parece a nadie.
Y así el amor nos hace escribir. El amor hace de ese Uno que uno cree ser (precisamente gracias a él) una letra. Una letra que no escribe el trato sexual, pero que hace de lo imposible de ser inscrito algo tratable, misiva, mensaje que toca al otro.
Donde se lee la gran paradoja del amor: haciendo Uno, haciéndose escrito, el amor produce efectos, no en el Otro, sino de uno en uno. Esos efectos son los que llamamos, con Lacan, un discurso, esto es, aquello que desplaza sin comunicar nada, en silencio.



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