7 de febrero de 2014

GABINETE DE PRENSA: Entrevista a Gustavo Dessal en Telam (7.2.14)

TELAM – 7.2.14
GUSTAVO DESSAL
“La chispa de un deseo puede cambiar a un sujeto, a
una comunidad, a un país”

El psicoanalista y escritor argentino Gustavo Dessal, exiliado en España desde
1976, de cara al próximo congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis
(AMP), refiere sobre algunos equívocos entre psicoanálisis y psicología,
despeja cierto tono apocalíptico propio de la época y asegura que la
supervivencia de su práctica sólo la asegurarán los mismos analistas, además de
comentar algunos apartados del reciente volumen colectivo  Un real para
el siglo XXI .
El libro, publicado por las ediciones  Grama  y la publicación francesa Scilicet bajo la
dirección de Jacques-Alain Miller, está compuesto por una cantidad de artículos
o ensayos que o bien reformulan conceptos clásicos de la clínica lacaniana o
bien introduce, por ese expediente, ciertas novedades de peso.

Dessal nació en Buenos Aires en 1952. Es analista miembro de la Asociación
Mundial de Psicoanálisis (AMP) y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis
(ELP). Publicó, entre otros libros,  Principio de incertidumbre ,  Clandestinidad , Operación
Afrodita  y  Demasiado rojo .
Esta es la conversación que sostuvo con  Télam  desde Madrid,
donde reside.

T : El psicoanálisis ¿cura o sólo es una máquina de producir psicoanalistas?
D : El psicoanálisis cura, y es también una máquina de producir psicoanalistas.
Podemos decir que el psicoanálisis cura, siempre y cuando pongamos en cuestión
lo que eso significa. Freud imaginó su invento como algo capaz de lograr que un
sujeto cambiase una existencia miserable por una infelicidad admisible.  Jamás
consideró que el fin del análisis consistía en curar en el sentido médico del
término, devolverle al paciente la salud, puesto que forma parte de la esencia
misma del discurso analítico cuestionar de raíz los conceptos de salud,
bienestar, adaptación, normalidad, etcétera. Es una de las razones por las que
el psicoanálisis se distingue de la psicología.  Freud -y Lacan rescató
este postulado ético fundamental, que estaba a punto de desaparecer del movimiento
psicoanalítico- construyó una teoría de la subjetividad basada en el
escepticismo lúcido. No creía en el progreso ni en la superación. No albergaba
la más mínima esperanza sobre el ascenso de la razón, y aunque era un hijo de
la Ilustración, se encargó de subvertir todos sus valores. La forma en la que
concibió la cura se nutrió de esa posición. La curación analítica es el
resultado de una experiencia, una experiencia en la que la elaboración de saber
no es un simple medio para lograr un fin, sino que es ya un fin en sí mismo.
Conocer algo sobre nuestro inconsciente, desprendernos de la ingenuidad que nos
hace creer que nuestro malestar depende de condiciones que son ajenas a
nosotros mismos, asumir la responsabilidad de al menos una parte del sufrimiento
que padecemos, forma parte de la cura. El psicoanálisis no promueve la idea de
que al final del camino nos espera la felicidad o la armonía,  sino un
modo diferente de habitar el desamparo, la soledad y la infelicidad de la
condición humana. Una manera menos tonta.  Por supuesto, quiero dejar
bien claro que esto no está reñido con el hecho de que un psicoanálisis debe
aportar efectos terapéuticos que se traduzcan en un alivio sustancial a muchos
de los síntomas que traban la vida de una persona. Pero partiendo de la base de
que jamás alcanzaremos un equilibrio que no solo es imposible por definición
(el conflicto es ineliminable) sino que supondría la disolución de lo que hace
de un sujeto algo único, irrepetible. Y, como decía al principio, el psicoanálisis
es también una máquina de fabricar psicoanalistas. Es, por así decirlo, la
parte fundamental del proceso de producción. El psicoanálisis solo perdura en
tanto existen analistas. Es una praxis, y no una filosofía, por lo tanto
requiere practicantes que deben formarse en el diván, además de cultivar los
textos de su disciplina (en lo posible de algunas otras también). El éxito del
psicoanálisis, es, por encima de todo, su supervivencia, lograda a partir de
que continúa fabricando psicoanalistas, psicoanalistas que deben -ellos sí-
curarse definitivamente de algo:  del deseo de curar.

T : Se habla del estadio del espejo. ¿Cómo pensar ese estadio en los niños
ciegos?
D :  A pesar de la importancia que Lacan le dio a la dimensión visual en
sus primeras formulaciones sobre el estadio del espejo, hay que tener en cuenta
que la constitución de la imagen del yo no es una experiencia empírica,
puramente escópica. El espejo no es necesariamente un espejo real. Tengamos en
cuenta que existen culturas que durante siglos no han tenido recursos ni
técnicos ni naturales para observar el reflejo de su imagen. Ni en un ojo de
agua, ni en un trozo de vidrio. Por otra parte, sujetos que ven perfectamente
pueden padecer graves trastornos del yo y de su imagen corporal. El estadio del
espejo es una fase que debe asegurar el modo en que lo imaginario se asienta en
el sujeto humano, pero depende de una serie compleja de elementos. La vivencia
de una imagen unificada del cuerpo requiere la intervención fundamental de la
mirada, pero no tanto la del sujeto mismo, sino la del Otro, encarnada en
particular por la madre, si tenemos en cuenta que  la madre  es
para el psicoanálisis una función, y no una entidad biológica. Incluso un ciego
puede tener la experiencia de sentirse mirado. La mirada es algo que se percibe
en las palabras del Otro, en lo que dice y lo que no dice, en el lugar que su
discurso nos ha reservado. En ese sentido, el valor que nuestro inconsciente
percibe en el deseo de ese Otro primordial está interviniendo de forma radical,
y entre otras cosas determina la constitución más fallida o lograda de la
imagen del yo que, insisto, no se reduce a la captación visual de nuestro
reflejo. De todos modos, lo dicho no invalida que los ciegos de nacimiento
manifiestan en su mayoría trastornos importantes en el nivel de lo imaginario.

T : En la conferencia que dio Jacques-Alain Miller al cierre del congreso en
Buenos Aires (y que abre este volumen), dice que  a Lacan, la pasión por
el nudo borromeo, le sirvió para llegar a esa zona irremediable de la
existencia, la misma zona que Edipo en Colona, donde se presenta la ausencia
absoluta de caridad, de fraternidad, la ausencia de cualquier sentimiento
humano.  Una frase como ésta, ¿no daría lugar a ficciones distópicas, o
apocalípticas? ¿Estamos viviendo en ese mundo?
D : Para Lacan, la referencia a  Edipo en Colona , que encontramos en
su seminario VII,  La ética del psicoanálisis , tiene un propósito
muy específico. No es el  Edipo de Tebas , en el que Freud se
inspiró. Es una obra en la que vemos a Edipo luego de que se le revelase la
verdad. Ciego, desamparado, vaga a tientas por el mundo. Es la metáfora de
alguien que, habiendo franqueado todas las barreras (ha cometido parricidio e
incesto), entra en una zona en la que ya no hay nada. ¿Por qué Lacan se
interesa en esto? Por supuesto, no se trata de que el analizante deba ser
empujado a llevarse por delante los límites de la civilización, sino que, de
manera estrictamente simbólica, y solo en el caso de que esté dispuesto a ello
(un análisis solo prosigue hasta el extremo en que el analizante lo desea, o lo
admite, o lo soporta) puede hacer la experiencia de alcanzar el fundamento
mismo de su existencia: algo que carece de todo amparo, una soledad inaugural
que no conoce atenuantes. Pero desde luego, el análisis no se detiene allí. No
es una experiencia nihilista. Todo lo contrario. Atravesar esa zona tiene
como función el despojarnos de las falsas ilusiones, de los espejismos de
los ideales, y prepararnos para una nueva forma de apertura al mundo, un poco
más advertidos de que existe algo que se llama lo real, lo que no se anuncia,
ni se previene, ni se pronostica . En la actualidad, existen dos grandes
modos de tratar lo real: el modo que impone la ciencia, consistente en imaginar
que lo real puede ser reducido por completo, que puede llegar incluso a
eliminarse de la vida (la muerte, la enfermedad, lo imprevisible, la locura, y
todas las formas de encuentros fallidos que podamos poner en una lista), lo
cual conduce al retorno de lo peor, es decir, de un mundo en el que el deseo
absoluto del  bien  universal provoca efectos iatrogénicos
monstruosos, y por otro lado ciertos autores que predican el apocalipsis, la
idea de que la metáfora bíblica de Sodoma y Gomorra ya se ha realizado. Vivimos
en un mundo que ha cambiado, pero creo que es un error tanto el ignorarlo como
el suponer que nada ha quedado en pie. No comparto la idea de que caminamos
hacia lo peor. Quiero decir que no comparto la idea de que eso sea algo nuevo.  Siempre
hemos caminado hacia lo peor (en definitiva es eso a lo que Freud llama la
pulsión de muerte), pero no debemos desechar que existe otra cosa, algo que si
bien no detiene eso por completo, al menos puede atemperar sus efectos: Eros.
Supongo que a algunos les parecerá un término en desuso, pero yo no lo
considero así.  No me refiero a la creencia ingenua en el poder del
amor, como en la época del  flower power  (que tuvo tanta
dignidad como el Mayo del 68), sino a que el psicoanálisis no es una filosofía
del pesimismo sin más. El psicoanálisis promueve el deseo, algo que está del
lado de la vida. Y el deseo puede llegar a ser un arma increíblemente poderosa.
La chispa de un deseo puede cambiar a un sujeto, a una comunidad, a un país,
incluso a una era.

T : Uno de los apartados es sobre pornografía. ¿Qué es la pornografía para
el psicoanálisis de orientación lacaniana en la época de la agitación de lo
real?
D : No tengo una reflexión al respecto, e ignoro si en el psicoanálisis de
orientación lacaniana hay una elaboración importante sobre este tema, que la
invención de internet ha multiplicado de forma exponencial. Tampoco estoy
seguro que hoy en día la pornografía cumpla un papel muy distinto al de antaño.
Ha ido conquistando el mismo terreno que tantas otras cuestiones relacionadas
con la sexualidad, y con el modo en que una sociedad admite determinadas
prácticas. La tolerancia hacia la degradación es cada vez mayor. Lo vemos a
diario en los medios, en los que la obscenidad ya casi no asombra a nadie. La
pornografía es la demostración de que el deseo es en esencia perverso, en
especial el deseo masculino. La imagen, y su tratamiento moderno gracias a las
tecnologías de la red, la puso al alcance de cualquiera. Todo el que quiera
puede buscar la forma de soñar con el goce que no existe. Antes no era fácil
acceder a las fuentes de pornografía, hoy en cambio lo es. Lo que
indudablemente tiene sus efectos en la clínica, o mejor dicho, en la forma en
que la pornografía invade la vida cotidiana de la gente. Ya no es necesario que
tu mujer te descubra en la cama con otra. Le basta con meterse en tu ordenador
y ver las páginas que has visitado. Los pacientes hablan todo el tiempo de esos
avatares. Pero no diría que el mundo está a punto de estallar por ese motivo.

T : Las toxicomanías, ¿pueden pensarse como una nueva religión?, ¿cómo sería
eso?
D : No lo creo. El uso del tóxico ha variado mucho en las últimas décadas.
Timothy Leary intentó fundar una religión con el LSD, y en cierto modo
consiguió un número nada despreciable de adeptos. Una religión supone un lazo
social,  es  un lazo social, sin ninguna duda. Y en ese sentido,
los 60 y 70 representaron un intento de crear una suerte de  religio  en
la que las drogas eran un medio para generar un sentimiento de lo común. Pero
actualmente las drogas son la antítesis del lazo social. El toxicómano se
entrega a un goce solitario, un goce que no está sostenido por ningún discurso
ideológico. Se trata o bien de encontrar una satisfacción singular, que no se
inscribe en el dominio del relato de la subjetividad, o es una defensa contra
el goce invasivo de la psicosis. Las toxicomanías constituyen un síndrome muy
complejo, que no admite una definición común. Existen sujetos que consumen
sustancias o -si se admite la extensión del término- son adictos a ciertos
comportamientos. Pero no creo que ninguno de ellos esté particularmente
interesado en convertir ese rasgo en el componente de una religión.

T : ¿Por qué el  speed dating  es importante al punto de
tener un apartado propio en este libro?
D : Desconozco la razón por la cual los responsables de este libro incluyeron
esta nueva práctica. Supongo que, con toda razón, se trata de mostrar el
surgimiento de fenómenos que muestran una variación de las costumbres eróticas
y amatorias, producida entre otras cosas por el cambio actual de paradigma. La
licuefacción del amor apuntada por Zygmunt Bauman fue el punto de partida para
reflexionar sobre nuevas formas en las que los sujetos organizan y sustentan el
lazo social. En una sociedad en la que nada es ya muy duradero -ni un trabajo,
ni la permanencia en un mismo lugar geográfico, ni la vida en común, ni la
unidad familiar-, es lógico que la vida sexual también se vea afectada. Las
personas tienen cada día más el sentimiento de que deben adaptarse a una nueva forma
de vida, en la que deben abandonar la expectativa de una continuidad, una
solidez, una duración. Quien no se adapta a lo efímero, corre el riesgo de
quedar excluido. Desde luego, todavía lo líquido convive con ciertos restos
sólidos, pero es evidente que avanzamos en esa dirección. No se puede perder ni
un minuto, y el  speed dating  es una fórmula adecuada para la
gente que le da al amor el tiempo justo para una agenda en perpetuo cambio, y
que además se resiste a renunciar a lo que considera como su  realización
personal . La vida se configura como un  enjambre de unos solos ,
como pensaba Lacan sobre el inconsciente al final de su enseñanza. Pero todavía
existe el  slow dating , aquellos que confían en la existencia de la
relación sexual, y se esfuerzan por inscribirla mediante los usos clásicos,
tradicionales. De momento, sostengo que la modernidad no ha logrado aún el
reinado absoluto del cinismo. Tal vez lleguemos a eso, no lo descarto. Pero los
psicoanalistas tenemos que cuidarnos de no ceder a la tentación de gozar del
fantasma del apocalipsis.

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